15/03/2009 - 10:58h “Obama es demasiado prudente”

ENTREVISTA: Paul Krugman Premio Nobel de Economía 2008

Krugman

A. GONZÁLEZ / M. Á. NOCEDA – Sevilla – El País

Máximo exponente de los neokeynesianos, Krugman cree que el nuevo Gobierno de EE UU rema en la buena dirección pero está siendo más que cauto. El fin de la crisis no aparece en sus pronósticos como algo cercano.

Pese a la generosa dotación del premio Nobel, Paul Krugman (Nueva York, 1953) no abandona su aspecto de profesor universitario, enfundado en un traje con deportivas negras y una mochila al hombro. Ha venido a Sevilla invitado por la Confederación de Empresarios de Andalucía (CEA). Hace acto de presencia en el minuto exacto de la cita, tímido y abrumado por los elogios. Todo eso desaparece en cuanto se enreda en temas económicos.

Pregunta. ¿Cuándo se dio cuenta de que habíamos vuelto a la economía de la depresión, como usted la denomina?

Respuesta. A principios de 2008 estaba bastante claro que nos habíamos topado con los límites de la política convencional. Después de la caída de Lehman, en septiembre, ya resultó obvio.

P. ¿Cuándo terminará?

R. Los precedentes no son buenos. La depresión japonesa terminó con un boom de sus exportaciones a China pero esta vez la crisis afecta a todo el mundo a la vez así que ésa no es una opción. Y la Gran Depresión terminó con la II Guerra Mundial. Hay un final natural a largo plazo, pero llevará mucho, mucho tiempo.

P. ¿Son realmente eficaces las medidas adoptadas?

R. Hasta cierto punto estamos cambiando deuda privada por deuda pública y tratamos de compensar el conservadurismo de los consumidores con un aumento del gasto público. Así salimos de la Gran Depresión. Es cierto que China pretende salir de la crisis con un aumento de las exportaciones y que eso puede ser la base de otra crisis. Pero creo que es tremendamente importante sostener la demanda, aunque no sea la solución definitiva. De lo contrario, corremos un riesgo serio de quedar atrapados en una trampa muy profunda.

P. ¿Debería coordinarse esa respuesta en el G-20 o en otros foros?

R. Lo ideal es que el G-20 saliera de las reuniones de este fin de semana con un acuerdo para coordinar las políticas fiscales aunque desgraciadamente eso no va a pasar. Lo más crucial es que los europeos pacten entre ellos las bases de la expansión fiscal porque la dependencia es mucho mayor entre los socios de la UE que respecto a EE UU. En todo caso, necesitamos un acuerdo del G-20 para coordinar las políticas fiscales y también un plan de rescate para los países emergentes con problemas. Aquí probablemente tendría un papel decisivo el FMI, que debería proporcionar recursos suficientes a Hungría y al resto de los países bálticos.

P. ¿Habría que reforzar la cooperación entre EE UU y la UE?

R. Sin duda, hay mucha dependencia entre ambos. Todos estamos preocupados por el déficit pero un esfuerzo coordinado puede reducir la aportación extra que debe hacer cada uno y aumentar los beneficios. El plan de estímulo fiscal de EE UU ayuda a la economía europea, en buena medida. Por ejemplo, muchas de las ayudas destinadas a AIG acabaron en manos de bancos europeos que eran los que les habían comprado los seguros contra impagos de deuda (credit default swaps). Ahora muchos se preguntan por qué el contribuyente de EE UU tiene que rescatar bancos europeos.

P. ¿Y los bancos centrales?

R. Ahí los efectos no están tan claros. Hasta cierto punto, la resistencia del BCE a utilizar todo el margen en los tipos de interés está beneficiando a EE UU, con un dólar más barato que impulsa las exportaciones, así que a nosotros claramente nos interesa la política de Trichet.

P. ¿Conoce al presidente Zapatero o va a reunirse con él?

R. No le conozco. Sé que interviene en el acto en el que tengo que participar

en Madrid, pero no sé si habrá oportunidad de encontrarnos. Lo que sí he hecho ha sido repasar a fondo la situación de España.

P. ¿Y sus conclusiones?

R. Que España es como California o Florida. Las dos han vivido un boom de la construcción, han recibido grandes flujos de capital extranjero y, cuando ha estallado la burbuja inmobiliaria, la situación se ha vuelto muy difícil. Ahora tienen problemas de ajuste similares: el déficit es preocupante y la rebaja del rating ha sido inevitable, aunque peor para California.

P. ¿Y qué se debería hacer?

R. Va a ser duro. Lo que realmente asusta de la situación española es que no está nada claro cuál es la estrategia de ajuste por su pertenencia a la UE. Todo lo que puede hacer es mitigar los efectos de la crisis. Si España no fuera parte del euro, la devaluación ayudaría, pero esa opción ya no existe; la política fiscal es muy limitada para los países de la UE; también es limitada la capacidad de actuar sobre el sistema financiero aunque los bancos españoles han demostrado estar relativamente en buena forma; se pueden adoptar medidas para limitar el impacto de la crisis sobre los parados. Pero en buena medida a España sólo le queda esperar a que se produzca una recuperación europea.

P. ¿No debería jugar China un papel más destacado?

R. Sí, siempre que China también dé señales de cooperación. De momento sólo pretenden salir de la recesión con una moneda devaluada que impulse sus exportaciones y la política de la Reserva Federal no tiene como objetivo que los chinos estén contentos. Además, hay una cierta amenaza de que se puedan llevar el dinero que tienen en dólares, pero lo cierto es que si debes 100 dólares a alguien tienes un problema pero si lo que debes es un billón, como a los chinos, el problema lo tiene China, no tú.

P. ¿Puede el mismo sistema financiero que nos ha llevado al caos ser el que marque las directrices de futuro?

R. Nos enfrentamos a un gran test que debemos resolver y es la reconstrucción del sistema financiero. Solíamos tener un sistema más sencillo, con los bancos actuando como intermediarios y luego todo derivó en un sistema de enormes instituciones financieras, complejas y poco reguladas. Claramente eso ha fracasado. Probablemente debamos mirar hacia un modelo más simple y más al viejo estilo. Muchos cambios se producirán de forma natural. Dudo que la gente vuelva a confiar en estos planes financieros complejos y complicados, que en buena medida ya han quebrado: unos 400.000 millones de dólares del sistema financiero han desaparecido. Pero también se necesita más regulación de la que tenemos y eso va a ser duro.

P. La crisis se ha llevado por delante a muchos banqueros pero a ningún regulador.

R. En EE UU, muchos supervisores han sido forzados a dimitir de una forma u otra. Tampoco está claro que incluso haciendo su trabajo bien esto no hubiera pasado. Pero es cierto que ni siquiera intentaron hacerlo.

P. ¿Se refiere a Greenspan?

R. No, aunque es un poco triste ver cómo intenta defender su legado. Pero no hablaba de él.

P. ¿Podemos enfrentarnos, como en los años treinta, a una serie de devaluaciones competitivas?

R. Esas devaluaciones ayudaron, no fueron dañinas para la economía mundial, pero era un mundo distinto que se regía por el patrón oro. Lo que me preocupa es si ahora las devaluaciones sustituyen a otro tipo de medidas. Si China, por ejemplo, lo hace para salir de la crisis, eso sí es un problema.

P. ¿Cómo valora los primeros meses del gobierno de Obama?

R. El cambio a mejor es enorme, son políticas inteligentes y honestas y sólo eso ya dibuja un mundo completamente diferente al que había. El problema es que el gobierno Obama está siendo demasiado cauto, incluso siendo más audaz de lo habitual, está siendo demasiado prudente

dada la dimensión de la crisis. El plan de estímulo tenía que haber sido, al menos, un 30% mayor y no quieren adoptar ninguna medida dramática sobre los bancos. Las prioridades fijadas en el presupuesto son excelentes, pero aunque reman en la dirección correcta no están remando lo suficiente.

P. Pero sí hay ámbitos, como la sanidad y las políticas de gasto, en los que Obama está aplicando reformas profundas…

R. Hay una frase que se atribuye a su jefe de gabinete, Rahm Emmanuel, que dice: “Nunca se debe desaprovechar una crisis”. Eso define muy bien su espíritu -yo he hecho mía la frase [risas]-. Reagan aprovechó la crisis del 87 para cambiar todo, ¿por qué no vamos a poder dar la vuelta a algunas cosas?

P. ¿Incluyen esos cambios la nacionalización de la banca?

R. En eso, ni siquiera parece que tengan un plan , hablan de la cooperación pública y privada pero de forma difusa y a veces suena más como un regalo al sector. Lo que creo que va a pasar, aunque llevará tiempo, es una solución a la sueca . Eso llevará a garantizar los depósitos bancarios y a nacionalizar temporalmente Citigroup y posiblemente también Bank of America.

P. ¿A eso se refería el secretario del Tesoro cuando dijo que el capitalismo ya será diferente?

R. Éste es uno de esos momentos en los que toda una filosofía ha sido desacreditada. Los que defendían que la avaricia era buena y que los mercados debían autoregularse sufren ahora la catástrofe. Son los mismos que decían que si se subían los impuestos a los ricos pasarían cosas terribles. Pues Clinton subió los impuestos a las rentas más altas y la economía funcionó muy bien durante ocho años, mientras que Bush los bajó y mira lo que ha pasado. Creo que ese cambio se va a imponer.

P. ¿Amenaza la crisis la reelección de Obama?

R. Obama se parece a Roosevelt, que no resolvió la Depresión pero al que se veía que tomaba medidas para intentar salir de la crisis y eso le dio la victoria electoral. Muchos expertos en política de mi Universidad aseguran que los electores tienen una memoria muy frágil, que sólo se preocupan por lo que pasa en los últimos seis meses así que Obama tiene margen para mejorar cosas antes de la reelección.

24/02/2009 - 11:07h O sistema bancário no limiar do colapso

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Paul Krugman* – O Estado SP

http://img.wonkette.com/wp-content/uploads/2008/06/krugman1.jpgO camarada Greenspan deseja que nos apoderemos do alto comando econômico. Tudo bem, não é exatamente isso o que está acontecendo. O que Alan Greenspan, ex-presidente do Federal Reserve (o BC americano) – e aguerrido defensor do livre mercado – disse foi: “Pode ser necessária a estatização temporária de alguns bancos para facilitar uma rápida e ordenada reestruturação do sistema”. Eu concordo.

Os defensores da estatização levam em consideração três observações. Em primeiro lugar, alguns grandes bancos estão perigosamente perto do abismo – na verdade, já teriam falido se os investidores não esperassem um resgate governamental caso surgisse a necessidade. Em segundo, os bancos precisam de resgate. O colapso do Lehman Brothers quase destruiu o sistema financeiro mundial, e não podemos correr o risco de deixar que instituições muito maiores, como o Citigroup, implodam. Em terceiro lugar, embora os bancos precisem de resgate, o governo dos EUA não pode bancar, tanto fiscal quanto politicamente, a distribuição de imensos presentes entre os acionistas.

Sejamos concretos. Há uma chance considerável – não é uma certeza – de que o Citi e o Bank of America (BofA), juntos, percam centenas de bilhões de dólares nos próximos anos. E o capital deles, o excedente dos seus ativos em relação aos passivos, está muito aquém de poder cobrir essas perdas em potencial.

O único motivo pelo qual essas instituições ainda não faliram é a atuação do governo, que age como anteparo, garantindo implicitamente suas obrigações. Mas se trata de bancos zumbis, incapazes de proporcionar o crédito do qual a economia necessita.

Para pôr um fim a esse estado de morte em vida, os bancos precisam de mais capital. Mas esse não pode ser obtido com os investidores privados. Assim, o governo precisa fornecer os fundos necessários.

Mas é aí que está o problema: os fundos necessários para devolver esses bancos à vida excedem em muito o valor dos mesmos. Citi e BofA têm juntos um valor de mercado inferior a US$ 30 bilhões, e mesmo esse valor tem por base a esperança de que os acionistas recebam parte da oferta do governo. Se o governo vai entrar com todo o dinheiro, deveria ficar com a propriedade dos bancos. Ainda assim, a estatização é antiamericana? Não, é tão americana quanto a torta de maçã.

Ultimamente, a Sociedade Federal de Seguro de Depósito (FDIC, em inglês) assumiu o controle de bancos considerados insolventes num ritmo de dois por semana, aproximadamente. Quando a FDIC assume o controle de um banco, incorpora os ativos ruins, paga parte da sua dívida e revende a instituição limpa para investidores particulares. É exatamente isso que os defensores da estatização temporária querem que ocorra, não apenas com os pequenos bancos, mas também com os grandes.

A verdadeira pergunta é: por que a administração Obama insiste em fazer propostas que soam como alternativas à estatização, mas envolvem imensas distribuições de dinheiro para os acionistas dos bancos? Por exemplo, inicialmente, a administração surgiu com a ideia de oferecer aos bancos garantias contra as perdas relacionadas aos ativos problemáticos. Seria ótimo negócio para os acionistas, mas nem tanto para o resto de nós.

Agora a administração fala em “parceria público-privada” para comprar os ativos problemáticos, com o governo emprestando dinheiro aos investidores privados para tal propósito. Para os investidores, seria uma aposta vencedora. Novamente, eles ganham e nós perdemos.

Por que não simplesmente ir adiante e estatizar? Lembrem-se, quanto mais tempo convivermos com bancos zumbis, mais difícil será a recuperação da economia. Como se daria essa estatização? Tudo que a administração precisa fazer é levar a sério o seu próprio “teste de stress” projetado para os bancos, sem ocultar os resultados negativos quando um banco for reprovado no teste. É verdade que o processo teria certo aspecto teatral, evidenciado quando um governo que esteve sustentando bancos durante meses se declarasse chocado, absolutamente chocado com o estado miserável dos balanços patrimoniais. Mas tudo bem.

Vale repetir que o objetivo não é a propriedade do governo sobre os bancos a longo prazo: como no caso dos pequenos bancos adquiridos pela FDIC, os grandes seriam devolvidos ao controle particular assim que possível. O blog de finanças Calculated Risk sugere que, em vez de chamar o processo de estatização, deveríamos chamá-lo de “pré-privatização”.

Segundo o porta-voz da Casa Branca, Robert Gibbs, a gestão Obama crê “que um sistema bancário nas mãos de investidores particulares seja a alternativa correta”. Todos acreditamos no mesmo. Mas o que temos agora não é o empreendedorismo particular, e sim o socialismo limonada: os bancos ficam com os benefícios, mas os contribuintes assumem os riscos.

O que queremos é um sistema dentro do qual os bancos fiquem tanto com a parte boa quanto com a ruim. O caminho para chegar a esse sistema passa pela estatização.

*Paul Krugman é articulista

23/02/2009 - 10:13h EUA liquidam bancos e avaliam estatização

No mês, extinção de instituições é a maior desde 1993; ações de grandes grupos despencam com risco de serem tomadas pelo Estado

Ganha força no país a opção de o governo assumir controle de grandes bancos, como Citi e Bank of America, para serem saneados e depois vendidos

http://www.whereistheoutrage.net/wordpress/wp-content/uploads/2009/02/bank-of-america.jpghttp://images.publicradio.org/content/2008/04/17/20080417_citibank_3.jpg

FERNANDO CANZIAN – FOLHA SP

DE NOVA YORK

Os EUA liquidaram nos primeiros 40 dias deste ano o equivalente a mais da metade dos bancos fechados em 2008 inteiro, quando foram extintas 25 instituições, um recorde recente. Sete bancos foram fechados só na primeira semana de fevereiro, o maior número em um mês desde 1993.
Aos acionistas desses bancos, 13 médios e pequenos, foram impostas perdas totais, e suas agências, distribuídas entre os concorrentes, assim como as contas dos clientes. A expectativa é que até 1.000 dos 8.348 bancos dos EUA sejam liquidados nos próximos três anos pela FDIC, a agência federal que supervisiona o sistema.
Na semana passada, as ações dos quatro principais bancos dos EUA (Citigroup, Bank of America, JPMorgan Chase e Wells Fargo) derreteram na Bolsa de Valores de Nova York.
O Citi vale hoje 10% do que valia há um ano, e suas ações despencaram 44% na semana. Por trás da fuga dos investidores está o temor crescente de que algumas dessas instituições, especialmente Citi e Bank of America (BofA), sejam estatizadas. Se isso ocorrer, os acionistas perdem tudo.
O próprio presidente do Fed (o banco central dos EUA), Ben Bernanke, e o ex-presidente da instituição, Alan Greenspan, já consideraram abertamente a opção, pois o governo vai ficando sem alternativa para lidar com a virtual falência desses bancos, vistos como “grandes demais para cair”. “Qualquer que seja a decisão, há um forte compromisso dessa administração de manter os bancos privados e de devolvê-los ao setor privado o mais rapidamente possível”, declarou Bernanke.
Na sexta-feira, o presidente do Comitê de Bancos do Senado, o democrata Cristopher Dodd, disse que a estatização “não seria bem vinda”. “Mas minha preocupação é que talvez sejamos obrigados a isso [estatizar], pelo menos por um período curto”, afirmou.
Entre os republicanos, o senador Lindsey Graham afirmou que a opção de estatizar “deve estar sobre a mesa”.
Na sexta, enquanto as ações dos bancos despencavam em Nova York, o porta-voz da Casa Branca, Robert Gibbs, procurou acalmar os ânimos dizendo que o governo de Barack Obama “acredita fortemente que o modo de irmos adiante é com um sistema bancário privado e suficientemente regulado”.
Mesmo assim, as ações do conjunto de bancos listados na Bolsa de Nova York caíram 7%. As do Citigroup e Bank of America (BofA), cerca de 10%.
Citi, BofA, JPMorganChase e Wells Fargo já receberam US$ 140 bilhões em injeções de dinheiro público desde outubro (o maior acionista do BofA já é o governo dos EUA, com 6%). Apesar desses aportes, o valor de mercado dos quatro bancos encolheu em US$ 402 bilhões (um terço do PIB do Brasil) desde então.
Esses bancos concentram o grosso dos chamados ativos “tóxicos”, que travaram o sistema financeiro americano e que são a causa da atual crise, considerada a maior desde os anos 1930. Os títulos “tóxicos” são resultado de empréstimos feitos pelos bancos sem garantias reais suficientes e largamente lastreados pelo setor imobiliário, onde os preços das casas estão em queda livre há dois anos. Em alguns casos, um único dólar em garantia real dada ao banco chegou a financiar outros US$ 35 em empréstimos.
Para voltarem à atividade normal, esses bancos precisam ser limpos desses ativos. O principal problema é que o governo não chegou ainda à conclusão de quanto pagar pelos títulos “tóxicos” e como proteger o contribuinte das perdas. Por isso, a opção pela estatização ganha força no país.
Se adotada, o governo não precisa “precificar” os ativos “tóxicos”. Além disso, imporia perdas totais aos acionistas que fizeram apostas arriscadas, afastaria os dirigentes e poderia mais à frente, depois de limpo, revender o banco.
O maior temor dos EUA é que o país mergulhe em uma espiral recessiva parecida com a do Japão nos anos 1990. No país asiático, isso ocorreu justamente porque o governo demorou anos para atacar uma crise bancária de proporções mais modestas, mas parecida com a atual nos EUA. Outro exemplo mais ou menos da mesma época foi a Suécia, que resolveu estatizar bancos com problemas rapidamente, o que acelerou a saída da crise.

23/01/2009 - 09:28h De como a especulação sem limites quebrou até os especuladores

Reuters

Pânico atinge países emergentes, como a Argentina: para Krugman, será preciso realizar uma recapitalização maior e mais ampla dos bancos e afirmar com mais firmeza o controle do governo, algo que estará mais próximo da plena estatização temporária de uma parcela significativa do sistema financeiro

 

José Roberto Campos, de São Paulo – VALOR

Os poderosos bancos americanos foram dizimados pela farra com os empréstimos “subprime” e o mundo agora caminha rumo à recessão. Como foi possível que créditos irresponsáveis concedidos na periferia do sistema imobiliário americano – clientes que não obteriam crédito em situações normais – se tornassem tão destrutivos a ponto de ameaçarem a economia global? Já vimos isso antes, lembra o economista Paul Krugman, Nobel de 2008, em seu novo livro “A Crise de 2008 e a Economia da Depressão” (Editora Campus/Elsevier). Houve circunstâncias parecidas e alguns dos mesmos atores na crise mexicana de 1995, no vendaval que se abateu sobre Coréia do Sul, Malásia, Tailândia e Indonésia em 1997, na crise russa de 2008, nos fins traumáticos dos sistemas cambiais de Brasil e Argentina e no pânico com a quebra do fundo de hedge americano LTCM, em 1998.

Heterodoxo e pragmático, Krugman reescreveu partes de seu livro de 1999, em que aborda essas crises, e atualizou-o até o mergulho na insolvência dos grandes bancos americanos. Ao longo do tempo, há uma continuidade em todos os desastres econômicos recentes, e alguns padrões de comportamento repetidos em países muitos distintos entre si. “Parcela considerável do aumento da globalização financeira decorre de investimentos de instituições financeiras altamente alavancadas, que faziam vários tipos de apostas transfronteiriças arriscadas”, escreve Krugman. “Quando as coisas davam errado nos Estados Unidos, esses investimentos transfronteiriços atuavam como ‘mecanismos de transmissão’, pelo qual uma crise que eclodiu no mercado habitacional dos Estados Unidos desencadeou sucessivas outras no exterior.”

Um número grande de instituições financeiras, como bancos de investimentos e fundos de hedge, não era regulado por ninguém e reuniu tamanho poder e apetite por risco que se tornou um fator global de desestabilização das economias. Depois que elas semearam o pânico em países emergentes, implodiram junto com apostas excessivas na bolha de imóveis. É ilustrativa a descrição do poder de fogo atual dessas instituições traçado por Timothy Gethner, ex-presidente do Federal Reserve de Nova York e indicado para secretário do Tesouro do presidente Barack Obama, citado por Krugman. No início de 2007, conta, havia US$ 2,2 trilhões em coisas exóticas como “asset-backed commercial papers conduits”, “structured investment vehicles”, “auction-rate preferred securities”, “tender options bonds” e “variable rate demand notes”. Os ativos dos fundos de hedge eram de US$ 1,8 trilhão e os dos cinco maiores bancos de investimento, US$ 4 trilhões. Já os cinco maiores bancos comerciais detinham US$ 6 trilhões.

“A crise, em boa parte, não envolveu problemas com instituições desregulamentadas, que assumiram novos riscos. Ao contrário, girou em torno de riscos assumidos por instituições que, para começar, nunca foram regulamentadas.” Elas tinham tanto cacife financeiro quanto os bancões comerciais sob a vigilância do Federal Reserve, e uma ousadia que chegava quase que fatalmente à imprudência.

A história da atual recessão começa então com o estouro da bolha habitacional, que, para Krugman, deverá destruir US$ 8 trilhões em riquezas – US$ 7 trilhões de perdas para os donos dos imóveis e US$ 1 trilhão para os investidores. Esse trilhão de dólares é o rabo que acabou balançando o cachorro. Espalhados em títulos tóxicos pelo resto do mundo, forçaram uma espiral de vendas para cobrir posições e prejuízos que derrubou os preços de praticamente todos os ativos, em todos os mercados, em todo o mundo – e, casualmente, quebraram até a Islândia.

Uma retrospectiva das crises anteriores e das idéias na moda mostram como isso se tornou possível. A crença nos poderes mágicos do mercado levou os economistas a quase decretar o fim dos ciclos econômicos. O presidente do Fed, o todo-poderoso Alan Greenspan, que reinou de 1987 a 2006, e que “conseguira substituir a bolha de ações pela bolha habitacional”, disse em 2004 que o sistema bancário estava mais “resiliente”, uma afirmação só menos temerária que a do secretário do Tesouro de George Bush, Henry Paulson, que afirmou a mesma coisa em 2007, quando os bancos estavam caindo no abismo.

A mesma crença impulsionou a desregulamentação, que escancarou os mercados a investidores audazes e aventureiros, especialmente aos fundos de hedge, que, como qualifica bem Krugman, não buscam hedge e sim seu oposto, “extrair o máximo das flutuações de mercado”. O irmão gêmeo da desregulamentação foi o “risco moral”, a percepção, que se tornou verdadeira, de que qualquer estripulia financeira que desse errado seria consertada com dinheiro público, desde que fosse suficientemente grande para isso.

O crescente poder de fogo de instituições financeiras alavancadas patrocinou o “pânico auto-realizável”, que vitimou, por exemplo, os países asiáticos em 1997. Essas economias eram vulneráveis, diz Krugman, mas “não em razão do capitalismo de compadres, nem de políticas públicas que, sem dúvida, eram consideradas inadequadas”. Essa fragilidade aumentou com a abertura de seus mercados financeiros, pelo fato de, “na verdade, se tornarem melhores economias de mercado, não piores”, avalia.

Krugman considera que os US$ 700 bilhões do programa de alívio de ativos problemáticos são pouco para levantar os bancos, que poderão não estar dispostos a emprestar o dinheiro que recebem como ajuda. A recapitalização deverá ser maior e mais ampla, com maior controle do governo, “algo mais próximo da plena estatização temporária de parcela significativa do sistema financeiro”.

Ele acha que os gastos públicos são a melhor forma de estímulo econômico, superior às isenções fiscais. As vantagens: o dinheiro é realmente gasto, e não poupado, e, depois, com obras públicas “algo de valor seria construído”. A receita de um pragmático como ele é fazer tudo o que for preciso para reverter a crise, sem amarras ideológicas. Depois de afastado o perigo, deve-se consertar a bagunça. Sua posição sobre a reforma do sistema financeiro é igualmente simples. “Qualquer coisa que necessite de socorro durante a crise financeira, por desempenhar papel essencial no sistema financeiro, deve ser submetida à regulamentação, quando a crise tiver sido superada, para que não envolva riscos excessivos”, explica.

Conceitualmente, a economia da depressão parece um termo amplo demais, que abarca fenômenos distintos. Krugman a define a partir de falhas no lado da demanda da economia como “fator limitativo inequívoco à prosperidade econômica em boa parte do mundo”. Mas, pelo menos em alguns aspectos essenciais, as crises descritas surgiram durante um dos períodos de maior prosperidade da economia mundial, quando a demanda brotava em todos os lados, regada a crédito farto. A história de Tailândia, Malásia, Indonésia e Coréia é a de países bem-sucedidos, pelo menos pelo padrão das taxas de crescimento econômico.

Krugman chega a oscilar em seu diagnóstico, em geral muito preciso. A vulnerabilidade das economias da Ásia, do México e Brasil ao “pânico auto-realizável” torna-se quase inexplicável. Em um momento, acumular dívidas em moeda estrangeira é um dos principais suspeitos da catástrofe. Em outros, como no caso da Ásia, a repentina, e quase imotivada, é perda de confiança nos mercados que dá o sinal para o colapso. E chega a ser obscura a ligação entre a crise argentina e mexicana e a hecatombe atual dos bancos internacionais. “Sinto-me tentado a afirmar que essa crise não se assemelha a nada que tenhamos visto antes”, confessa. “Porém, eu seria mais exato se afirmasse que ela se parece com qualquer outra que já presenciamos em diferentes épocas, só que agora é como se todas estivessem acontecendo de uma vez, ao mesmo tempo.” A primeira hipótese, também bastante sugestiva, bem que poderia resultar em um outro ótimo livro de Paul Krugman.

20/12/2008 - 11:25h O escândalo Madoff e o delírio da economia

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Paul Krugman * – O Estado SP

krugman_paul.jpgA revelação de que Bernard Madoff – brilhante investidor (ao menos era o que todos pensavam), filantropo, um pilar da comunidade – é um impostor chocou o mundo, e com razão. A dimensão do seu esquema fraudulento de supostos US$ 50 bilhões é difícil de compreender.

Mas certamente eu não sou a única pessoa a fazer a pergunta óbvia: qual é a diferença entre a história de Madoff e a história da indústria de investimentos como um todo? A indústria de serviços financeiros abocanhou uma fatia cada vez maior da renda nacional durante a última geração, tornando as pessoas que comandam essa indústria incrivelmente ricas. Mas, a esta altura, parece que boa parte da indústria financeira estava destruindo valor, em vez de criá-lo. E não se trata apenas de dinheiro: a vasta riqueza obtida por aqueles que administravam o dinheiro dos outros teve como efeito a corrupção da nossa sociedade como um todo.

Vamos começar pela remuneração dos altos executivos. No ano passado, o salário médio dos empregados do setor de “valores mobiliários, contratos de venda de commodities e investimentos” era equivalente a mais de quatro vezes o salário médio no restante da economia. Ganhar US$ 1 milhão não era nada de especial, e mesmo rendas de US$ 20 milhões eram relativamente comuns. A renda dos americanos mais ricos aumentou vertiginosamente durante a última geração, enquanto o salário dos trabalhadores comuns estagnou; a remuneração exorbitante de Wall Street foi uma das principais causas dessa disparidade cada vez maior.

Mas é claro que essas superestrelas do mundo dos investimentos faziam por merecer todos aqueles milhões, certo? Não necessariamente. O sistema de remuneração de Wall Street recompensa grandiosamente a aparência do lucro, mesmo que esta se revele posteriormente mera ilusão.

Consideremos o exemplo hipotético de um administrador financeiro que alavanca o dinheiro do seu cliente por meio de enormes dívidas, e então investe o montante aumentado em ativos de grande retorno e imenso risco, como por exemplo valores mobiliários atrelados a hipotecas.

Durante algum tempo – digamos, enquanto a bolha da casa própria continuar inflando – ele (trata-se quase sempre de um homem) conseguirá grandes lucros e receberá imensos bônus. Então, quando a bolha estourar e seus investimentos forem transformados em lixo tóxico, seus investidores perderão muito dinheiro – mas ele manterá aqueles bônus.

Está bem, quem sabe meu exemplo não seja hipotético.

Então qual seria a diferença entre aquilo que Wall Street como um todo andou fazendo e o caso de Madoff? Bem, Madoff supostamente pulou algumas etapas, simplesmente roubando o dinheiro dos seus clientes em vez de cobrar taxas administrativas altíssimas enquanto expunha seus investidores a riscos que eles não eram capazes de compreender. E enquanto Madoff tinha aparentemente consciência da fraude que praticava, muitas pessoas em Wall Street acreditavam na própria balela. Ainda assim, o resultado final foi o mesmo (exceto pela prisão domiciliar): os administradores financeiros enriqueceram; os investidores viram seu dinheiro desaparecer.

Estamos falando de muito dinheiro. Nos últimos anos, o setor financeiro foi responsável por 8% do PIB americano, um aumento em relação aos quase 5% na geração anterior. Se esses 3% adicionais foram constituídos por dinheiro sem valor- o que provavelmente é verdade -, estamos falando de um rombo anual de US$ 400 bilhões em fraudes, abusos e desperdício.

Mas o custo da era das falcatruas americanas certamente vai muito além do desperdício direto de dólares e centavos.

No seu aspecto mais tosco, os lucros de origem maléfica de Wall Street corromperam e seguem corrompendo a política, demonstrando ter alcance bipartidário. Desde funcionários da administração Bush como Christopher Cox, presidente da comissão de valores mobiliários que fez questão de ignorar provas cada vez mais gritantes da existência de fraudes financeiras, até democratas que ainda não solucionaram as inconsistências fiscais que beneficiam os executivos dos fundos de hedge e das firmas de private equity, os políticos agiram quando falou o dinheiro.

Enquanto isso, quanto do nosso futuro foi danificado pela força magnética do rápido enriquecimento pessoal, a qual durante anos atraiu muitos dos nossos melhores e mais brilhantes para os bancos de investimento, em detrimento da ciência, do serviço público e de praticamente tudo o mais?

E, o que é ainda pior, a vasta riqueza obtida – aparentemente sem merecimento – na nossa inchada indústria financeira prejudicou nosso senso de realidade e degradou nossa capacidade de julgamento.

Pense na maneira com que quase todos os nomes importantes deixaram de reparar nos sinais de advertência da iminência de uma crise. Como isso foi possível? Como, por exemplo, pôde Alan Greenspan declarar, há poucos anos, que “o sistema financeiro como um todo tornou-se mais sólido” graças aos derivativos? A resposta, creio eu, é que existe uma tendência nata, por parte até mesmo da elite, de transformar em ídolos aqueles que ganham muito dinheiro, acreditando que eles saibam o que estão fazendo.

Afinal, é por isso que tanta gente confiou em Madoff.

Agora, conforme vasculhamos os destroços e tentamos compreender como as coisas puderam dar tão errado tão rapidamente, a resposta é na verdade bastante simples: estamos vendo as conseqüências de um mundo que embarcou no delírio de homens como Madoff.

*Paul Krugman é articulista

20/11/2008 - 20:31h The end of the affair

Nov 20th 2008 | WASHINGTON, DC
From The Economist print edition

America’s return to thrift presages a long and deep recession

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DEBBIE JEFFRIES could see it coming. When she manned the cash register at Linens ’n Things, the household-goods chain where she has worked for 14 years, a customer would sometimes open her wallet and display 15 credit cards. “That people can pull out that many credit cards—that’s insane. You say, whoa, maybe that’s why we’re here. We have so much debt.”

Ms Jeffries cut up her own credit card several years ago when the balance became unmanageable, but still became an indirect victim of the credit crunch that is now dragging America into recession. Linens ’n Things filed for bankruptcy protection in May; in October, unable to find a buyer for its stores, it began to liquidate itself. A sign in the window of Ms Jeffries’ store in suburban Maryland invites anyone interested in buying the fixtures to see the manager. Ms Jeffries expects to be out of a job by the end of December.

An important reason why the American economy has been so resilient and recessions so mild since 1982 is the energy of consumers. Their spending has been remarkably stable, not only because drops in employment and income have been less severe than of old, but also because they have been willing and able to borrow. The long rise in asset prices—first of stocks, then of houses—raised consumers’ net worth and made saving seem less necessary. And borrowing became easier, thanks to financial innovation and lenders’ relaxed underwriting, which was itself based on the supposedly reliable collateral of ever-more-valuable houses. On average, consumers from 1950 to 1985 saved 9% of their disposable income. That saving rate then steadily declined, to around zero earlier this year (see chart). At the same time, consumer and mortgage debts rose to 127% of disposable income, from 77% in 1990.

Those forces have now reversed. The stockmarket has fallen to the levels of a decade ago. House values have fallen 18% since their peak in 2006. Banks and other lenders have tightened lending standards on all types of consumer loans.

As a consequence, consumer spending fell at a 3.1% annual rate in the third quarter (in part because tax rebates boosted spending in the second), the steepest since the second quarter of 1980 when Jimmy Carter briefly imposed credit controls. More such declines are likely to follow. Richard Berner of Morgan Stanley projects that in the 12 months up to the second quarter of next year real consumer spending will fall by 1.6%—a post-war record. “The golden age of spending for the American consumer has ended and a new age of thrift likely has begun,” he says.

 Even before this crisis hit, saving was bound to rise. Baby-boomer Americans have saved far less than their parents, according to McKinsey Global Institute, the consultancy’s affiliated think-tank, and are unprepared for retirement. Drawn out over many years, a rise in saving would be a good thing. But compressed into a matter of months, it would be downright dangerous. But the possibility cannot be dismissed. Bruce Kasman and Joseph Lupton of JPMorgan predict that the saving rate will jump to around 4.5% by the end of next year, the sharpest jump in so short a time in the post-war period.

Patricia Baker, a part-time hostess at a Maryland country club, is spending $1,000 on Christmas this year compared with $3,000 last year. She worries about the economy. People at the club still play golf, but instead of ordering lunch and a beer, many just buy crackers and a soda. She also has less to spend. Illness kept her husband off work for a bit, and they fell behind on payments on their two credit cards. The credit-card company docked his wages to pay off the first, and she is still battling over the second. She expects her monthly mortgage payment to reset next year from $1,700 to $2,000 or more, and doubts she can find anything better: “Banks aren’t going to touch anyone that doesn’t have perfect credit.” She now pays cash—as she did for two pillows in the Linens ’n Things closing sale.

This compulsory return to thrift will be deeply painful; consumer spending and housing are almost three-quarters of GDP. Of the 1.2 million, or 0.9%, decline in jobs since December, about 700,000 are directly related to consumers: retail trade, transportation manufacturing and home-building. The rise in unemployment, from 4.4% in 2006 to 6.5% in October, is nearing that of 2001-03 and is not over. On November 19th Federal Reserve policymakers disclosed they expect the recession to last until mid-2009. Their inflation worries have evaporated; indeed, consumer prices plunged a record 1% in October from September, and by 0.1% excluding fuel and food, the first such decline since 1982. The Fed’s vice-chairman, Donald Kohn, said outright deflation “is a risk out there but it’s still small”.

The risk is that the recession will be longer and the recovery weaker than expected as consumers retrench. Until 1982 recessions were often induced by the Fed to weaken demand and reduce inflation. Declines in GDP were dominated by business inventories and interest-sensitive spending such as cars and houses. Once the Fed eased money, spending sprang back.

Since then inventories have become less important to the business cycle and deregulation and financial innovation mean higher interest rates take longer to affect spending. Expansions are marked by sizeable growth in assets and debt. When the cycle turns, falling asset values and debt reduction weaken the kick of lower rates, producing anaemic recoveries with rising unemployment. The Fed has already lowered its interest-rate target to 1%, but it is fighting gale-force headwinds as lenders reduce their loan portfolios. Citigroup recently told many of its credit-card holders that it was raising their interest rates by up to three percentage points.

Lenders once routinely pooled credit-card, student and car loans into securities and sold them to capital-markets investors. Joseph Astorina of Barclays Capital says no one wants to buy such securities now for fear that some overextended investor will dump its own holdings a week later, driving their values down sharply. The issuance of credit-card-backed securities, which averaged $8 billion a month in 2007, was zero in October, he says.

Alan Greenspan, the former Fed Chairman, told The Economist this week that banks were satisfied with capital equal to 10% of their assets in the past. Now, to soothe depositors and investors, they will need a much higher ratio—perhaps around 15%. Until they get there, through a combination of raising new capital, reducing dividends and share buybacks, and shedding assets, lending will be constrained.

This makes a strong case for more government stimulus. Lawrence Summers, the former treasury secretary and a candidate for the same post under Barack Obama, said on November 17th that it should be “speedy, substantial and sustained over a several-year interval”. Fiscal stimulus at this stage would replace some of the demand which has been wiped out by the credit crunch. It won’t prevent a recession; but without it, the recession is guaranteed to be far worse.

11/11/2008 - 13:00h Stiglitz prevê “futuro sombrio”

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Altamiro Silva Júnior, VALOR

O economista Joseph Stiglitz, que ganhou o Prêmio Nobel de Economia em 2001, está pessimista com os rumos da economia mundial. Defende a criação de uma nova instituição para cuidar do sistema financeiro global e diz que os bancos centrais já perderam muito a capacidade e a eficácia para restaurar a economia e o crédito. Na melhor das hipóteses, se tudo for feito corretamente, a desaceleração da economia americana pode durar até 18 meses.

O problema é que Stiglitz acha que as coisas não estão sendo feitas corretamente, pelo menos nos Estados Unidos. Crítico ferrenho do governo Bush e do pacote de ajuda do governo americano, de US$ 700 bilhões, ele prevê que mesmo que o presidente eleito Barack Obama faça um governo “correto”, a recuperação da economia americana não vai ser tão simples, após “anos de erros” na política econômica do presidente George W. Bush. O pacote de ajuda, diz o economista, vai contribuir para ajudar um sistema bancário “fracassado”.

Stiglitz, que tem sido um dos conselheiros de Obama, afirma que os bancos centrais de vários países tem tentado prevenir um “desastre” ou um completo “derretimento” dos sistemas financeiros. O problema é que as autoridades monetárias já não conseguem mais estimular a economia, mesmo com pesados cortes de juros como ocorreram na semana passada, quando o Banco da Inglaterra reduziu o juro básico em 1,5 ponto percentual, para 3% ao ano. Foi o maior corte em uma única reunião desde 1981 e a segunda redução em menos de um mês. O Banco Central Europeu também baixou as taxas pela segunda vez na semana passada em menos de 30 dias.

O economista inglês John Maynard Keynes já previa este tipo de situação há 75 anos, lembra Stiglitz. Na época, Keynes argumentou que, em momentos de recessão e incerteza, a política monetária perde a eficácia para estimular a economia. Em resumo, ele dizia que, com os sucessivos cortes, os juros ficam tão baixos que os agentes econômicos só podem acreditar que as taxas não vão cair mais e só poderão subir no futuro. Por isso, resolvem aplicar seus recursos. Foi o cenário que marcou a economia japonesa nos anos 90, caracterizado por recessão e aumento da poupança e um cenário de juros reais negativos.

Para Stiglitz, a crise atual só serviu para confirmar anos de políticas econômicas equivocadas, que apenas contribuíram para minar a estabilidade das economias. Na avaliação do prêmio Nobel, o Federal Reserve (Fed, o banco central americanos) e seu ex-presidente Alan Greenspan “tiveram grande parte da responsabilidade” pelo que aconteceu no mundo.

Stiglitz veio ao Brasil ontem para fazer a palestra de abertura da ExpoManagement 2008, evento organizado pela HSM. No encontro, ele disse que a “tempestade está apenas começando”, ao analisar o momento atual da economia. “O futuro é sombrio”, concluiu. Em seguida, ele falou com jornalistas em uma disputada entrevista.

No final de semana, o G-20, que reúne os países mais industrializados do mundo e a União Européia, se encontrou em São Paulo e o Brasil apresentou a proposta para que os mercados emergentes tenham mais voz nas decisões globais no atual cenário. Para Stiglitz, o fato de que vai ocorrer em Washington no próximo final de semana uma reunião do G-20, e não do G-8 ou G-7 (que reúnem apenas os países desenvolvidos e a Rússia) já é sintomático. Segundo ele, no passado, países emergentes como o Brasil eram “convidados para almoçar com o G-7″, mas “as decisões eram tomadas sempre antes do almoço”, o que mostrava “total falta de vontade de ouvir os emergentes”.

Para o economista, o mundo passa por um momento singular, onde boa parte da liquidez global está em países da Ásia e Oriente Médio, com pouca voz nos organismos multilaterais, como o Fundo Monetário Internacional (FMI) e o Banco Mundial. Stiglitz avalia que este é o momento dos emergentes aparecerem e reivindicarem maior espaço.

Ele defende a criação de uma nova instituição global para lidar com a crise, com representantes dos bancos centrais do mundo todo. O governo americano, ao contrário, defende o fortalecimento de instituições existentes, como o FMI, como argumentou anteontem o sub-secretário do Tesouro americano para assuntos internacionais, David H. McCormick logo após a reunião do G-20.

11/11/2008 - 12:31h Para Nobel, BCs esgotaram ações e tempestade está apenas começando

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Segundo Stiglitz, objetivo é conter desastre, mas freio global pode durar 18 meses

Lino Rodrigues – O Globo

SÃO PAULO. O economista Joseph Stiglitz, prêmio Nobel em 2001, disse ontem que os bancos centrais do mundo já esgotaram a capacidade de restaurar as economias e conter a crise financeira internacional. Segundo ele, as ações recentes de política monetária dificilmente conseguirão fazer com que os volumes de empréstimos retornem aos mesmos níveis que existiam antes da crise nos mercados financeiros.

— O que a política monetária está tentando fazer é evitar o desastre e não uma ressurreição dos níveis de empréstimos — disse Stiglitz, ontem, logo depois de participar em São Paulo da abertura da oitava edição da ExpoManagement, evento que reúne executivos da América Latina.

Professor de economia da Columbia University, em Nova York, Stiglitz mostrou-se cético em relação ao futuro da economia americana e mundial. Segundo ele, os números mostram que os empregos perdidos nos Estados Unidos já somam um milhão de postos, e as vendas no varejo estão em queda acentuada. Mesmo que todas as medidas para debelar a crise sejam adotadas corretamente, ele estima que a desaceleração da economia global vai durar de 12 a 18 meses.

— O futuro é sombrio. Não estou otimista de que tudo será feito corretamente. Até aqui tem sido um desastre e a tempestade está apenas começando — disse ele.

‘EUA têm vivido além de seus meios há muito tempo’ Apesar dos estragos na economia, Stiglitz disse que considera a crise oportuna para que os países emergentes apareçam, ocupem os espaços e mostrem as suas idéias e proposições, e assim tenham mais voz e sejam mais ouvidos pelos “governos globais”.

Ele lembrou, no entanto, que não será tarefa fácil para o Brasil e para os outros países em desenvolvimento obter o reconhecimento dos governos desenvolvidos.

Ex-economista-chefe do Banco Mundial e autor de vários livros sobre globalização e política monetária, Stiglitz fez duras críticas ao governo de Bush que “nunca se preocupou com as pessoas” e ao ex-presidente do Fed (o banco central americano), Alan Greenspan, o “grande responsável” pela crise financeira global.

— Os Estados Unidos têm vivido além de seus meios há muito tempo. Agora, diante do pessimismo, o crédito será arrochado.

As famílias começarão a poupar mais e consumir menos, o que pode ter conseqüências dramáticas — prevê.

Questionado sobre o efeito da eleição de Barack Obama sobre a crise, Stiglitz disse que, mesmo que ele faça tudo que é preciso, a retomada da economia americana não será rápida. Até porque, segundo ele, a probabilidade de que Obama adote as medidas corretas é pequena.

Stiglitz disse ainda que vê com simpatia a criação de um novo órgão regulador do sistema financeiro internacional, e que apóia a maior participação dos países emergentes nos órgãos multilaterais como o Fundo Monetário Internacional e o Banco Mundial.

— Estamos vendo mudanças no FMI, e o Brasil tem um papel importante nesse processo.

A desaceleração global vai estimular o debate econômico em âmbito mundial, o que é um bom sinal.

29/10/2008 - 15:50h Prioridade é evitar um colapso global

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Martin Wolf – Financial Times – VALOR

É preciso dar crédito a quem de direito: Nouriel Roubini, da Escola de Negócios Stern da Universidade de Nova York, estava certo. Em 20 de fevereiro de 2008, escrevi uma coluna intitulada “Apocalipse Now” (Valor de 20/02), baseada na sua análise dos 12 passos até o desastre. Infelizmente, os EUA não só deram esses passos, como também – com a ajuda de outros, incluindo o Reino Unido – arrastaram o mundo atrás de si.

Em nota mais recente, o professor Roubini prevê uma combinação de estagnação e deflação (The Coming Global Stag-Deflation [A vinda da estag-deflação global], 25 de outubro de 2008, www.rgemonitor.com). Ao fazê-lo, ele aponta, com certo júbilo, para a mais recente análise do panorama global do JPMorgan Chase, que já esteve entre os analistas mais otimistas. Agora, sob a rubrica – “Péssima semana no inferno”, o JPMorgan afirma que: “Mais uma vez, cortamos as projeções de crescimento de curto prazo para o mundo desenvolvido e provavelmente prosseguiremos com revisões adicionais para baixo para as economias emergentes nas próximas semanas. Agora mesmo, as nossas projeções indicam que o Produto Interno Bruto global se contrairá a uma taxa anual de 1% no quarto trimestre de 2008 e no primeiro trimestre de 2009″.

O JPMorgan estima o encolhimento neste trimestre a uma taxa anualizada de 4% nos EUA, 3% no Reino Unido e 2% na zona do euro. Ele está projetando crescimento global de 0,4% em 2009, com as economias avançadas encolhendo 0,5% e as emergentes, em 4,2%.

Dada a quase desintegração do sistema bancário ocidental, a fuga rumo a ativos seguros, o aperto do crédito para a economia real, o colapso nos preços das ações, turbulência nos mercados cambiais, contínuas quedas acentuadas nos preços das moradias, o veloz saque de recursos dos fundos de hedge e o colapso em andamento do chamado “sistema bancário paralelo”, essas projeções até parecem ser bem otimistas. O resultado no próximo ano poderá ser muito pior.

Se os governos ocidentais não tivessem feito intervenções para garantir e recapitalizar os sistemas bancários, a situação certamente teria sido pior. Apesar disso, mesmo isto não parou a confusão. Consideremos apenas duas estatísticas: a capitalização dos mercados acionários mundiais caiu à metade; além disso, segundo o mais recente “Relatório sobre a Estabilidade Financeira” do Banco da Inglaterra, as perdas a marcação de preços de mercado em instrumentos de dívida vulneráveis agora equivalem a imponentes US$ 2,8 trilhões (www.bankofengland.co.uk).

Então, o que deve ser feito? Alguns dirão: absolutamente nada. Existe uma opinião muito generalizada, especialmente nos EUA, de que o mundo precisa fazer uma grande purificação dos excessos do passado. As recessões, por essa linha de pensamento, são benéficas. As pessoas que detêm esta opinião também sustentam que os governos causaram todos os erros. Os mercados, eles insistem, seriam incapazes de cometer os erros que testemunhamos. Para eles, a confissão de Alan Greenspan na semana passada, de que “eu cometi um erro ao supor que o interesse próprio das organizações, especificamente de bancos e outros, era de tal ordem que eles seriam os mais capazes de proteger os seus próprios acionistas” foi tão bem-vinda quanto foi o punhal de Brutus para Cesar.

Curiosamente, o “Relatório sobre a Estabilidade Financeira” do Banco oferece algum respaldo a essa opinião: nos idos de 1900, os bancos dos EUA possuíam quatro vezes mais capital, relativo a ativos, do que detêm hoje. Igualmente, a liquidez dos ativos detidos pelos bancos do Reino Unido desmoronou ao longo do meio século que passou. Garantias implícitas e explícitas de governos realmente tornaram o sistema mais perigoso do que antes. A combinação dessas garantias com desregulamentação comprovou ser letal. O risco moral está longe de ser insignificante.

Apesar disso, a noção de que uma recessão rápida purificaria o mundo dos excessos passados é ridícula. O perigo é, ao contrário, o de ocorrer um colapso, à medida que uma montanha de dívida privada – nos EUA, igual a três vezes o PIB – desaba e se transforma em falência em massa. A espiral descendente começaria com uma deterioração adicional dos sistemas financeiros e continuaria através da desconfiança generalizada, desaparecimento do crédito, fechamento de grande número de empresas, desemprego ascendente, preços de commodities despencando, quedas progressivas nos preços das ações e despejos em alta. A globalização semearia a catástrofe por todos os lugares.

Grande parte das vítimas seria inocente dos excessos passados, ao passo que os mais culpados reteriam os seus ganhos obtidos de forma ilícita. Esta seria a receita, não para um ressurgimento to “laissez-faire” do século XIX, mas para xenofobia, nacionalismo e revolução. Nessas circunstâncias, estas conseqüências são concebíveis. Optar por arriscar um desfecho assim seria como decidir deixar uma cidade arder para punir alguém que tenha fumado na cama. Arriscar enormes prejuízos agora na esperança de diminuir o risco moral mais tarde é insano.

Todo o possível deve ser feito para evitar que a inescapável recessão se transforme em algo pior. Um grande número destas ações necessárias foi apresentado na coluna de Jeffrey Sachs, da Universidade de Colúmbia, anteontem (Valor, Finanças, 26 de outubro de 2008). Eu destacaria cinco pontos.

Primeiro, como argumenta John Muellbauer da Universidade de Oxford, a deflação é um perigo real (”The folly of the central banks of Europe” [a insensatez dos bancos centrais da Europa], 27 de outubro de 2008, www.voxeu.org). A deflação, porém, é letal para as economias endividadas. Hoje, as taxas de juros de curto prazo parecem demasiado elevadas na zona do euro e no Reino Unido. Os bancos centrais precisam reexaminar as suas economias e reduzir taxas em pelo menos um e, idealmente, em dois pontos percentuais.

Segundo, a única forma de deixar o setor privado se desalavancar, sem falências em massa e enormes quedas nos gastos, é substituindo o ativo que todos querem: dívida do governo. Ao contrário do professor Sachs, acredito que cortes de impostos são de fato parte da solução.

Terceiro, é crucial que a concessão de empréstimos seja mantida tanto dentro como entre economias. Depois de terem passado por tantos problemas para recapitalizar os bancos, os governos deveriam insistir que seus recursos sejam usados para suprir linhas de crédito aos mais propensos a permanecer solventes. Se os bancos se recusarem a fazer isso, os bancos centrais deverão substituí-los, como o Federal Reserve está fazendo agora.

Quarto, está no vital interesse próprio dos países de alta renda afetados manter as duramente castigadas economias emergentes solventes durante a crise.

Por fim, é igualmente evidente que o mundo não voltará ao equilíbrio se países em sólidas posições financeiras não ampliarem a demanda interna. O dia das bolhas habitacionais e de enormes déficits em conta corrente nos gastadores países de alta renda acabou. Aqueles que dependem de superávits em conta corrente para sustentar a demanda precisam pensar de novo.

Decisões tomadas ao longo dos próximos meses provavelmente moldarão o mundo por uma geração. A legitimidade da própria economia de livre mercado pode estar em risco. Aqueles que consideram a liquidação dos excessos passados como a solução não compreendem os riscos. O mesmo se aplica aos que sonham com novas ordens mundiais. Atravessemos primeiro essa crise. O perigo continua imenso e o tempo é curto.

18/10/2008 - 15:00h Vamos falar de gastos públicos

Paul Krugman * – O Estado de São Paulo

O índice Dow Jones está subindo até as alturas! Não, está em queda livre! Não, está em forte alta! Não, está…

Deixemos isso de lado. Enquanto o mercado de ações maníaco-depressivo domina as manchetes, a história mais importante está nas desanimadoras notícias sobre a economia real. Agora, está claro que o resgate dos bancos é apenas o começo: a economia não-financeira também precisa desesperadamente de ajuda.

E para oferecer essa ajuda, teremos de deixar de lado alguns preconceitos. Na política, está na moda falar contra os gastos do governo e exigir responsabilidade fiscal. Mas no momento, um aumento nos gastos do governo é exatamente o que o médico receitou e a preocupação com o déficit orçamentário deve ser adiada.

Antes de chegar nesse ponto, vamos falar da situação econômica. Nesta semana, aprendemos que as vendas no varejo despencaram de um precipício e o mesmo ocorreu com a produção industrial. O número de desempregados está num patamar associado a recessões graves e o índice de manufaturados medido pelo escritório do Federal Reserve (Fed, o banco central americano) da Filadélfia está caindo no ritmo mais rápido em quase 20 anos. Todos os sinais apontam para um declínio econômico terrível, brutal e longo.

Quão terrível? A taxa de desemprego já está acima dos 6% (e critérios mais amplos de medição do desemprego já registram valores de dois dígitos). É agora praticamente certo que o desemprego vá superar os 7% e, possivelmente, até os 8%, fazendo desta a pior recessão do último quarto de século.

E quanto vai durar? Poderia de fato durar bastante tempo.

Pense no que houve na última recessão, que se seguiu ao estouro da bolha tecnológica do fim dos anos 1990. Na superfície, as medidas elaboradas em resposta àquela recessão parecem uma história de sucesso. Apesar do medo de que os EUA experimentassem uma “década perdida” ao estilo japonês, isto não ocorreu: o Fed foi capaz de construir uma recuperação por meio de cortes nas taxas de juros.

Mas a verdade é que durante um bom tempo a situação americana esteve muito parecida com a japonesa: o Fed enfrentou dificuldade até obter mais tração. Apesar dos repetidos cortes nas taxas de juros, os quais acabaram levando a taxa sobre os fundos federais até apenas 1%, a taxa de desemprego continuou a subir; foram mais de dois anos até que o cenário dos empregos começasse a melhorar. E quando finalmente chegou uma recuperação convincente, isto se deu apenas porque Alan Greenspan conseguiu substituir a bolha tecnológica por uma bolha das moradias.

Agora a bolha das moradias explodiu, deixando a paisagem financeira repleta de destroços. Mesmo que funcionem os esforços atuais para o resgate do sistema bancário e para o descongelamento dos mercados de crédito – e apesar de ainda estarmos nos primeiros dias, os resultados iniciais foram desapontadores – é difícil de imaginar que ocorra uma recuperação nas moradias tão cedo. E se há uma outra bolha esperando, ela não é óbvia. Desse modo o Fed enfrentará dificuldade ainda maior em conseguir tração desta vez.

Em outras palavras, não há muito o que Ben Bernanke possa fazer pela economia. Ele pode e deve cortar ainda mais as taxas de juros, mas ninguém espera que isso faça mais do que oferecer um discreto estímulo econômico.

Por outro lado, há muito que o governo federal pode fazer pela economia. Ele pode oferecer benefícios mais extensos aos desempregados, o que ao mesmo tempo ajudaria as famílias em dificuldade e põe dinheiro nas mãos de pessoas que provavelmente vão gastá-lo. O governo pode oferecer ajuda de emergência para os governos estaduais e locais, para que não sejam obrigados a realizar grandes cortes de gastos que ao mesmo tempo degradam os serviços públicos e destroem empregos. Ele pode comprar hipotecas (mas não pelo seu valor de face, conforme propôs John McCain) e reestruturar os termos da dívida para ajudar as famílias a permanecerem em suas casas.

E essa seria também uma boa época para se envolver em grandes gastos com infra-estrutura, coisa que o país precisa muito, seja como for. O argumento habitual contrário às obras públicas enquanto estímulo econômico diz que essas demoram muito para ficar prontas: quando finalmente começar o conserto daquela ponte e a substituição daquela ferrovia, o declínio já terá acabado e o estímulo não será mais necessário. Bem, esse argumento não tem força agora, já que as chances de que este declínio termine num futuro próximo são virtualmente nulas.

Então, vamos dar início a esses projetos.

Será que a próxima presidência fará o que é necessário para lidar com o declínio econômico? Não se McCain conseguir frustrar a todos. O que precisamos agora é de mais gastos do governo – mas quando perguntaram a McCain como ele lidaria com a crise econômica, ele respondeu: “Bem, antes de mais nada, precisamos controlar essa enorme quantidade de gastos governamentais.” Se Barack Obama for eleito presidente, ele não sofrerá do mesmo tipo de oposição aos gastos públicos. Mas ele enfrentará um coro de tipos experientes em Washington dizendo a ele para ser responsável, afirmando que seriam inaceitáveis os grandes déficits nos quais o governo incorreria no próximo ano, caso faça a coisa certa.

Obama deve ignorar este coro. A atitude responsável, no momento, é estender à economia a ajuda de que ela necessita. Agora não é hora de se preocupar com déficits orçamentários.

*Paul Krugman escreve para o ‘The New York Times’

16/10/2008 - 09:14h Os deuses que fracassaram

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Harold Meyerson* – O Globo

Em 1949, escritores famosos escreveram ensaios explicando por que não eram mais comunistas, reunidos no volume “O Deus que fracassou”.

Hoje, intelectuais conservadores talvez considerem escrever sobre os fracassos de sua amada divindade: o capitalismo sem regulação.

A queda do sistema financeiro tem sido tão rápida e ampla que não houve tempo para considerar suas implicações para a teoria econômica que reinou nos últimos 30 anos. No que exatamente economistas conservadores acreditam, agora que seu deus está morto? Não nos surpreende ver um desorientado John McCain. O que ele deve fazer? Admitir que a crença de Ronald Reagan e Margaret Thatcher no capitalismo sem regulação, no qual todo candidato republicano apoiava até o último inverno, desmoronou? Na verdade, a crença da auto-suficiência do mercado também teve apoio de importantes democratas. Nos anos 90, o republicano Alan Greenspan e o democrata Robert Rubin agiram para que o mercado de derivativos seguisse sem regulação, apesar de Warren Buffett e George Soros terem alertado para o risco.

Se o colapso dos mercados deixou o conservadorismo em farrapos, deu aos liberais a tarefa de construir uma economia mais sustentável. Foram os liberais do Congresso que insistiram que o governo deveria ter poder para adquirir participações em bancos.

Agora, liberais devem ficar atentos ao tipo de nacionalização financeira que estão prestes a adotar. Henry Paulson (secretário do Tesouro dos EUA) quer injetar recursos públicos em bancos, mas continuar confiando nosso sistema aos banqueiros que nos colocaram nessa situação.

Esses bancos não deveriam incluir membros do governo em seus conselhos de administração para evitar as mesmas besteiras? A atual crise de ideologia não está confinada à doutrina do laissez faire. A crença no equilíbrio do orçamento se tornou sem sentido com a economia se encaminhando para uma recessão. Com bancos parando de emprestar, empresas demitindo funcionários, governos locais e estaduais suspendendo serviços, proprietários de imóveis com dívidas recordes e consumidores reduzindo compras, um maciço estímulo federal é o que separa a nação de uma calamidade econômica.

McCain e Obama discordam no que se refere ao papel do governo no estímulo à economia.

Tendo passado a vida defendendo políticas que levaram ao “derretimento”, McCain agora defende políticas que transformarão recessão em depressão. Ele pode ter suas crenças, mas a nação não pode rezar no altar desses deuses que fracassaram.

*HAROLD MEYERSON é colunista do “Washington Post”

14/10/2008 - 08:58h Paul Krugman, crítico feroz de Bush, ganha o Nobel de Economia

Segundo academia, escolha se deve aos trabalhos do americano sobre comércio internacional e geografia econômica

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Fernando Dantas – O Estado de São Paulo

 


O Sveriges Riskbank, o banco central da Suécia, anunciou ontem que o economista americano Paul Krugman ganhou o prêmio Nobel de Economia de 2008, por suas contribuições em teoria do comércio internacional e geografia econômica. Professor da Universidade Princeton, ele embolsará sozinho o prêmio equivalente a US$ 1,4 milhão.

Não foram, porém, os seus achados teóricos que fizeram de Krugman um dos raros ganhadores do Nobel de Economia que já eram celebridades antes de receber a mais alta das condecorações acadêmicas. Na verdade, foi como colunista do The New York Times (em cujo site também mantém um blog de grande popularidade) e como autor de livros de economia para o público não-especializado que ele se tornou mundialmente conhecido como um dos mais ferinos e brilhantes críticos do governo Bush e dos economistas conservadores que dominaram a política econômica nas últimas décadas.

Krugman, 55 anos, faz parte do grupo relativamente pequeno de analistas que não se deixou levar pela euforia com o boom econômico dos últimos anos, e apontou insistentemente para os sérios desequilíbrios globais que desembocaram na atual turbulência global. Recentemente, foi um dos mais duros críticos do secretário do Tesouro americano, Henry “Hank” Paulson, e de seu pacote de saneamento bancário por meio da aquisição de “ativos tóxicos” (ver reportagem abaixo).

Dono de um texto de fazer inveja aos melhores jornalistas, com uma impressionante capacidade de explicar questões econômicas complexas para o grande público, e provido de um senso de ironia refinadíssimo, Krugman já rivalizava, antes mesmo de receber a premiação de ontem, com o outro grande crítico dos excessos do liberalismo, o também laureado pelo Nobel Joseph Stiglitz.

NOVA TEORIA DE COMÉRCIO

O Nobel de Krugman deve-se aos seus trabalhos sobre a “nova teoria de comércio” e “a nova geografia econômica”. Independentemente de orientação ideológica, os economistas são unânimes em afirmar o merecimento do seu Nobel pelas contribuições acadêmicas produzidas naquelas áreas. “Há um grande consenso na profissão de que Paul Krugman deveria ganhar o prêmio Nobel pelo seu trabalho prévio em comércio internacional”, diz Kenneth Rogoff, da Universidade de Colúmbia, ex-economista-chefe do Fundo Monetário Internacional (FMI).

Krugman conseguiu explicar por que existe um comércio internacional tão intenso entre países muito parecidos em dotações de recursos, como as nações ricas em geral. Na visão clássica de comércio internacional, de David Ricardo, conhecida como “teoria das vantagens comparativas”, o comércio entre o mundo desenvolvido e o subdesenvolvido é bem explicado. Como esses países são diferentemente dotados de recursos, com abundância de capital nos ricos e abundância de matérias-primas e mão-de-obra barata nos pobres, o comércio internacional deixa todos em melhor situação, ao fazer com que cada um produza aquilo que tem condições de fazer melhor: matérias-primas e produtos de baixo valor agregado, nos países subdesenvolvidos, e produtos mais sofisticados nos desenvolvidos. Isso não explica, porém, por que os países ricos têm entre si um comércio tão volumoso – na realidade, ainda representa a maior parte do comércio internacional

O achado de Krugman foi o de mostrar que uma combinação entre desejo de variedade, por parte dos consumidores, e economias de escala, por parte dos produtores, combinam-se para tornar viável o comércio entre nações desenvolvidas.

Assim, diversos países ricos são sede de empresas de automóveis de luxo, que só se tornam viáveis economicamente se comercializados globalmente. Ao mesmo tempo, preferências variadas entre os consumidores fazem com que os Mercedes alemães, Toyotas japoneses ou Volvos suecos sejam comercializados simultaneamente em vários países.

Maria Cristina Terra, professora da Universidade de Sergy-Pontoise, em Paris, e da Escola de Pós-Graduação em Economia da Fundação Getúlio Vargas no Rio, observa que a visão clássica de comércio internacional descarta, na grande maioria dos casos, todo tipo de política comercial e política industrial.

Com Krugman, foi possível mostrar que há situações em que barreiras comerciais ou subsídios à exportação produzem reais benefícios ao país que usa esses instrumentos.

O economista Luiz Gonzaga Belluzzo nota que Krugman combateu na década de 90 o uso da sua teoria como base para críticas à liberação comercial e à globalização, mas recentemente ele voltou atrás, ao afirmar que os trabalhadores dos Estados Unidos podem ser prejudicados pela ascensão da China.

FRASES

“O Brasil está até agora se beneficiando das dificuldades internacionais. É um exportador de commodities e não é grande importador de petróleo. Se fizéssemos uma lista dos países que se beneficiam dessa situação, ela incluiria Arábia Saudita, Rússia e Brasil”

“Há uma frase antiga: o trabalho de um banqueiro central é fugir da festa com a poncheira quando a festa está no auge. Greenspan ia de pessoa em pessoa dizendo ‘aqui está seu ponche’”

“Um banqueiro de 1930 teria reconhecido a crise. Estamos repetindo 1930, mas, desta vez, o Fed está ajudando os bancos”

13/10/2008 - 08:17h Belo presente os ”futuros” nos deram…

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Marco Antonio Rocha* – O Estado de São Paulo

Na semana passada, um artigo de Peter Goodman no New York Times mencionava fatos que merecem ser repetidos aqui, porque vêm a calhar com os últimos acontecimentos. Por exemplo, Warren Buffett, um dos homens mais ricos do mundo, e dos mais espertos, dizia, segundo Goodman, há cinco anos atrás (sic!), que os chamados derivativos eram “armas financeiras de destruição em massa, embutindo perigos que, latentes por ora, são potencialmente letais”.

Muito mais gente, além dele, via com desconfiança essas criativas inovações, trazidas pelos jovens audazes do trapézio volante das finanças mundiais. Em 2003, o Comitê dos Bancos, do Senado norte-americano, achou que já era hora de examinar a conveniência de regulamentar mais estritamente os tais contratos de derivativos (papéis transacionados nos chamados mercados “futuros”). Alan Greenspan, então presidente do Federal Reserve (o banco central dos EUA), se opôs dizendo que “nós pensamos que seria um erro regular mais profundamente os contratos”. Na opinião dele, os derivativos eram úteis como instrumentos de transferência de riscos “daqueles que não devem assumi-los para aqueles que estão desejosos e são capazes de fazê-lo”.

Mas os desejosos de assumir riscos e capazes de fazê-lo não parecem, agora, arcar com as conseqüências dessa vocação; e quem está ou em breve estará pagando o pato, diriam nossos avós, são as pessoas honestas e trabalhadoras que têm aversão aos riscos.

O nome do vírus causador desse inferno astral dos mercados está na Bíblia: é ganância – até Mr. Greenspan, que continua convencido de que os contratos de derivativos eram uma boa coisa, admite que o problema foi a greedy com que são manipulados, causando “um tipo de crise de aperto financeiro que acontece apenas uma vez em cada século”. Se o conhecêssemos, diríamos a ele para lembrar que a greedy é latente no espírito humano desde Adão e Eva. Então compete aos governos baixar bons regulamentos que coíbam a audácia da greedy.

A incúria dos governos, a negligência dos políticos e a irresponsabilidade dos banqueiros modernos – herdeiros de milenar sovinice, mas indignos da prudência dos seus antecessores – pavimentaram a autopista onde a ganância ganhou o ímpeto de um Aston Martin do agente 007.

No ano que vem, terá 30 anos o episódio que ficou conhecido como o “choque dos juros”. A média das taxas de juros internacionais deu um salto astronômico em 1979, apenas 6 anos depois de outro choque, o dos preços do petróleo, que provocou um tsunami de dinheiro em direção aos países produtores de petróleo, principalmente do Oriente Médio. Esses “petrodólares” entupiram os bancos ocidentais. O excesso de liquidez desandou, então, em empréstimos subprime – vocábulo que ainda não surgira. Mas já existiam tomadores subprime de empréstimos – Brasil e vários países do Terceiro Mundo, que pegavam dinheiro adoidados sem saber como pagar, como os atuais subprimes americanos, que compraram casas animados pela cantoria dos bancos e agências de crédito. Com o choque dos juros, os mutuários subprime de então (países) ficaram de calça na mão – formou-se o grande quebra-cabeça da dívida do Terceiro Mundo.

A “década perdida” – os 10 ou 15 anos em que a economia brasileira ficou arrastando os pés, a partir mais ou menos de 1982 (ano da “quebra” do México) – se deveu ao aperto do crédito internacional provocado pelo fantasma das dívidas impagáveis, nascido da esbórnia do excesso de liquidez da década anterior.

Alguma coisa a ver com o momento atual, por acaso?

Não?

Tomara.

Mas por acaso a economia mundial não viveu, de novo, um período prolongado recente de vacas gordas, propiciado por excesso de liquidez financeira? Por acaso esse excesso de liquidez não foi, em boa parte, anabolizado pelo aumento (mais uma vez) dos preços internacionais do petróleo, que gerou novo tsunami de dinheiro para os cofres de países produtores – entre os quais, a Venezuela, cujo presidente gasta os tubos numa espalhafatosa pretensão de se impor ao mundo como estadista? Fortunas espantosas não apareceram, nos últimos dez anos, nas mãos de figuras até então desconhecidas e que ninguém sabe o que realmente fazem ou fizeram para ganhar dinheiro?

Esse segundo momento mágico mundial de dinheiro fácil contou com um acelerador: a tecnologia de informática, que facilitou aos especuladores e espertalhões do mundo inteiro uma plataforma de operações do tamanho de um laptop. E sua vantagem não foi somente permitir transações financeiras com a velocidade da luz ou transferências instantâneas de himalaias de dinheiro. O mais importante é que esses aparelhinhos possibilitam cálculos e simulações que, nas esbórnias precursoras – anos 20 ou anos 70 -, demandavam semanas para serem completadas nas mãos de doutos matemáticos das universidades. Hoje, basta saber digitar os comandos certos do laptop e os resultados das simulações podem ser apreciados instantaneamente, mais precisos que os do passado.

Esse não foi um avanço apenas técnico. Nas entranhas dos laptops são testadas as grandes criações dos magos das finanças modernas: como obter lucros presentes só com expectativas futuras; como transformar papo furado em dinheiro no banco; como tornar débitos em créditos, prejuízos visíveis em realizáveis diferidos, papéis da Merposa em ações valorizadas; enfim, neles nasceu a engenharia da gigantesca indústria que nem Bill Gates teria imaginado nos seus mais criativos momentos: a indústria dos derivativos, que não fabrica nada, não tem instalações, não fica em lugar nenhum, mas está em todos eles e cujo insumo é só um: a ganância.

É hora, sem dúvida, de lhe pôr freios eficazes.

*Marco Antonio Rocha é jornalista.
E-mail: marcoantonio.rocha @grupoestado.com.br

18/09/2008 - 09:03h ”Crise é o Muro de Berlim do livre mercado”

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Instituições voltadas para os mercados nas economias de mercado quebram e pedem socorro ao governo, diz Stiglitz

Nathan Gardels e Global Viewpoint – O Estado de São Paulo

http://blogs.zdnet.com/open-source/images/joseph-stiglitz.jpgCom a profunda crise por que passa o sistema financeiro mundial, puxada pela quebra das principais instituições de crédito dos Estados Unidos, Joseph Stiglitz, Prêmio Nobel de Economia em 2001, avalia que a queda de Wall Street representa para o fundamentalismo do mercado o que a queda do Muro de Berlim representou para o comunismo. A seguir, principais trechos da entrevista ao editor do Global Viewpoint.

Barack Obama disse que a quebradeira de Wall Street é a maior crise desde a Grande Depressão; John McCain afirma que a economia está ameaçada, mas que é fundamentalmente forte. Quem tem razão?

Obama está muito mais próximo da verdade. De fato, os Estados Unidos têm pessoas de talento, grandes universidades e um excelente setor de alta tecnologia. Mas os mercados financeiros desempenharam um papel muito importante e foram responsáveis por 30% dos lucros corporativos dos últimos anos. Os principais operadores dos mercados financeiros colheram esses lucros argumentando que estavam contribuindo para administrar o risco e alocar o capital de modo eficiente e, por isso, afirmam, “merecem” os altos retornos. Ficou claro que nada disso é verdade. Eles administraram pessimamente toda a situação. Agora esta se voltará contra eles e o restante da economia terá de pagar, enquanto as engrenagens da atividade econômica começam a rodar mais devagar em razão do aperto no crédito. Nenhuma economia moderna pode funcionar bem sem um vibrante setor financeiro. Portanto, o diagnóstico de Obama é correto: nosso setor financeiro se encontra numa situação desesperadora. E, se está numa situação desesperadora, significa que a nossa economia está na mesma situação. Mesmo se não analisarmos a turbulência financeira, mas o grau de endividamento nacional, federal e do setor da habitação, veremos que há um grave problema. Nós estamos afogando. Se considerarmos a desigualdade, a mais profunda desde a Grande Depressão, veremos igualmente um grave problema. Se considerarmos os salários estagnados, perceberemos outro grave problema. A maior parte do crescimento econômico nos últimos cinco anos teve base na bolha da habitação, que acaba de estourar. E os frutos desse crescimento não foram amplamente compartilhados. Em suma, os fundamentos não são fortes.

Que medida seria necessária para enfrentar a crise de Wall Street?

Evidentemente, não precisamos só de uma nova regulamentação, mas de uma reformulação do sistema regulador. Durante seu reinado à frente do Federal Reserve (Fed) – no qual a bolha financeira e hipotecária foi crescendo -, Alan Greenspan dispunha de inúmeros instrumentos para contê-la, mas não o fez. Afinal, ele foi escolhido por Ronald Reagan por suas atitudes contrárias à regulamentação. Paul Volcker, o chefe anterior da instituição, conhecido por manter a inflação sob controle, foi demitido porque o governo Reagan julgou que ele não atuava de maneira adequada à desregulamentação. Nosso país sofreu, então, as conseqüências da escolha para o cargo de principal regulador da economia de alguém que não acreditava em regulamentação. Portanto, em primeiro lugar, para corrigir o problema precisamos de líderes políticos e de estrategistas que acreditem em regulamentação. Além disso, precisamos adotar um sistema capaz de lidar com a expansão das finanças e de instrumentos financeiros além dos tradicionais bancos.Por exemplo, precisamos regulamentar os incentivos. É preciso começar a pagar bônus pelo desempenho referente a vários anos, e não só a um ano, porque isso acaba encorajando o jogo. As opções de ações estimulam a contabilidade desonesta e precisam ser limitadas. Em suma, criamos incentivos para um mau comportamento do sistema e foi o que tivemos. Também precisamos de “redutores de velocidade” . Historicamente, toda crise financeira esteve associada a uma expansão muito rápida de determinados tipos de ativos, das tulipas às hipotecas. Se conseguirmos reduzir isso, poderemos impedir que as bolhas escapem do controle. O mundo não teria desaparecido se expandíssemos o setor de hipotecas a 10% ao ano, em lugar de 25%. Conhecemos o esquema tão bem que deveríamos ser capazes de fazer alguma coisa para contê-lo. Acima de tudo, precisamos de uma comissão de segurança para produtos financeiros, assim como temos uma comissão para os bens. Os financistas inventaram produtos que não tinham o objetivo de administrar o risco, mas criar o risco. É claro que acredito totalmente em maior transparência. Entretanto, em termos de normas reguladoras, esses produtos eram transparentes do ponto de vista técnico, mas eram tão complexos que ninguém conseguia entendê-los. Se todas as cláusulas desses contratos tivessem sido divulgadas, não teriam acrescentado nenhuma informação útil sobre o risco para os mortais comuns. O excesso de informações não é informação. Nesse sentido, os que pedem maior transparência como solução do problema não compreendem as informações. Quando você compra um produto, quer conhecer o risco, essa é a questão.

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Os títulos respaldados em hipotecas, que estão na base da crise, estão espalhados pelo mundo, de bancos a fundos soberanos na China, Japão, Europa e Golfo. Qual o impacto da crise para eles?

É verdade. Os prejuízos das instituições financeiras européias relativos ao crédito hipotecário subprime foram maiores que nos EUA. O fato de os EUA terem diversificado esses títulos para os seus investidores no mundo todo, graças à globalização dos mercados, amorteceu o impacto nos EUA. Se não tivéssemos diluído o risco, o resultado nos EUA teria sido muito pior. Uma coisa que agora todos compreendem como conseqüência dessa crise são as informações assimétricas da globalização. Na Europa, por exemplo, não se entendia muito bem que as hipotecas americanas são non-recourse (o valor do financiamento não pode superar o valor de mercado do imóvel) – se o valor da casa cai abaixo do valor da hipoteca, você pode devolver a chave ao banco e ir embora. Na Europa, a casa é a garantia, mas o mutuário continua pendurado pela quantia que tomou emprestado, seja qual for. É esse o perigo da globalização: o conhecimento é local porque você está muito mais a par do que ocorre em sua sociedade do que nas outras.

Então, qual é o impacto da crise de Wall Street para a globalização impulsionada pelo mercado?

O programa da globalização está estreitamente vinculado aos fundamentalistas do mercado – a ideologia dos mercados livres e da liberação do comércio. Nesta crise, vemos que instituições mais voltadas para os mercados nas economias mais orientadas para o mercado quebram e pedem o socorro do governo. Todo mundo dirá agora que esse é o fim do fundamentalismo do mercado. Assim, a queda de Wall Street representa para o fundamentalismo do mercado o que a queda do Muro de Berlim representou para o comunismo: ela diz que essa forma de organização econômica não funciona. A conjuntura mostra que a liberação do mercado financeiro não existiu. A maneira hipócrita com a qual o Tesouro americano, o FMI e o Banco Mundial lidaram com a crise asiática de 1997 e a maneira como a atual está sendo tratada enfatizou essa reação intelectual. Agora, os asiáticos dizem: Espera aí, vocês disseram que deveríamos imitá-los nos EUA. Se tivéssemos seguido o exemplo, também estaríamos no caos. Talvez vocês possam se permitir isso; nós, não.”

09/09/2008 - 12:07h O poder da deflação

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PAUL KRUGMAN – DO “NEW YORK TIMES” – FOLHA SP

SALVAR AS instituições de crédito hipotecário salvará o mundo? Quem dera fosse simples assim.

A tomada de controle das gigantes Fannie Mae e Freddie Mac era decerto a coisa certa a fazer, e a maneira pela qual foi realizada também merece elogios. O plano ajudará a sustentar instituições que desempenham papel crucial na economia, enquanto reduzirá os custos para os contribuintes ao mais ou menos zerar os valores dos ativos dos acionistas.

Mas a medida precisa ser vista em contexto mais amplo, o da tentativa do Federal Reserve (Fed, o BC dos EUA) e do Departamento do Tesouro de conter os efeitos adversos da crise financeira. E essa é uma luta que as autoridades parecem estar perdendo.

Passou muito tempo desde que Alan Greenspan, ex-presidente do Fed, declarou que uma bolha nacional no setor de habitação era “altamente improvável”. Tivemos a tal bolha e, desde que ela estourou, dois anos atrás, os preços dos imóveis residenciais vêm caindo mais rápido do que o fizeram durante a Grande Depressão.

A queda nos preços das casas, por sua vez, conduziu ao muito temido fenômeno da “deflação de dívidas”. Sim, deflação: os preços estão subindo no varejo, mas o valor dos ativos, aqueles que importam nos balanços, está em rápida queda.

Como observou o economista Irving Fisher em 1933, quando indivíduos e empresas altamente endividados encontram dificuldades, em geral vendem ativos e usam os proventos para saldar suas dívidas. O que Fisher apontou, no entanto, foi que vendas como essas terminam por se tornar contraproducentes nos momentos em que todos agem do mesmo jeito: a queda resultante nos preços de mercado solapa as posições financeiras dos devedores mais rápido do que é possível liquidar as dívidas. Assim, a deflação nos preços dos ativos pode se tornar um círculo vicioso.

E uma das conseqüências do que ele chamou de “estouro de liquidação” é uma severa desaceleração econômica. É isso que está acontecendo agora, e a deflação de dívidas passa por problemas especialmente espinhosos porque os principais protagonistas do mercado estão altamente alavancados -ou seja, seus ativos foram em larga medida adquiridos com dinheiro que tomaram de empréstimo.

Como definiu Paul McCulley, do fundo de investimento Pimco, em ensaio recente intitulado “O Paradoxo da Desalavancagem”, nos últimos meses mais ou menos todas as instituições financeiras estavam tentando reduzir sua alavancagem, mas a queda nos valores dos ativos ainda assim fez com que suas dívidas crescessem, como proporção de seus ativos totais.

E os números continuam a piorar. Em julho de 2007, Ben Bernanke, atual presidente do Fed, sugeriu que os prejuízos com o mercado de títulos hipotecários de risco (”subprime”) seriam de menos de US$ 100 bilhões. No mês passado, o total ultrapassou os US$ 500 bilhões e seguem crescendo.

O que nos conduz a Fannie e Freddie -as duas únicas instituições de grande porte que não haviam entrado na corrida da desalavancagem, e é por isso que respondem no momento por 70% dos novos empréstimos hipotecários. Mas suas fundações financeiras foram solapadas pela deflação de dívidas, mesmo que seus empréstimos demonstrem mais responsabilidade que a média.

Assim, era preciso resgatar as duas instituições, ou a deflação de dívidas teria se tornado ainda pior. Mas será o suficiente?
Duvido. A crise financeira nos EUA se parece muito com a do Japão no final dos anos 1980, que levou a uma desaceleração de uma década e preocupou muito economistas americanos e o Fed. Imaginávamos se a mesma coisa poderia acontecer aqui, e economistas do Fed desenvolveram estratégias que supostamente deveriam impedir esse desfecho. Acima de tudo, a resposta a uma crise financeira ao estilo japonês deveria envolver uma combinação muito agressiva de cortes nos juros e medidas de estímulo fiscal, para impedir que uma crise virasse forte desaceleração na economia real.

Quando surgiu a crise atual, Bernanke de fato agiu de forma muito agressiva no corte dos juros e fornecimento de fundos ao setor privado. Mas o crédito se tornou mais, não menos, escasso. E o estímulo fiscal foi tanto pequeno demais quanto mal direcionado.

Como resultado, o esforço de conter a crise parece estar fracassando. Os preços dos ativos continuam a cair, os prejuízos ainda crescem, e o índice de desemprego acaba de atingir sua marca mais alta em cinco anos.

A cada mês que passa, os EUA parecem mais japoneses.

Portanto, sim, resgatar Freddie Mac e Fannie Mae foi uma boa idéia. Mas isso acontece no contexto de uma luta econômica mais ampla. E parece que estamos perdendo.

Tradução de PAULO MIGLIACCI

10/08/2008 - 10:51h Virar à esquerda para crescer

*JOSEPH E. STIGLITZ – O Globo

A imagem “http://www.themorningsidepost.com/images/2007/09/27/stiglitz.jpg” contém erros e não pode ser exibida.Tanto a esquerda como a direita dizem defender o crescimento econômico. Então, para os eleitores, trata-se apenas de escolher entre equipes gerenciais alternativas? Quem dera fosse tão fácil. Parte do problema se refere ao papel da sorte. A economia americana, nos anos 90, foi abençoada por baixos preços da energia, alta taxa de inovação e uma China a oferecer cada vez mais produtos de boa qualidade a preços decrescentes, tudo combinando para resultar em inflação baixa e rápido crescimento.

O presidente Clinton e o então presidente do Fed (banco central), Alan Greenspan, merecem pouco crédito por isso — embora, a bem da verdade, tenham evitado políticas que pusessem tudo a perder. Em contraste, os problemas que enfrentamos hoje — altos preços de energia e alimentos e um sistema financeiro a desmoronar — foram, em grande parte, causados por políticas erradas.

Há grandes diferenças entre estratégias de crescimento, o que torna altamente prováveis resultados também diferentes. A primeira se refere à forma em que o crescimento é concebido.

Ele não é apenas a ampliação do Produto Interno Bruto. Precisa ser sustentável: crescimento com degradação ambiental, com consumo baseado em endividamento ou exploração de recursos naturais escassos, sem reinvestimento dos rendimentos, não é sustentável.

O crescimento deve ser inclusivo; pelo menos a maioria dos cidadãos deve ser beneficiada. Truques econômicos não funcionam: um aumento do PIB pode até piorar a situação da maioria dos cidadãos. O crescimento recente dos EUA não foi nem economicamente sustentável nem inclusivo. A maioria dos americanos está pior hoje do que há sete anos.

Mas não há um compromisso entre desigualdade e crescimento.

Os governos podem estimular o crescimento via aumento da inclusão.

O maior recurso de um país é seu povo.

É essencial assegurar que todos possam desenvolver seu potencial, o que requer oportunidades educacionais para todos.

Uma economia moderna requer também assumir riscos.

As pessoas ficam mais propensas a assumir riscos se houver uma boa rede de proteção. Se não houver, elas podem pedir proteção contra a competição estrangeira. Proteção social é mais eficiente que protecionismo.

Fracasso na promoção da solidariedade social pode ter outros custos, entre os quais os necessários para proteger a propriedade privada e manter encarcerados os criminosos.

Estima-se que, dentro de poucos anos, os EUA terão mais gente trabalhando em segurança do que em educação.

Um ano na prisão pode custar mais do que um ano em Harvard. O custo de manter encarcerados 2 milhões de americanos — uma das maiores taxas do mundo — deve ser subtraído do PIB, ao invés de adicionado.

Uma segunda grande diferença entre esquerda e direita diz respeito ao papel do Estado no desenvolvimento.

A esquerda entende ser vital que o Estado proveja infra-estrutura e educação, desenvolva tecnologia e até mesmo atue como empreendedor.

O governo assentou as bases da internet e da moderna revolução da biotecnologia. No século XIX, a pesquisa em universidades que recebiam apoio governamental possibilitou a revolução na agricultura.

O governo levou os avanços a milhões de fazendeiros americanos. Empréstimos para pequenos negócios foram cruciais na criação de novos negócios e também de novas indústrias.

A diferença final pode parecer estranha: a esquerda agora entende o mercado e o papel que ele pode e deve ter na economia. A direita, especialmente nos EUA, não. A nova direita, tipificada pela administração Bush-Cheney, é realmente o velho corporativismo em disfarce novo. Ela acredita num Estado forte, com poderes executivos robustos, usados em defesa de interesses estabelecidos e com pouca atenção aos princípios do mercado. A lista de exemplos é longa e inclui subsídios para grandes fazendeiros, tarifas para proteger a indústria siderúrgica e, mais recentemente, megaoperações de salvamento de Bear Sterns, Fannie Mae e Freddie Mac. Mas a inconsistência entre retórica e realidade vem de longe: o protecionismo cresceu nos anos Reagan, inclusive com a imposição da chamada restrição voluntária das exportações de carros japoneses.

Em contraste, a nova esquerda está tentando fazer o mercado funcionar.

Mercados livres não funcionam adequadamente por si mesmos — uma conclusão corroborada pela atual debacle financeira. Defensores do mercado algumas vezes admitem que eles falham, até desastrosamente, mas alegam que têm a propriedade de se autocorrigirem. Durante a Grande Depressão, argumentos similares foram ouvidos: o governo não tem de fazer coisa alguma porque o mercado restabeleceria o pleno emprego a longo prazo. Mas, como John Maynard Keynes disse, a longo prazo todos estaremos mortos.

O mercado não é autocorretivo num período de tempo relevante. Nenhum governo pode ficar sentado assistindo a um país cair na recessão ou na depressão, mesmo quando causadas por excesso de gula de banqueiros ou por avaliação equivocada do risco pelo mercado financeiro ou por agências de classificação. Mas, se são os governos que vão pagar a conta da economia no hospital, devem fazer de tudo para tornar menos provável a internação.

O mantra da direita sobre desregulamentação dos mercados estava errado, e agora pagamos o preço.

Que, em termos de perda de produção, será alto — talvez mais de US$ 1,5 trilhão apenas nos EUA.

A direita costuma alegar seu parentesco com Adam Smith, mas enquanto Smith reconhecia o poder do mercado, reconhecia também suas limitações.

Mesmo em sua época, empresários descobriram que podiam elevar mais facilmente os lucros conspirando para aumentar preços do que produzindo de forma mais eficiente mercadorias inovativas. Poderosas leis antitruste são necessárias.

É fácil dar uma festa. Por uns momentos, todo mundo pode sentir-se bem. Já promover o crescimento sustentável é muito mais difícil. Hoje, em contraste com a direita, a esquerda tem uma agenda coerente — que não oferece só mais crescimento, mas também justiça social. Para os eleitores, deveria ser uma fácil escolha.

*JOSEPH E. STIGLITZ é economista e foi Prêmio Nobel de Economia em 2001

20/07/2008 - 11:47h “O Brasil está no lado “ganhador” e esta havendo uma boa administração no geral”

“Estou certo de que já estamos em recessão”

Para economista americano, crise nos EUA pode se agravar. Mas Brasil está no lado ganhador das ‘commodities’

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ENTREVISTA Paul Krugman

Às vésperas de vir ao Brasil — onde dará palestras, no Rio e em São Paulo, quarta e quinta-feira — Paul Krugman vê a economia brasileira como “uma das partes vigorosas do mundo”. Em entrevista por telefone, Krugman não se mostra otimista com os EUA que, na sua opinião, já estão em recessão. Tampouco mostra ânimo com as eleições americanas — aprova o democrata Barack Obama, mas o considera moderado demais. Autor de diversos livros (o mais recente, “The Conscience of a Liberal”, ainda não lançado em português), professor de Princeton e colunista do “New York Times”, Krugman acredita que o mundo vive o terceiro choque do petróleo e alerta que não há muito o que fazer para conter a inflação global

Luciana Rodrigues – O GLOBO

O GLOBO: A crise financeira americana pode se agravar?

PAUL KRUGMAN
: Sim, pode piorar. Mas, agora, estou menos assustado do que estava no início deste ano. Tivemos uma crise que levou a um colapso completo da confiança no sistema. Agora, apesar de algumas falências (de bancos) e da crise na Fannie Mae e na Freddie Mac (grandes companhias hipotecárias dos EUA), os problemas estão ocorrendo numa parte da economia em que há mecanismos muito bem estabelecidos para lidar com isso. Pode haver uma corrida a bancos, mas os depósitos estão assegurados. As duas grandes financiadoras imobiliárias, Fannie e Freddie, são parcialmente patrocinadas pelo governo. Então, é ruim que a crise continue atingindo as instituições. Mas, de certa maneira, o quadro agora é mais controlável. Porém, a economia real continuará sofrendo, e estou certo de que já estamos numa recessão.

Uma recessão nos EUA afetará o mundo da mesma forma do que no passado?

KRUGMAN
: O contágio será menos intenso. Os EUA não são mais o motor da economia mundial. Podemos ter uma recessão nos EUA sem termos uma recessão no resto do mundo. Mas é preciso levar em conta que a economia européia está tendo sérios problemas também. Há uma crise similar na Europa, com bolha imobiliária. Uma crise que afeta as duas principais economias do mundo é um grande choque. Apesar disso, eu ficaria surpreso se houvesse uma recessão global.

Os grandes emergentes, Brasil, Rússia, Índia e China, chamados de Brics, assumiram novo papel na economia global?

KRUGMAN
: A categoria Brics é estúpida. São todos grandes, todos são economias em desenvolvimento. Além disso, não têm mais nada em comum. Índia e China podem em algum sentido serem agrupadas. Rússia é um grande exportador de petróleo. O Brasil é grande exportador de commodities e de manufaturados. A questão principal é que o centro de gravidade do mundo migrou dos EUA e da Europa. Ambos continuam sendo grandes economias, continuam sendo os principais jogadores em campo, mas grande parte da economia mundial não está mais nos centros industriais tradicionais. A maior parte do crescimento econômico está vindo dos países emergentes.

O senhor vem ao Brasil na próxima semana. Quais são suas impressões sobre a economia brasileira?

KRUGMAN
: No próximo fim de semana (ontem e hoje), farei meu dever de casa pesquisando mais sobre o Brasil. Mas, claramente, é uma das partes vigorosas do mundo, tem ido melhor do que o resto (do mundo). Não tem tido um desempenho espetacular, mas está com um crescimento razoável. O Brasil está no lado “ganhador” da alta das commodities . E também está havendo uma boa administração no geral (na política econômica brasileira).

O governo do presidente George W. Bush pode ser responsabilizado pela crise financeira nos EUA?

KRUGMAN
: Provavelmente, teríamos uma bolha imobiliária de qualquer maneira, com ou sem o governo Bush. Mas eles (o governo Bush) sistematicamente flexibilizaram as regulamentações e mecanismos de precaução que deveriam limitar os bancos a tomarem riscos excessivos, no exato momento em que mais precisávamos dessa regulamentação. Então, o governo Bush não causou a crise, mas a tornou consideravelmente pior.

E a postura de Alan Greenspan à frente do Federal Reserve (Fed, banco central americano)?

KRUGMAN
: Greenspan pode levar grande parte da responsabilidade. Recentemente, o Fed editou novas regras para a concessão de crédito pelos bancos, para restringir financiamentos irresponsáveis. Isso poderia ter sido feito há cinco anos. E Greenspan foi avisado sobre os riscos dos empréstimos subprime (para clientes com histórico ruim), mas não fez nada. Argumentou que o mercado saberia tomar conta de si mesmo. E ainda deu garantias de que as coisas iriam bem. Disse publicamente que os preços de imóveis nunca caem, que as pessoas deveriam pegar empréstimos e fazer hipotecas. Greenspan é mais vilão do que o governo Bush.

Outra grande preocupação é o avanço da inflação mundial. O que explica a alta de preços?

KRUGMAN
: Bom, em primeiro lugar, temos o preço do petróleo, que tem subido basicamente por uma combinação de crescimento dos países emergentes com piores condições geológicas. Está mais difícil prospectar petróleo. E a China e outras economias emergentes estão consumindo muito mais petróleo. Então, temos uma combinação de demanda em expansão e oferta estagnada. No que diz respeito à alta dos alimentos, há várias razões simultâneas. A primeira é que a alta do petróleo tem muito efeito nos alimentos. Principalmente nos países em desenvolvimento, a agroindústria usa muita energia e também há o efeito dos fertilizantes (cujos preços são influenciados pelo petróleo). E há o aumento da demanda de países emergentes, principalmente da China, onde as pessoas estão ganhando mais dinheiro e, por isso, comendo mais carne. E em terceiro lugar, há questões ambientais. Tivemos eventos climáticos sem precedentes, como a seca na Austrália, que muito provavelmente já é efeito da mudança climática.
Estamos começando a ver os primeiros efeitos econômicos do aquecimento global. E, por último, há os biocombustíveis, que, na Europa e nos EUA, definitivamente, estão desviando recursos antes destinados aos alimentos.

O senhor conhece o programa brasileiro de etanol?

KRUGMAN
: Para os preços de alimentos, o etanol brasileiro é inocente. Não há um desvio na produção de alimentos nem de longe parecido com o etanol americano. E a cana-de-açúcar é uma fonte muito mais eficiente para etanol do que o milho (usado nos EUA). Então, em termos econômicos, o programa brasileiro tem muito mais sentido.
Mas as informações que recebi de especialistas em meio ambiente é que o problema com o etanol brasileiro é que ele é mais danoso em termos de emissão de gases poluentes do que parece à primeira vista. Mas eu não endosso essa afirmação, porque não fiz pesquisas independentes a respeito desse assunto.

No que diz respeito à alta do petróleo, podemos dizer que estamos no meio de um terceiro choque do petróleo?

KRUGMAN
: De certa forma sim. Não temos o mesmo impacto (dos choques anteriores).
Mas as cotações do petróleo, em termos reais, atingiram novos patamares.

Nos países pobres, alimentos caros são sinônimo de fome. A fome se tornou um efeito colateral da globalização?

KRUGMAN
: Não se pode atribuir isso à globalização. Eu sou um crítico da globalização por muitos motivos. Mas, nesse caso, havia muito mais famintos entre os anos 50 e 70 (do século passado) do que há hoje. A situação hoje está melhor em termos de segurança alimentar. Mas havia uma crença de que sempre teríamos abundância na oferta mundial de alimentos, e agora vivemos uma escassez para a qual não estávamos preparados.

O que pode ser feito para conter a inflação mundial?

KRUGMAN
: Na verdade, não há muito a ser feito. Poderíamos pensar numa política de juros mais altos para conter a demanda. Mas não está claro porque deveríamos fazer isso, se tudo que temos até agora é um choque de alimentos e de energia. A longo prazo, mais energia alternativa e mais conservação poderiam reduzir a demanda mundial por petróleo. Mas, por agora, acho que teremos que absorver esse choque.

Os americanos elegem um novo presidente este ano. Barack Obama (candidato democrata) ou John McCain (republicano) podem se sair melhor na economia do que George W. Bush?

KRUGMAN
: Bom, é difícil ser pior (do que Bush). McCain não está oferecendo qualquer mudança. E Obama está oferecendo mudanças sustentáveis, numa direção que eu aprovo, mas minhas críticas são que suas propostas não vão longe o suficiente. E, historicamente, na economia, os governos democratas sempre têm melhor desempenho. Então, temos todas as razões para acreditar que Obama oferece uma perspectiva melhor.

Historicamente, os democratas são mais protecionistas em comércio que os republicanos. Há esse risco com Obama?

KRUGMAN
: É pouco provável. É preciso fazer uma distinção entre o que os partidos falam e o que eles fazem. Se pensarmos em quais foram os governos mais protecionistas nos últimos 40 anos, foram Reagan (Ronald Reagan, de 1981 a 1989) e Bush (filho). Eles falavam sobre livre comércio, mas não o praticavam.
Enquanto isso, os democratas constantemente falam em proteger os EUA da economia mundial, mas não agem de forma protecionista. E uma das razões para isso é que os democratas, e especialmente a equipe de Obama, levam muito a sério as regras internacionais, respeitam as organizações e os tratados internacionais. Então, se tivermos um governo Obama, não voltaremos atrás em acordos comerciais já fechados. Mas, provavelmente, não haverá avanços em novos acordos. E isso é verdade para qualquer governo. Então, é muito difícil pensarmos em acordos na Organização Mundial do Comércio (OMC) ou na Área de Livre Comércio das Américas (Alca). Não acredito que um governo Obama gastaria capital político com isso

09/05/2008 - 15:53h O pior da crise passou para quem?

VINICIUS TORRES FREIRE

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Lobby mundial de bancos quer ajuda do governo americano e Congresso dos EUA aprova um “ProCasa” e PIB desliza no zero


ALAN GREENSPAN teria dito ontem que o pior da crise de crédito americana já passou, segundo a agência Reuters. Não se sabe bem por qual motivo, Greenspan queria manter sua palestra em segredo. Jornalistas que quisessem comparecer ao evento não deveriam noticiá-lo. Greenspan teria contado ainda outro segredo pé-de-chinelo, ou de polichinelo: que é muito improvável que o preço dos imóveis pare de cair nos EUA neste ano -a queda do valor das casas foi um dos detonadores da crise financeira.
Ainda ontem, o diretor-gerente da associação mundial de bancos e similares (o Institute of International Finance), Charles Dallara, dizia que é “prematuro” afirmar que o pior da crise de crédito passou, pois o mercado de imóveis nos EUA continua a piorar -os preços ainda caem. Hum. Se os preços caem, mais gente desiste de pagar a prestação da casa (a dívida fica maior que o valor do bem). Se menos gente paga, mais prejuízo para bancos e cia.
Os deputados americanos aprovaram ontem um “ProCasa”, pacote de US$ 300 bilhões para ajudar pessoas que devem perder suas casas, para auxiliar quem queira comprar uma e para dar algum tutu a cidades falidas pela crise. US$ 300 bilhões equivalem a mais de um quarto do PIB brasileiro. Se o pacote passar no Senado, George Bush diz que veta.
Dallara, aquele da associação mundial de bancos, defende que o governo americano intervenha de modo a impedir que mais americanos percam suas casas devido à falta de pagamento da prestação. Defende, pois, algo assim parecido com o pacote aprovado pelos deputados americanos, o que Bush quer vetar.
“Na minha opinião, até que [a crise imobiliária] se estabilize, seja por meio das próprias forças de mercado ou por meio de alguma intervenção do governo americano -e isto parece uma possibilidade-, não acho que possamos estar confiantes de que o pior já passou”, disse Dallara. O lobby da banca mundial defende, pois, a intervenção do governo americano num mercado falido.
Sim, apesar das coisas feias que as crises provocam, o mundo fica um lugar politicamente divertido quando há sururu econômico. As frases sobre o “o pior da crise já passou” têm mesmo muito de diversão -de motivo para escárnio e de manobra diversionista. O “pior da crise já passou” ou passaram o pior da crise para alguém?
Os EUA pararam de criar empregos. A economia, que dizem idioticamente estar “crescendo mais que o esperado”, cresceu menos de 0,3% no último semestre. Ou seja, “passaram” a crise adiante, para quem ficou sem casa e sem emprego. O presidente do Merrill Lynch, John Thain, por exemplo, dava ontem mais um exemplo do que significa esse coro da “crise já passou”.
Disse que bancos de investimento (como o dele) não anunciariam mais perdas brutais como as dos últimos nove meses. Mas os bancos que lidam com consumidores comuns vão sofrer, pois as pessoas vão deixar de pagar o cartão de crédito e coisas assim: “Acho que a combinação de preços de casas em queda, preços de comida e energia em alta e desemprego maior vai resultar numa retração do consumidor americano, o que vai atrapalhar a economia pelos próximos seis, doze meses”. Hum.

vinit@uol.com.br

24/03/2008 - 22:28h Taming the Beast

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By PAUL KRUGMAN – The New York Times

We’re now in the midst of an epic financial crisis, which ought to be at the center of the election debate. But it isn’t.

Now, I don’t expect presidential campaigns to have all the answers to our current crisis — even financial experts are scrambling to keep up with events. But I do think we’re entitled to more answers, and in particular a clearer commitment to financial reform, than we’re getting so far.

In truth, I don’t expect much from John McCain, who has both admitted not knowing much about economics and denied having ever said that. Anyway, lately he’s been busy demonstrating that he doesn’t know much about the Middle East, either.

Yet the McCain campaign’s silence on the financial crisis has disappointed even my low expectations.

And when Mr. McCain’s economic advisers do speak up about the economy’s problems, they don’t inspire confidence. For example, last week one McCain economic adviser — Kevin Hassett, the co-author of “Dow 36,000” — insisted that everything would have been fine if state and local governments hadn’t tried to limit urban sprawl. Honest.

On the Democratic side, it’s somewhat disappointing that Barack Obama, whose campaign has understandably made a point of contrasting his early opposition to the Iraq war with Hillary Clinton’s initial support, has tried to score a twofer by suggesting that the war, in addition to all its other costs, is responsible for our economic troubles.

The war is indeed a grotesque waste of resources, which will place huge long-run burdens on the American public. But it’s just wrong to blame the war for our current economic mess: in the short run, wartime spending actually stimulates the economy. Remember, the lowest unemployment rate America has experienced over the last half-century came at the height of the Vietnam War.

Hillary Clinton has not, as far as I can tell, made any comparably problematic economic claims. But she, like Mr. Obama, has been disappointingly quiet about the key issue: the need to reform our out-of-control financial system.

Let me explain.

America came out of the Great Depression with a pretty effective financial safety net, based on a fundamental quid pro quo: the government stood ready to rescue banks if they got in trouble, but only on the condition that those banks accept regulation of the risks they were allowed to take.

Over time, however, many of the roles traditionally filled by regulated banks were taken over by unregulated institutions — the “shadow banking system,” which relied on complex financial arrangements to bypass those safety regulations.

Now, the shadow banking system is facing the 21st-century equivalent of the wave of bank runs that swept America in the early 1930s. And the government is rushing in to help, with hundreds of billions from the Federal Reserve, and hundreds of billions more from government-sponsored institutions like Fannie Mae, Freddie Mac and the Federal Home Loan Banks.

Given the risks to the economy if the financial system melts down, this rescue mission is justified. But you don’t have to be an economic radical, or even a vocal reformer like Representative Barney Frank, the chairman of the House Financial Services Committee, to see that what’s happening now is the quid without the quo.

Last week Robert Rubin, the former Treasury secretary, declared that Mr. Frank is right about the need for expanded regulation. Mr. Rubin put it clearly: If Wall Street companies can count on being rescued like banks, then they need to be regulated like banks.

But will that logic prevail politically?

Not if Mr. McCain makes it to the White House. His chief economic adviser is former Senator Phil Gramm, a fervent advocate of financial deregulation. In fact, I’d argue that aside from Alan Greenspan, nobody did as much as Mr. Gramm to make this crisis possible.

Both Democrats, by contrast, are running more or less populist campaigns. But at least so far, neither Democrat has made a clear commitment to financial reform.

Is that simply an omission? Or is it an ominous omen? Recent history offers reason to worry.

In retrospect, it’s clear that the Clinton administration went along too easily with moves to deregulate the financial industry. And it’s hard to avoid the suspicion that big contributions from Wall Street helped grease the rails.

Last year, there was no question at all about the way Wall Street’s financial contributions to the new Democratic majority in Congress helped preserve, at least for now, the tax loophole that lets hedge fund managers pay a lower tax rate than their secretaries.

Now, the securities and investment industry is pouring money into both Mr. Obama’s and Mrs. Clinton’s coffers. And these donors surely believe that they’re buying something in return.

Let’s hope they’re wrong.

23/03/2008 - 08:34h ‘Contágio é uma questão de grau’

jose_julio_senna.jpgENTREVISTA: JOSÉ JÚLIO SENNA; Ex-diretor do Banco Central, autor de Os Parceiros do Rei, sobre o desenvolvimento econômico brasileiro. A crise americana mostrou sua cara feia nos últimos dias. Ela ainda não aterroriza o Brasil, mas o bicho pode pegar num mundo de economias interligadas

Laura Greenhalgh – O Estado de São Paulo

Não faz muito tempo, falar em desmoronamento do mundo financeiro era conversa para apocalípticos. Mentes integradas preferiam reagir com reserva às oscilações do mercado de capitais, mantendo distância da idéia de que já estaria instalada uma recessão americana. Isso até os gráficos resolverem despencar ladeira abaixo, num movimento orquestrado e assustador, no início da semana passada. Viu-se o quinto maior banco de investimentos dos Estados Unidos, o Bear Stearns, ser comprado “na bacia das almas”, como se diz no Brasil, pelo JP Morgan, numa operação de socorro que envolveu o Fed, banco central americano. Contabilizaram-se perdas acumuladas da ordem de US$ 2 trilhões no mercado americano de hipotecas imobiliárias – o que rende a incômoda sensação de como patrimônios podem ser torrados em poucas primaveras. Fora isso, as commodities perderam preço e as bolsas, indomáveis, não deram sossego aos investidores.

Quem não falou, pensou: o mundo está derretendo? Do ponto de vista ambiental, certamente. Do ponto de vista econômico, há um diagnóstico mais complexo a fazer. Não há dúvida de que a crise de crédito americana ficou mais explícita nos últimos dias e não deve ser passageira. E o Brasil com isso?, perguntamo-nos. José Júlio Senna, engenheiro de formação, PhD em economia pela Johns Hopkins University, ex-diretor do Banco Central em 1985, não oferece respostas prontas, mas distribui dados e evidências que fazem pensar: “Num mundo de economias interligadas, o contágio da crise vem. Torna-se apenas uma questão de grau”. Portanto, mesmo que a sensação de derretimento do mundo volte a nos perturbar na próxima semana, a entrevista de Senna ao caderno Aliás nos informa sobre crises anteriores nos EUA, as características da crise atual, os limites de atuação dos bancos centrais e a maneira como os países deverão atravessar um tempo que o próprio Ben Bernanke, presidente do Fed, chamou, anos atrás, de “a era da grande moderação”. OK, mas sujeita a fortes emoções, pelo que estamos presenciando.

Os eventos que sacudiram as bolsas dão voz a intelectuais como Emanuel Wallerstein, que imaginaram o fim da hegemonia americana, a partir do fracasso econômico.

É prematuro tirar conclusões nessa linha. Nem estou seguro de que a economia americana seja, de fato, tão hegemônica. Ela representa 20% do PIB mundial. Certamente é a economia de maior peso, mas daí concluir que é hegemônica, vai uma distância. Com o desenvolvimento humano alcançando outras esquinas do planeta, outras economias se desenvolveram, e está aí a expansão da China, da Índia, de outros países asiáticos. O que se pode afirmar é que as economias, movendo-se em ciclos, às vezes crescem rapidamente, às vezes de modo mais lento, há retrações, expansões, etc. Hoje vemos um movimento descendente da economia americana, abrindo uma crise que deve contagiar outras partes.

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