Intimidade
Pensar la contemporaneidad: intimidad
Me dicen que aunque me cuide como la mejor paranoica, cada vez que me suscribo a un red de la Web, escribo un mail o clickeo una página, alguien anota mis preferencias, mi potencial de decisiones.
Dicen ahora que si me fumo un cigarrillo de marihuana en mi casa y no ando por la calle incitando al consumo, no iré presa. Dicen que pronto no será delito, que mi vecina podrá oler, el aroma inconfundible y deberá callar, salvo que tenga una plantación en mi jardín con la que lucre. ¿Y los narcotraficantes? ¿Los que lucran con el paco? ¿Por qué saben mi nombre y el de ellos también y la vecina les teme y a mí me mira mal?
Dicen que si alguien me graba con su cámara de video y me sube a la Web o lo difunde en la tevé, viola mis derechos. Ese abusador/a todavía trabaja y cobra en las cadenas de tele de todo el mundo.
Hay quienes venden su vida por unos billetes. Allá ellos. Es su derecho. No me obligan a imitarlos.
Yo quiero mi intimidad. El reducto sagrado de mi identidad: lo mejor y lo peor de mí. Mis sucios secretos. Mis ideas luminosas.
Yo y sólo yo quiero decidir qué comparto y qué no.
Dicen que alguien nos mira todo el tiempo por nuestro bien.
Bien, cuál bien.
¿A dónde fue a parar nuestro derecho a la intimidad en estos tiempos?
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