05/10/2008 - 13:40h “Experimentemos que somos eternos”, “ponto por ponto”

Alain Badiou

Badiou. Piensa que se debe construir una nueva política a partir de la idea de que hay un solo mundo, donde todos debemos convivir
 Foto: Soledad Aznarez

 

 

La filosofía y una vida más fuerte que la vida

A propósito de su nuevo libro, Lógicas de los mundos (Manantial), segunda parte de su obra mayor, El ser y el acontecimiento, el filósofo francés habla del platonismo, el nuevo período de la “hipótesis comunista” que abrió Mayo del 68 y la política de Sarkozy que busca instaurar muros de miedo, como los que existen entre México y estados Unidos, y entre Israel y los palestinos. Además se refiere a lo que el hombre trasciende al hombre y comenta su frase “La Historia no existe”

Por María del Carmen Rodríguez de la Redacción de LA NACION

El arte -escribe Alain Badiou en su “Esbozo para un primer manifiesto del afirmacionismo”- “debe estar tan sólidamente ligado como una demostración, ser tan sorprendente como un ataque nocturno y tan elevado como una estrella”. El tono contundente de esta afirmación es uno de los tantos con que el máximo exponente de la filosofía francesa contemporánea, orador sin par, suele sumir en el más atento de los mutismos a todos sus oyentes. Lo recuerdan, sin duda, quienes asistieron en 2003 -para atenernos sólo a los eventos locales más recientes- a sus charlas y a su seminario “El cine como experimentación filosófica” (publicado en G. Yoel, comp., Pensar el cine 1 , Manantial, 2004) o a sus conferencias de 2004, entre ellas, las dictadas en Rosario (publicadas en Justicia, filosofía y literatura , Homo Sapiens, 2007). Lo disfrutarán quienes se acerquen a escucharlo en la primera semana de diciembre, cuando Badiou nos visite para hablarnos -entre otros temas- de “Filosofía y matemática” y de “Filosofía y política”, y para presentar el segundo tomo de su obra mayor, El ser y el acontecimiento (1988; Manantial, 1999), publicado en Francia en 2006 y cuya traducción, Lógicas de los mundos (Manantial), está disponible en librerías desde hace una semana.

Más allá del tono, la afirmación de Badiou con respecto al arte podría trasponerse a su propia obra filosófica, cuya novedad y cuya complejidad exigirán una lectura atenta, lápiz en mano, a los lectores deseosos de un pensamiento fuerte. En cuanto a la variedad de sus tonos y a la versatilidad de su lengua, cabe recordar que este gran filósofo cuya obra, por su sistematicidad y su consistencia, podría compararse con la de Hegel, es a la vez matemático, novelista, dramaturgo, militante de terreno y (¿por qué no decirlo?) hombre de armas tomar.

Alain Badiou nació en Rabat (Marruecos) en 1937 y pasó gran parte de su infancia y de su adolescencia en Toulouse. Se instaló en 1956 en París, donde hizo sus estudios de filosofía en la École normale supérieure (allí preside hoy el Centre international d étude de la philosophie française contemporaine) y entró de lleno en las primeras manifestaciones universitarias contra la guerra de Argelia, preludio de otras tantas en las que participaría en su tenaz militancia política, entre ellas -por supuesto- las de Mayo del 68, acontecimiento en cuyas consecuencias sigue trabajando. En la etapa decisiva de su formación filosófica tuvo tres maestros: Sartre, Lacan y Althusser. Publicó dos novelas antes de 1969, año en que apareció su primer libro de filosofía, El concepto de modelo, y otra a fines de los años noventa, década en la que desplegó su obra de dramaturgo. Desde 1969 y hasta 1999 fue profesor en la Universidad de París VIII, donde se cruzó más de una vez en los pasillos con Gilles Deleuze, con quien mantuvo una relación alternativamente hostil, amistosa o evasiva sobre la cual se extiende en el primer capítulo de Deleuze, “El clamor del Ser” (1997; Manantial, 2002).

El punto de contacto y de cortocircuito entre ambos filósofos supone puntos en común nada desdeñables: ambos permanecen indiferentes al anuncio del “fin de la filosofía” y no rehúyen los desafíos de la metafísica; ambos construyen -cada uno a su modo- una filosofía potente y afirmativa, lo cual los confrontó abiertamente con un enemigo común: los denominados “nuevos filósofos” (entre ellos, Bernard-Henri Lévy y André Glucksmann), mediáticos y consensuales, cuyo pensamiento Deleuze supo calificar de “nulo”. Lo que los separa lleva más lejos y remite -como señala Badiou- a dos grandes tradiciones de la filosofía francesa: Deleuze es el portavoz de la tradición “vitalista”, que parte de Bergson y en la que se incluyen, digamos, Foucault y Simondon; Badiou, por su parte, se enlista de buen grado en la tradición del idealismo matematizante de Brunschvicg, en la que se eslabonan también, de maneras disímiles, Althusser y Lacan. Si remontamos más lejos, basta con recordar que el proyecto de Deleuze -en la estela de Nietzsche- es “invertir el platonismo”, y que Platón es, para Badiou, un referente mayor.

Que los medios galos se refieran a Badiou como “nuestro pensador faro de la izquierda radical” marca otro tono: su radicalismo afirmativo, tanto en la acción como en el pensamiento. En esas arenas lidió con otros grandes filósofos (Derrida y Lyotard, por ejemplo) que poblaron, desde los años setenta, el fecundo campo de las ideas en Francia, y que en Petit panthéon portatif (”Pequeño panteón portátil”, 2008) se ven hoy cálidamente homenajeados -junto a quienes fueron sus maestros o amigos-, “elevados como estrellas” en esa constelación mallarmeana que reaparece, intermitentemente, en esta obra en que el suelo y el cielo forman más de una conjunción.

Alain Badiou concedió generosamente a adn CULTURA esta entrevista, robándole tiempo a su tiempo para responder a algunas preguntas por correo electrónico, y en el punto de llegada de cada respuesta parecía entreverse su inmensa figura cuando el campo de batalla, o la amistad, llama.

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22/06/2008 - 11:52h “Es peligroso confundir cultura con información”


La filósofa francesa Bárbara Cassin advierte sobre los peligros de confiar ingenuamente en el recorte de la realidad que realizan los buscadores de Internet, y señala que la educación y el ejercicio crítico de la filosofía son cada vez más importantes en la tarea de dar sentido a la existencia humana

Foto: Gustavo Cherro

Hay una frase sobre la verdad, en el libro Conversaciones , de Deleuze, que me gusta mucho: “Las nociones de importancia, de necesidad y de interés son mil veces más determinantes que la noción de verdad. No porque la reemplacen, para nada, sino porque miden la verdad de lo que digo”. Esto es lo que hay que tener en cuenta al pensar en un criterio para distinguir posturas. La idea de una verdad universal que domina el mundo, tanto si es vehiculizada por un filósofo como si es vehiculizada por un dios, es una idea insoportable para mí.

Por Gustavo Santiago
Para LA NACION

Barbara Cassin (París, 1947) es una de las principales filósofas francesas contemporáneas. Directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique, sus trabajos se caracterizan por un marcado esfuerzo por encontrar en los textos filosóficos algunas claves que permitan pensar el mundo actual. En su reciente paso por la Argentina, la filósofa participó de varios debates sobre filosofía, política y estética, y presentó dos de sus últimos libros: Googléame . La segunda misión de los Estados Unidos y El efecto sofístico , que acaban de ser editados en nuestro país por el Fondo de Cultura Económica. En diálogo con adn CULTURA recorrió los aspectos centrales de su producción reciente, evocó experiencias personales de Mayo del 68 y se refirió, entre otros temas, a la actualidad de la filosofía y a la relación entre cultura e información.

-¿Cómo vive su relación con la filosofía?

-Adoro leer libros filosóficos. Y me parece algo muy extraño que plantearse preguntas fundamentales, como hacemos los filósofos, sea un oficio. Que a alguien le paguen por preguntarse si Dios existe es genial.

-¿Cuáles son los autores que le interesa leer?

-Leo mucho y de filósofos diversos. Pero hay escansiones indispensables: los griegos, Spinoza, Descartes, Kant, Hegel, Nietzsche, Marx, Arendt. Lógica del sentido y Diferencia y repetición , de Gilles Deleuze, son para mí muy buenos libros. También La diferencia , de Lyotard, es un gran libro, un texto que me ha aportado mucho. Se trata de libros cuya lectura nos cambia, nos marca. En lo personal, los libros de los filósofos recién mencionados me han marcado, transformado. Pero, por otra parte, son libros que olvido una y otra vez. Y entonces, necesito releerlos continuamente. Haciendo un recorrido por mi historia personal, tendría que decir que yo vengo de una generación filosófica que fue educada por Heidegger. Incluso participé en el seminario de Le Thor dictado por Heidegger en 1969. A partir de entonces me interesé por los griegos, por los filósofos presocráticos. Lo que yo quería era ver cómo se podía ser presocrático de una manera distinta de la planteada por Heidegger; cómo poder ser presocrático sin ir en busca de lo “originario”, en ese sentido casi nazi del término. También me interesé en los griegos por su lengua. La lengua griega me resultó extraordinaria, como a Heidegger.

-Deleuze dice que es necesario preguntarse “¿Qué es la filosofía?” y responde: “La disciplina encargada de crear conceptos”. ¿Se hizo usted esa pregunta? ¿Comparte la respuesta de Deleuze?

-Creo que no hay que tomar esa respuesta como de Deleuze, sino como la de uno de sus personajes conceptuales. A mí me interesan, particularmente, los bordes de la filosofía, pero no pensados como fronteras. Algunas veces me sucede que escribo simultáneamente de muchas maneras. En realidad, yo creo que conforman una única manera, pero los editores piensan que se trata de tipos de textos diferentes. Entonces tengo que ponerme a pensar cuáles son las fronteras entre filosofía, ciencias humanas, poesía, literatura. No estoy nunca de acuerdo con esas fronteras, ni con las definiciones excluyentes.

-¿Cómo vivió Mayo del 68?

-En ese momento era una estudiante, tenía veinte años. El primer efecto que me produjo fue percibir que las relaciones de autoridad no existían como tales. Que hay relaciones de saber, de inteligencia, de creación, pero no relaciones de autoridad. Hubo otros efectos muy marcados, algunos de los cuales siguen vigentes. Cuando uno escucha a Sarkozy decir que es necesario enterrar Mayo del 68, se da cuenta de que algo de aquello se ha mantenido, puesto que todavía hay quienes intentan borrarlo. Uno de esos efectos fue, para mí, el descubrimiento de que se puede hacer cosas con palabras. En aquel momento se hablaba mucho, y todo el mundo podía hablar; había otra forma de instituir la palabra.

-¿La comunicación virtual mejora las posibilidades de diálogo o acentúa más las distancias?

-Las dos cosas. Por eso es importante cuidar lo que ocurrió en Mayo del 68, pero también es necesario adaptarse. No se puede volver al pasado. Hay que tratar de mantener aquello en lo que uno creyó y tratar, al mismo tiempo, de transformarlo.

-En una sociedad como la nuestra, ¿cómo encontrar un sentido en una maraña de información que parece infinita? ¿Puede un buscador como Google cumplir con la función de organizador del sentido?

-Mucha información mata la información. Es real que estamos sumergidos en ella y que es necesario orientarse. Google nos permite elegir, pero en función de palabras clave. La selección está bien hecha en general, pero no es más que eso: una selección de información a través de palabras clave. Y no se puede confundir eso con la estructuración de un sentido. Eso no tiene nada que ver con la cultura. La información y la cultura no están sobre el mismo plano. Creo que lo perjudicial para la cultura es la confusión. Y es también peligroso confundir lo que uno encuentra a través de un motor de búsqueda con información confiable. Esto no es así, y por supuesto es peligroso, especialmente para los jóvenes, confundir cultura con información. Para mí, sin dudas, la cultura está mejor caracterizada por Hannah Arendt que por Google. Arendt dice que la cultura tiene que ver con la obra de arte y que el gusto es una facultad política. Yo estoy de acuerdo con esas dos premisas.

-En su libro Googléame, si bien reconoce las virtudes de Google como buscador, expone su temor en relación con cierto imperialismo que podría esconderse allí. ¿Esto es así?

-Sí, es un temor al imperialismo de una suerte de “misión universal” que se esconde en dos de sus lemas: “Nuestra misión es organizar toda la información del mundo” y “No seas malo”. En realidad se trata de una “misión” que en los hechos simplemente consiste en la búsqueda de un beneficio económico, pero que se presenta disfrazada de moral y de democracia. Google nos hace creer que su información se organiza con el mecanismo “un clic igual un voto”, pero, en realidad, si una página importante envía a un link, éste automáticamente sube de lugar en el ranking . Al mismo tiempo, se muestra como ajeno a lo comercial, porque no acepta dinero a cambio de mejorar la posición de una página, pero esto le permite hacer enormes negocios con las publicidades que aparecen al costado de la información. Es esa pantalla moral, universal y humanística lo que me preocupa. Es imposible no relacionarla con la cruzada de Bush en defensa de la democracia y de la lucha “del bien contra el mal”. También es preocupante la reducción de la calidad a la cantidad. Google nos hace creer que algo es bueno porque es mencionado muchas veces.

-¿Una manera de enfrentar ese peligro es la mejora de la educación?

-La educación me parece un tema muy interesante. Lo he estudiado especialmente a partir de la paideia griega, que es una educación a la vez de la lengua y de las obras, y de la manera en que alguien se convierte en un hombre. Y la información no es paideia , por eso no debe confundirse con la cultura. Ahora bien, es complicado comparar la sociedad griega con la nuestra. La sociedad griega no puede tomarse como un modelo de la nuestra porque la democracia griega era una democracia “hasta donde llega la voz”, como decía Aristóteles. Era, además, una democracia en la que las mujeres y los esclavos no votaban. Sin embargo, creo que trabajando sobre los griegos se aprenden cosas sobre la educación o, por ejemplo, sobre la política.

-¿Qué enseñan los griegos sobre política?

-Que la política es fundamentalmente una creación de discurso y el hombre es un animal político porque habla. Y una segunda cosa: que la política no depende de nada más. Eso lo aprendí por Aristóteles, no por Platón. Para Platón la política, como para Heidegger, depende del ser. Mientras que para Aristóteles, la política es arquitectónica; en cierta manera traza el espacio. Y ese espacio es un espacio de discurso, un espacio donde hay una manera de procesar lo múltiple.

-¿Quién es el sujeto de la política hoy?

-Ésa es una pregunta enorme. Hay una respuesta muy bien articulada, la de Toni Negri, que dice que el sujeto de la política es la multitud. Se trata de una multitud diferenciada. Es una respuesta que no me parece nada tonta. No estoy muy segura de estar completamente de acuerdo con el libro Imperio de Negri, pero, en cambio, encuentro que la noción de multitud que él plantea, incluso en relación con Internet, es muy interesante.

-Si, para usted, todo lenguaje y especialmente el lenguaje político, es creador y no un reflejo del ser, ¿qué sucede con la noción de “verdad”?

-No creo en la verdad universal ni en el filósofo rey. Y pienso que es peligroso creer en eso. Creo que es peligroso desde Platón hasta Heidegger. Y ahí pienso con Arendt, que veía en Sócrates un discurso que representa un modelo de unidad que no es, sin embargo, unicidad, sino una unidad que se constituye por singularidades diferenciadas, con lo que la pluralidad es la condición de lo político. O con los sofistas, que le extraen la mayúscula a la verdad y la modulan comparativamente. Ellos sostienen que hay algo más verdadero y algo menos verdadero, pero no una verdad universal. Como dice Sócrates, en defensa de Protágoras, en el libro Teeteto de Platón: “No se puede hacer pasar a alguien de una opinión falsa a una verdadera, pero sí se puede hacer pasar a alguien de un estado no tan bueno a uno mejor”. Ese alguien puede ser una persona, una ciudad o un Estado.

-¿Y desde qué criterio podemos distinguir construcciones mejores que otras? ¿Comparando los efectos que una ficción produce, como en el perspectivismo nietzscheano?

-Absolutamente. Eso es lo que se propone desde la sofística. Hay una frase sobre la verdad, en el libro Conversaciones , de Deleuze, que me gusta mucho: “Las nociones de importancia, de necesidad y de interés son mil veces más determinantes que la noción de verdad. No porque la reemplacen, para nada, sino porque miden la verdad de lo que digo”. Esto es lo que hay que tener en cuenta al pensar en un criterio para distinguir posturas. La idea de una verdad universal que domina el mundo, tanto si es vehiculizada por un filósofo como si es vehiculizada por un dios, es una idea insoportable para mí.

-¿En qué está trabajando en este momento?

-Estoy haciendo un libro sobre Homero como filósofo. Es una lectura de un Homero vestido con el ropaje de un filósofo y, a la vez, de lo que Homero les aporta a los filósofos. Por ejemplo, no sé si usted sabe que las palabras que emplea Parménides para describir el ser son exactamente las mismas palabras que Homero utiliza para describir el paso de Ulises a través del mar de las sirenas. Sobre ese tipo de cosas quiero reflexionar. Otra cuestión que me interesa es cómo se hacen cosas con las palabras; la performance , lo performativo. Veo, en la escena de la Odisea en que Ulises se encuentra con Nausícaa, el nacimiento de lo performativo. Cuando Ulises, que está desnudo y sucio, ve a Nausícaa con las otras jóvenes y piensa en pedirle auxilio, él dice: “¿Voy a tocarle las rodillas como un suplicante o voy a hablarle?” Y Ulises se decide por el discurso. Es el discurso el que gana. Entonces dice: “Yo te tomo por las rodillas, mujer o diosa, porque temo tomarte por las rodillas”. Esto es magnífico, porque él no la toca sino que le dice que la toca. Dicho de otra forma, la toca con las palabras. …stas son las cosas sobre las que estoy reflexionando.

-¿Cuál cree que es hoy el lugar de la filosofía?

-La filosofía es muy importante. Su lugar es el de una toma de distancia crítica en relación con la sociedad, entendiendo “crítico” como la búsqueda de criterios. En cambio, me parece peligroso creer que su función es la de conducir la sociedad, al estilo del filósofo rey de Platón

19/05/2008 - 13:22h A Bastilha da Alemanha

CULTURA E PENSAMENTO
 

Hegel e o imperador

História por Voltaire Schilling

Virou lugar comum dizer-se de que enquanto a Royal Navy garantia aos ingleses a soberania sobre os mares, e o Grand Armée de Napoleão assegurava aos franceses o usufruto de inúmeros territórios da Europa continental, os alemães, graças aos seus pensadores, reservaram para si a conquista dos céus, cabendo a eles tomar posse do “reino das abstrações e das generalidades”.

Nada mais evidente disso que o fato da famosa exposição da dialética hegeliana, nascida nos albores do século XIX, ter vindo à luz justamente no momento em que os clarões e os estrondos da artilharia de Napoleão se faziam ver e ouvir ao longe, na batalha de Iena, travada em 14 de outubro de 1806. Os canhões do imperador invasor anunciavam, sem o saber, a tomada de assalto do mundo das idéias feito pela filosofia germânica.

Napoleão em Iena

G.W.F. Hegel (1770-1831)

Enquanto a terra tremia e o ar era abalado pelas cargas dos franceses, George Wilhelm Friedrich Hegel, sentando à mesa do seu gabinete em Iena, preenchia as páginas finais do que pensava ser o seu gigantesco sistema de filosofia, cujas folhas derradeiras ele teve que esconder rapidamente no seu bolso quando os soldados franceses invadiam a sua moradia. A campanha de Napoleão fora fulminante. Uns meses antes dele marchar sobre a Turíngia, onde iria enfrentar os prussianos, ele esmagara uma impressionante coligação de forças austro-russas que se aliaram contra ele. Justamente no dia em que ele celebrava um ano da sua coroação, ocorrida em 2 de dezembro de 1804, na catedral de Notre Dame de Paris, as águias imperais, vitoriosas, voaram sobre as carcaças dos inimigos derrotados em Austerlitz, considerada a obra-prima das batalhas napoleônicas.

Pois justamente quando os dois imperadores Alexandre I da Rússia e Francisco II da Áustria, foram derrotados, a Prússia, então sozinha, num desatino total, resolveu entrar na guerra contra Napoleão.
Antes que as tropas de Frederico Guilherme III pudessem manobrar com algum eficácia contra os franceses, Napoleão fez uma impressionante marcha forçada sobre os prussianos e os derrotou numa só grande batalha, travada entre os dias 10 e 14 de outubro de 1806, dividida em dois combates, um nas proximidades de Iena mesmo e o outro um mais além, no norte da Turíngia, em Auerstadt.

Em apenas três semanas, descartando-se e humilhando o outrora todo-poderoso exército de Frederico, o Grande, Napoleão entrou em Berlim no dia 27 de outubro de 1806. A filosofia, percebeu Hegel mais do que qualquer outro pensador daquela época, não podia ignorar aquilo, não devia negar-se a enfrentar os efeitos daquele choque de realidade (como ele concluiu certa vez, “uma grande figura condena os homens a explicá-la”). Muitos anos depois, o pensador marxista Franz Mehring, igualmente meditando sobre o significado daquela batalha, classificou-a como a “Bastilha da Alemanha”, isto é o momento de inflexão histórica que assinalou o declínio do feudalismo nas terras da velha Germânia.

Hegel em Iena

A batalha de Iena, a Bastilha da Alemanha feudal, outubro de 1806

Hegel mudara-se de Frankfurt para lá cinco anos antes, em janeiro de 1801. Inscrevera-se para conseguir a sua Habilitação no curso do outono atraído pela fama e pelo bom nome da instituição. Desde que o Duque Carlos Augusto encarregara Goethe de assumir o patronato da Universidade de Iena, em 1785, a situação dela se modificara para melhor. Não que a universidade fosse obscura – diziam-na “o tesouro do conhecimento”-, mas evidentemente não tinha a resplandecência que passou a ter. Ela obtivera sua autorização confirmada pelo imperador Ferdinando II em 1558, tornando-se, com a designação de Jena Hohe Schule, inicialmente um centro de formação de teólogos e de clérigos protestantes (carreira aliás que o jovem Hegel, por instância do pai, tentou seguir), mas foi pelas mãos de Goethe que ela atingiu proeminência, tornado-se um chamariz para os artistas e intelectuais alemães do século XVIII-XIX.

O filósofo Fichte e o poeta Schiller foram professores lá, enquanto que os seguidores dos irmãos Schlegel, afamados críticos literários, tais como o poeta Novalis, o novelista Clemens Brentano e o dramaturgo Ludwig Tieck, que lá se estabeleceram entre 1796-1801, associaram-na ao seu movimento chamado de Kreis der Frühromantiker, o Círculo dos Primeiro Românticos. Por conseguinte, quando Hegel deu inicio a redação da Phänomenologie des Geistes (Fenomenologia do Espírito), obra filosófica que o deixou famoso em toda a Alemanha quase que da noite para o dia ao ser publicada em 1807, ele estava estimulado pelo ambiente intelectualmente efervescente que cercava aquela Universidade. Era o espírito de Goethe que, ainda que vivendo em Weimar, não muito distante de Iena, pairava olimpicamente sobre todos eles, servindo-lhes como uma emulação permanente. Espirito esse que foi reforçado ainda mais pela presença cada vez maior da personalidade de Napoleão, cujas vitórias militares impressionavam a todos.