22/06/2008 - 11:52h “Es peligroso confundir cultura con información”


La filósofa francesa Bárbara Cassin advierte sobre los peligros de confiar ingenuamente en el recorte de la realidad que realizan los buscadores de Internet, y señala que la educación y el ejercicio crítico de la filosofía son cada vez más importantes en la tarea de dar sentido a la existencia humana

Foto: Gustavo Cherro

Hay una frase sobre la verdad, en el libro Conversaciones , de Deleuze, que me gusta mucho: “Las nociones de importancia, de necesidad y de interés son mil veces más determinantes que la noción de verdad. No porque la reemplacen, para nada, sino porque miden la verdad de lo que digo”. Esto es lo que hay que tener en cuenta al pensar en un criterio para distinguir posturas. La idea de una verdad universal que domina el mundo, tanto si es vehiculizada por un filósofo como si es vehiculizada por un dios, es una idea insoportable para mí.

Por Gustavo Santiago
Para LA NACION

Barbara Cassin (París, 1947) es una de las principales filósofas francesas contemporáneas. Directora de investigación en el Centre National de la Recherche Scientifique, sus trabajos se caracterizan por un marcado esfuerzo por encontrar en los textos filosóficos algunas claves que permitan pensar el mundo actual. En su reciente paso por la Argentina, la filósofa participó de varios debates sobre filosofía, política y estética, y presentó dos de sus últimos libros: Googléame . La segunda misión de los Estados Unidos y El efecto sofístico , que acaban de ser editados en nuestro país por el Fondo de Cultura Económica. En diálogo con adn CULTURA recorrió los aspectos centrales de su producción reciente, evocó experiencias personales de Mayo del 68 y se refirió, entre otros temas, a la actualidad de la filosofía y a la relación entre cultura e información.

-¿Cómo vive su relación con la filosofía?

-Adoro leer libros filosóficos. Y me parece algo muy extraño que plantearse preguntas fundamentales, como hacemos los filósofos, sea un oficio. Que a alguien le paguen por preguntarse si Dios existe es genial.

-¿Cuáles son los autores que le interesa leer?

-Leo mucho y de filósofos diversos. Pero hay escansiones indispensables: los griegos, Spinoza, Descartes, Kant, Hegel, Nietzsche, Marx, Arendt. Lógica del sentido y Diferencia y repetición , de Gilles Deleuze, son para mí muy buenos libros. También La diferencia , de Lyotard, es un gran libro, un texto que me ha aportado mucho. Se trata de libros cuya lectura nos cambia, nos marca. En lo personal, los libros de los filósofos recién mencionados me han marcado, transformado. Pero, por otra parte, son libros que olvido una y otra vez. Y entonces, necesito releerlos continuamente. Haciendo un recorrido por mi historia personal, tendría que decir que yo vengo de una generación filosófica que fue educada por Heidegger. Incluso participé en el seminario de Le Thor dictado por Heidegger en 1969. A partir de entonces me interesé por los griegos, por los filósofos presocráticos. Lo que yo quería era ver cómo se podía ser presocrático de una manera distinta de la planteada por Heidegger; cómo poder ser presocrático sin ir en busca de lo “originario”, en ese sentido casi nazi del término. También me interesé en los griegos por su lengua. La lengua griega me resultó extraordinaria, como a Heidegger.

-Deleuze dice que es necesario preguntarse “¿Qué es la filosofía?” y responde: “La disciplina encargada de crear conceptos”. ¿Se hizo usted esa pregunta? ¿Comparte la respuesta de Deleuze?

-Creo que no hay que tomar esa respuesta como de Deleuze, sino como la de uno de sus personajes conceptuales. A mí me interesan, particularmente, los bordes de la filosofía, pero no pensados como fronteras. Algunas veces me sucede que escribo simultáneamente de muchas maneras. En realidad, yo creo que conforman una única manera, pero los editores piensan que se trata de tipos de textos diferentes. Entonces tengo que ponerme a pensar cuáles son las fronteras entre filosofía, ciencias humanas, poesía, literatura. No estoy nunca de acuerdo con esas fronteras, ni con las definiciones excluyentes.

-¿Cómo vivió Mayo del 68?

-En ese momento era una estudiante, tenía veinte años. El primer efecto que me produjo fue percibir que las relaciones de autoridad no existían como tales. Que hay relaciones de saber, de inteligencia, de creación, pero no relaciones de autoridad. Hubo otros efectos muy marcados, algunos de los cuales siguen vigentes. Cuando uno escucha a Sarkozy decir que es necesario enterrar Mayo del 68, se da cuenta de que algo de aquello se ha mantenido, puesto que todavía hay quienes intentan borrarlo. Uno de esos efectos fue, para mí, el descubrimiento de que se puede hacer cosas con palabras. En aquel momento se hablaba mucho, y todo el mundo podía hablar; había otra forma de instituir la palabra.

-¿La comunicación virtual mejora las posibilidades de diálogo o acentúa más las distancias?

-Las dos cosas. Por eso es importante cuidar lo que ocurrió en Mayo del 68, pero también es necesario adaptarse. No se puede volver al pasado. Hay que tratar de mantener aquello en lo que uno creyó y tratar, al mismo tiempo, de transformarlo.

-En una sociedad como la nuestra, ¿cómo encontrar un sentido en una maraña de información que parece infinita? ¿Puede un buscador como Google cumplir con la función de organizador del sentido?

-Mucha información mata la información. Es real que estamos sumergidos en ella y que es necesario orientarse. Google nos permite elegir, pero en función de palabras clave. La selección está bien hecha en general, pero no es más que eso: una selección de información a través de palabras clave. Y no se puede confundir eso con la estructuración de un sentido. Eso no tiene nada que ver con la cultura. La información y la cultura no están sobre el mismo plano. Creo que lo perjudicial para la cultura es la confusión. Y es también peligroso confundir lo que uno encuentra a través de un motor de búsqueda con información confiable. Esto no es así, y por supuesto es peligroso, especialmente para los jóvenes, confundir cultura con información. Para mí, sin dudas, la cultura está mejor caracterizada por Hannah Arendt que por Google. Arendt dice que la cultura tiene que ver con la obra de arte y que el gusto es una facultad política. Yo estoy de acuerdo con esas dos premisas.

-En su libro Googléame, si bien reconoce las virtudes de Google como buscador, expone su temor en relación con cierto imperialismo que podría esconderse allí. ¿Esto es así?

-Sí, es un temor al imperialismo de una suerte de “misión universal” que se esconde en dos de sus lemas: “Nuestra misión es organizar toda la información del mundo” y “No seas malo”. En realidad se trata de una “misión” que en los hechos simplemente consiste en la búsqueda de un beneficio económico, pero que se presenta disfrazada de moral y de democracia. Google nos hace creer que su información se organiza con el mecanismo “un clic igual un voto”, pero, en realidad, si una página importante envía a un link, éste automáticamente sube de lugar en el ranking . Al mismo tiempo, se muestra como ajeno a lo comercial, porque no acepta dinero a cambio de mejorar la posición de una página, pero esto le permite hacer enormes negocios con las publicidades que aparecen al costado de la información. Es esa pantalla moral, universal y humanística lo que me preocupa. Es imposible no relacionarla con la cruzada de Bush en defensa de la democracia y de la lucha “del bien contra el mal”. También es preocupante la reducción de la calidad a la cantidad. Google nos hace creer que algo es bueno porque es mencionado muchas veces.

-¿Una manera de enfrentar ese peligro es la mejora de la educación?

-La educación me parece un tema muy interesante. Lo he estudiado especialmente a partir de la paideia griega, que es una educación a la vez de la lengua y de las obras, y de la manera en que alguien se convierte en un hombre. Y la información no es paideia , por eso no debe confundirse con la cultura. Ahora bien, es complicado comparar la sociedad griega con la nuestra. La sociedad griega no puede tomarse como un modelo de la nuestra porque la democracia griega era una democracia “hasta donde llega la voz”, como decía Aristóteles. Era, además, una democracia en la que las mujeres y los esclavos no votaban. Sin embargo, creo que trabajando sobre los griegos se aprenden cosas sobre la educación o, por ejemplo, sobre la política.

-¿Qué enseñan los griegos sobre política?

-Que la política es fundamentalmente una creación de discurso y el hombre es un animal político porque habla. Y una segunda cosa: que la política no depende de nada más. Eso lo aprendí por Aristóteles, no por Platón. Para Platón la política, como para Heidegger, depende del ser. Mientras que para Aristóteles, la política es arquitectónica; en cierta manera traza el espacio. Y ese espacio es un espacio de discurso, un espacio donde hay una manera de procesar lo múltiple.

-¿Quién es el sujeto de la política hoy?

-Ésa es una pregunta enorme. Hay una respuesta muy bien articulada, la de Toni Negri, que dice que el sujeto de la política es la multitud. Se trata de una multitud diferenciada. Es una respuesta que no me parece nada tonta. No estoy muy segura de estar completamente de acuerdo con el libro Imperio de Negri, pero, en cambio, encuentro que la noción de multitud que él plantea, incluso en relación con Internet, es muy interesante.

-Si, para usted, todo lenguaje y especialmente el lenguaje político, es creador y no un reflejo del ser, ¿qué sucede con la noción de “verdad”?

-No creo en la verdad universal ni en el filósofo rey. Y pienso que es peligroso creer en eso. Creo que es peligroso desde Platón hasta Heidegger. Y ahí pienso con Arendt, que veía en Sócrates un discurso que representa un modelo de unidad que no es, sin embargo, unicidad, sino una unidad que se constituye por singularidades diferenciadas, con lo que la pluralidad es la condición de lo político. O con los sofistas, que le extraen la mayúscula a la verdad y la modulan comparativamente. Ellos sostienen que hay algo más verdadero y algo menos verdadero, pero no una verdad universal. Como dice Sócrates, en defensa de Protágoras, en el libro Teeteto de Platón: “No se puede hacer pasar a alguien de una opinión falsa a una verdadera, pero sí se puede hacer pasar a alguien de un estado no tan bueno a uno mejor”. Ese alguien puede ser una persona, una ciudad o un Estado.

-¿Y desde qué criterio podemos distinguir construcciones mejores que otras? ¿Comparando los efectos que una ficción produce, como en el perspectivismo nietzscheano?

-Absolutamente. Eso es lo que se propone desde la sofística. Hay una frase sobre la verdad, en el libro Conversaciones , de Deleuze, que me gusta mucho: “Las nociones de importancia, de necesidad y de interés son mil veces más determinantes que la noción de verdad. No porque la reemplacen, para nada, sino porque miden la verdad de lo que digo”. Esto es lo que hay que tener en cuenta al pensar en un criterio para distinguir posturas. La idea de una verdad universal que domina el mundo, tanto si es vehiculizada por un filósofo como si es vehiculizada por un dios, es una idea insoportable para mí.

-¿En qué está trabajando en este momento?

-Estoy haciendo un libro sobre Homero como filósofo. Es una lectura de un Homero vestido con el ropaje de un filósofo y, a la vez, de lo que Homero les aporta a los filósofos. Por ejemplo, no sé si usted sabe que las palabras que emplea Parménides para describir el ser son exactamente las mismas palabras que Homero utiliza para describir el paso de Ulises a través del mar de las sirenas. Sobre ese tipo de cosas quiero reflexionar. Otra cuestión que me interesa es cómo se hacen cosas con las palabras; la performance , lo performativo. Veo, en la escena de la Odisea en que Ulises se encuentra con Nausícaa, el nacimiento de lo performativo. Cuando Ulises, que está desnudo y sucio, ve a Nausícaa con las otras jóvenes y piensa en pedirle auxilio, él dice: “¿Voy a tocarle las rodillas como un suplicante o voy a hablarle?” Y Ulises se decide por el discurso. Es el discurso el que gana. Entonces dice: “Yo te tomo por las rodillas, mujer o diosa, porque temo tomarte por las rodillas”. Esto es magnífico, porque él no la toca sino que le dice que la toca. Dicho de otra forma, la toca con las palabras. …stas son las cosas sobre las que estoy reflexionando.

-¿Cuál cree que es hoy el lugar de la filosofía?

-La filosofía es muy importante. Su lugar es el de una toma de distancia crítica en relación con la sociedad, entendiendo “crítico” como la búsqueda de criterios. En cambio, me parece peligroso creer que su función es la de conducir la sociedad, al estilo del filósofo rey de Platón

19/04/2008 - 05:30h MAIO 68 - Contestação mundial

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JOSEP RAMONEDA - El País

La efervescencia revolucionaria de 1968 terminó con diferentes derrotas, pero dejó la prevalencia de la cultura de la sospecha y la autonomía del individuo. Cuarenta años después de aquella revuelta civil protagonizada por los jóvenes, el reto de la sociedad global es recuperar las actitudes que permitan enfrentarse a las nuevas formas de autoritarismo.

1 La efervescencia revolucionaria

El 68 fue en diversos lugares del mundo un año de efervescencia revolucionaria. La expresión es de Claude Lefort y me parece que define mucho mejor la realidad de los hechos que la palabra revolución. Ni en Berkeley, ni en Tokio, ni en Roma, ni en Berlín, ni en París, ni en Varsovia, ni en México, por citar los principales escenarios de aquella movida, estuvo en juego el poder político ni su ocupación entraba realmente en las expectativas de quienes llenaban las calles con sus protestas. La única excepción fue Praga, pero no se trataba de un proyecto revolucionario sino de un proceso de cambio desde el poder. Y fue la contrarrevolución ?la ocupación del país por los tanques del Pacto de Varsovia, dirigida desde el Kremlin la que echó a los que pretendían que el socialismo evolucionara hacia formas democráticas, en sintonía con los ciudadanos.

A lo sumo podría hablarse de revolución cultural, como hizo Fernand Braudel, en la medida en que los tres ámbitos principales de la cultura ?la familia, los media y la enseñanza sufrieron una sacudida que les cambiaría profundamente. La gran movida fue breve y en la mayoría de los lugares se impuso el retorno al orden, la reacción restauradora. De forma brutal en Polonia y en Checoslovaquia, de forma democrática en Occidente: basta recordar que en junio el general De Gaulle arrasó en las urnas y en noviembre, Nixon gana las elecciones en Estados Unidos. La revuelta por tanto se saldó con un fracaso. Pero se había puesto en marcha un proceso, lento pero imparable, de cambio de costumbres y modos de vida, cuyos efectos políticos y legales se fueron concretando lentamente. Hoy todavía se está dando cuerpo jurídico (en España en la pasada legislatura, por ejemplo) a derechos y libertades que tienen su origen en aquel impulso. El año 1968 fue el inicio de la transición liberal que culminaría en el año 1989 con la caída de los regímenes de tipo soviético. Después vino la revolución conservadora que ha hecho de la supuesta herencia de mayo el enemigo a batir. Con la cristalización de una nueva hegemonía autoritaria se cierra, a los cuarenta años de su inicio, el paradigma que entonces se abrió.

2 La dimensión universal

Aquella efervescencia revolucionaria mundial tenía obviamente peculiaridades específicas en cada lugar. En plena guerra fría, con el mundo dividido en dos bloques, la gran contestación se enfrentaba a dos formas de poder, el imperialismo americano y el imperialismo soviético. De modo que distintas eran las formas de opresión contra las que se movilizaban unos y otros y distintas eran las condiciones en que la agitación se producía. El periodista polaco Adam Michnick, en una entrevista en Le Monde, lo explicaba así: Los eslóganes que se gritaban en La Sorbona o en Berlín oeste estaban dirigidos contra el capitalismo, la sociedad de consumo, la democracia burguesa y también contra Estados Unidos y la guerra de Vietnam. Para nosotros era una lucha por la libertad en la cultura, en las ciencias, en la memoria histórica, por la democracia parlamentaria y, en fin, especialmente visible en Checoslovaquia, contra el imperialismo soviético, no el americano.

Muchas de aquellas movidas tuvieron su origen en el mundo universitario. Así fue en Berlín, donde desde el año anterior se habían producido múltiples acciones estudiantiles por la reforma de la Universidad, contra la gran coalición que gobernaba Alemania y contra la guerra de Vietnam. Un grave incidente, la muerte de Benno Ohnesorg a tiros de un policía, durante una manifestación, el 2 de junio de 1967, radicalizó el proceso. Los estudiantes lanzaron una dura campaña contra los medios de comunicación del grupo Springer a los que acusaron de manipular los hechos: la prensa entraba en el campo de visión de los contestatarios. Un año más tarde, en abril de 1968, el principal líder del movimiento, Rudi Dutschke, sufrió un atentado perpetrado por un joven ultraderechista, Josef Bachman.

En México, también fueron los estudiantes con voluntad de liberalizar el mundo universitario los que protagonizaron las movilizaciones que acabarían trágicamente el 2 de octubre del 68 con la matanza de la plaza de Tlatelolco, en vigilias de los Juegos Olímpicos. Nunca se ha sabido el número de personas que murieron allí, cuando un Batallón Olimpia progubernamental empezó a disparar contra la multitud. También en Estados Unidos, los estudiantes del campus de Berkeley tuvieron un protagonismo destacado en una movida de carácter contracultural. Pero la guerra de Vietnam y la cuestión de los derechos civiles desbordaron en mucho el ámbito universitario. En 1964, bajo la presidencia de Lyndon Jonson, se aprobó la Civil Rights Act, que reconocía a los negros los derechos de los que estaban desposeídos. Fueron años en que las organizaciones proderechos civiles adquirieron mucha fuerza en la lucha por los derechos de las minorías. Pero el 4 de abril de 1968, Martin Luther King fue asesinado por James Earl Ray en Memphis, un atentado que nunca ha quedado plenamente esclarecido. El 17 de octubre, en los Juegos Olímpicos de México, los atletas americanos Tommie Smith y John Carlos, medallas de oro y bronce en doscientos metros lisos, al subir al podio levantaron el puño con un guante negro, mientras sonaba el himno americano para manifestar su pertinencia al Black Power.

Por supuesto, en París fue la Universidad, Nanterre, concretamente, el motor de la movida por cuestiones que tenían que ver con la liberalización de las costumbres. Las primeras protestas fueron contra la separación de sexos en las habitaciones de la residencia de estudiantes. El 22 de marzo la ocupación de la Universidad acabó con una acción disciplinaria contra algunos líderes estudiantiles. Ante un tribunal universitario, según ha relatado Alain Touraine, que ejerció de defensor, se dio este diálogo entre el presidente y Daniel Cohn-Bendit:

¿Estaba usted el 22 de marzo en la Facultad?

No, no estaba en la Facultad.

¿Dónde estaba entonces?

En mi casa.

¿Y que hacía usted en su casa a las tres de la tarde?

Hacía el amor, señor presidente, algo que a usted seguramente no le ha ocurrido nunca.

Después el movimiento iría creciendo, ocupó La Sorbona, se hizo fuerte en las calles y callejuelas del Barrio Latino, consiguió la alianza con los trabajadores que dio lugar a una huelga general sorpresa y a la gran manifestación del 13 de mayo.

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Incluso en Polonia, el origen de las movilizaciones estuvo en los estudiantes y los intelectuales. Fue la suspensión de la representación teatral de una obra de Adam Mickiewicz, el más reconocido de los autores polacos, en el Teatro Nacional de Varsovia, la que desencadenó un movimiento contra la dictadura comunista que fue liquidado en tres semanas con una fuerte represión.

Pero con todas sus peculiaridades y diferencias, había un doble factor común a casi todas estas contestaciones, que es el que permite hablar de una gran contestación liberal: la crítica al autoritarismo y el antisovietismo. Y una doble novedad: el protagonismo de los jóvenes y el carácter civil alejado de las estructuras de poder de la revuelta.

3 El nuevo sujeto político

Por primera vez, los jóvenes, en diversos lugares del mundo asumían el papel de sujetos del cambio social. Sin duda, tiene ello que ver con el bienestar de los años de posguerra, con la demografía que consolidaba la juventud como un periodo singularizado de la vida y con la extensión social de la enseñanza superior. Casi todas las movidas del 68 tienen en las universidades su punto de partida. Casi todas ellas eran la reacción frente a formas cristalizadas de autoritarismo.

Hay cierta tradición filosófica que explica la sociedad como un compuesto de tres partes: el ámbito familiar (la vida privada); el espacio intermedio en que los individuos tejen relaciones e intercambian mercancías e ideas (lo que se acostumbra a denominar como sociedad civil) y el ámbito del poder político (el espacio público por antonomasia). La contestación del 68 fue un intento, desde este espacio civil intermedio, de romper la presión asfixiante de un espacio familiar y un espacio político claramente retardatarios, que empezaban a ser un obstáculo para el desarrollo de las sociedades modernas. Estados Unidos y Europa vivían momentos de expansión económica. Una generación de jóvenes se encontraba ante la posibilidad de pensar en algo más que los problemas de subsistencia, pero chocaba con una cultura y unas costumbres muy rígidas a derecha e izquierda (la moral de la cultura comunista, incluso en Europa occidental, no era menos restrictiva que la moral de la cultura conservadora). Las universidades crecían y se masificaban y el choque entre los estudiantes y el viejo orden académico era inevitable. La sociedad cambiaba pero el mundo familiar y el mundo político se regían por normas cada vez más obsoletas. Los estudiantes buscaban crear espacios libres donde romper los esquemas de la moral dominante. El Barrio Latino parisino se convertía así en una metáfora topológica: un lugar común en el que cada cual pudiera actuar con plena autonomía. La contestación terminó mal en todas partes, pero la liberalización de las costumbres, la desjerarquización de las relaciones sociales y la consolidación de los movimientos en defensa de los derechos civiles no dejaron de hacer camino desde aquel momento.

Es verdad que en las movidas europeas había un importante componente anticapitalista en el discurso y una empanada ideológica en la que coincidían los acentos libertarios con diversas familias de extrema izquierda, desde el trotskismo hasta el maoísmo, con discursos situacionistas y con muchas dosis de espontaneísmo crítico. Pero el principal elemento común era el antiautoritarismo, en todos los ámbitos: familiar, social y político. Lo que se traducía en una desconfianza en las instituciones, empezando por el Estado. Naturalmente, en los países comunistas el antiautoritarismo apuntaba directamente a los regímenes de tipo soviético y el marco de la contestación era la respuesta desesperada a la opresión totalitaria. Pero en Europa occidental, donde la revolución, como dijo Raymond Aron, tenía algo de quermés, el antisovietismo acompañaba al discurso anticapitalista, especialmente en aquellos países en que los partidos comunistas eran muy fuertes como Italia y Francia y se les consideraba parte del mismo establishment retardatario contra el que iban las movilizaciones. En ambos países, los partidos comunistas jugaron un papel fundamental en la restauración del orden.

4 Las derrotas

La contestación terminó mal en todas partes. Si de una revolución convencional se hubiese tratado, habría que decir que la derrota fue total y absoluta. Puesto que distintas eran las circunstancias, distintas fueron las derrotas y sus consecuencias.

En los países del Este se impuso la represión. Pero en Varsovia, aunque el movimiento fue desmantelado en sólo tres semanas, aquellas movilizaciones están en el inicio de lo que después sería el sindicalismo cristiano tan decisivo en la caída del régimen comunista. En Checoslovaquia, el retroceso fue extraordinario. La sustitución de Dubcek por el colaboracionista Husak un año después de la entrada de los tanques impuso una brutal normalización que hundió al país en una especie de purgatorio. Pero Checoslovaquia era realmente diferente de los demás porque allí sí que lo que estaba en juego era el poder, el intento de transformar el socialismo iniciado por un grupo de dirigentes comunistas.

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En Estados Unidos, la tensión se desplazó a la guerra de Vietnam. 1968 fue el año de la matanza de My Lai. La tremenda herida, todavía hoy no suturada, del desastre de Vietnam marcó un par de generaciones americanas. La movilización universitaria perdió fuerza y los movimientos de derechos civiles también. La victoria electoral de Nixon cerró las esperanzas de una década que había empezado con el optimismo kennedyano. Los setenta fueron años muy amargos en Norteamérica.

Los acuerdos entre el Gobierno y los sindicatos dinamitaron Mayo del 68 en Francia al sacar a los trabajadores de la movida. La derecha ganó arrolladoramente las elecciones, después de una masiva manifestación de apelación al orden en cuya primera fila resulta todavía hoy llamativa la presencia de un rebelde convertido al gaullismo como André Malraux. De Gaulle, herido de muerte, se fue un año más tarde. Y con él quizás el símbolo más imponente de la vieja cultura social y política. Una parte de los jóvenes de Mayo alimentó a los partidos de extrema izquierda, que todavía hoy tienen presencia electoral en Francia. Algunos grupúsculos desaparecieron pronto, como los encuadrados en el delirio maoísta, pero nos dejaron la imagen de Sartre inculpado por vender La Cause du Peuple y una frase memorable del general De Gaulle: ?No se puede condenar a Voltaire?. Otros buscaron la ruptura con la sociedad en el mundo rural, donde todavía quedan restos de las comunas de la época. La violencia política no cuajó. Action Directe, el grupúsculo terrorista más importante, tuvo vida efímera. La mayoría se incorporó paulatinamente a la normalidad democrática.

Donde el día después resultó más doloroso fue en Alemania y, especialmente, en Italia. En Alemania, la Baader-Meinhoff puso el terrorismo en escena, aunque fue un fenómeno limitado a un número pequeño de personas. Italia viviría la experiencia de los años de plomo, en que la violencia de extrema izquierda y de extrema derecha hizo estragos en una espiral que degradó profundamente la vida civil y alcanzó las tripas del Estado italiano, ya por sí muy corrupto.

La matanza de la plaza de las Tres Culturas de México fue en cierto modo el anuncio de una enorme contracción autoritaria en América Latina.

5 Las herencias

La gran contestación del 68 fue una sorpresa. Había una cierta sensación de estancamiento, de inmovilismo, en la Europa de las treinta gloriosas, un balneario protegido por el paraguas nuclear de la guerra fría. De maneras distintas, Daniel Bell y Herbert Marcuse habían advertido sobre la capacidad del sistema de integrar sus contradicciones. El desenlace de la efervescencia revolucionaria del 68 confirmó sus hipótesis. El sistema fue perfectamente capaz de asumir, trillar y triturar aquella negatividad que por unos meses alimentó el sueño del gran cambio. Y el proceso de liberalización que se puso entonces en marcha siguió caminos a veces contradictorios y, a menudo, lejanos de aquel impulso inicial. El discurso del 68 tenía mucho de libertario y de crítico con el Estado, más tarde la crítica del Estado, en manos de los liberales conservadores que pusieron en marcha la revolución de los ochenta y noventa ésta sí que concernía directamente a la conquista del poder se convirtió en desprestigio y debilitación del Estado en lo económico y en despliegue del control social en lo político.

La amalgama ideológica era tal que se hace difícil establecer los referentes ideológicos de aquellas movidas. Las apelaciones al marxismo, al trotskismo y al leninismo eran abundantes. Pero fue significativo el énfasis en la relación entre sexo, psicología y política que llevó a nombres como Freud o Reich. También el situacionismo tuvo su voz. Y en América cuajó la vía contraculturalista que acompaña a la cultura hippy. Herbert Marcuse por sus análisis de la relación entre economía, tecnología, cultura y subjetividad y por su crítica al marxismo ortodoxo fue considerado uno de los referentes. Raymond Aron habla de Les heritiers, de Pierre Bourdieu, como libro de cabecera de la movida francesa. También de la noción de grupo de fusión de la Crítica de la razón dialéctica, de Sartre. En cualquier caso, los filósofos de la sospecha, el trío Marx-Freud-Nietzsche, articularon, especialmente en Francia, buena parte del pensamiento de la época.

Aquella experiencia marcó a la generación de los que el año 1968 rondábamos la veintena. Por un lado, pesó sobre nosotros lo digo así, porque es mi generación el habernos autoungido como la generación moderna por excelencia. Ha costado entender que el tiempo pasa para todos y que la patente de modernidad no tiene dueño. Por otra parte, la pulsión antiautoritaria probablemente la mejor herencia de aquellos años también generó monstruos. He dicho, a veces, que fuimos mucho mejores hijos en la medida en que supimos plantar cara a nuestros padres, que padres, en la medida en que no hemos osado plantar cara a nuestros hijos. Con nuestra actitud y la potencia integradora de las contradicciones que el capitalismo tiene, les hemos dejado sin espacio para la transgresión. Otros perdedores, víctimas de cierta frivolidad que acompañó a la contestación, de los que nunca se habla, son la generación de la droga, los que pensaron que la fiesta continuaba en la heroína y lo pagaron con la vida.

El paradigma que se abrió hace cuarenta años con la contestación de las formas de autoridad dominantes, a uno y otro lado de la guerra fría, se ha agotado. La transición liberal culminó con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético y con la fantasía de que el triunfo de la democracia liberal significaba el fin de la historia. Después vino la restauración conservadora que se estrelló en la guerra contra Irak tras imponer el discurso de la seguridad como forma del autoritarismo en la sociedad de la información. Como ha escrito Fred Halliday, la invasión norteamericana de Irak en 2003 supuso para los ideales y para la legalidad de la intervención humanitaria lo mismo que supuso la invasión de Hungría en 1956 y de Checoslovaquia en 1968 para el comunismo internacional?. Un ciclo se cierra.

Para mí, lo mejor de la herencia del 68 es la cultura de la sospecha, la actitud que consiste en poner siempre en cuestión cualquier enunciado que se nos ponga por delante y no dar nunca por definitivas las ideas recibidas; y el acento libertario, la autonomía del individuo frente a todas las promesas comunitaristas, culturales o religiosas. Cuarenta años después estas dos actitudes se echan de menos a la hora romper las nuevas formas de autoritarismo basadas en el triángulo que forman la seguridad como ideología, la competitividad como principio de vida y el sálvese quien pueda como destino.

20/06/2007 - 11:03h A riqueza das nações

“Se o capital se distribuísse em partes iguais entre todos os indivíduos da sociedade, ninguém teria interesse em acumular mais capital do que pudesse empregar por si mesmo.”

E.G. Wakefield, England and America, Londres 1833, (cit. K. Marx, O Capital, FCE, ed. 1958, p: 652)

As teorias econômicas clássica e neo-clássica erraram redondamente ao prever que a universalização dos mercados e a internacionalização do capitalismo produziriam uma convergência da riqueza das nações. O que aconteceu nos últimos 200 anos foi exatamente o contrário: no início do século XIX a diferença de renda entre os países ricos e pobres, era de apenas 1 para 2; um século depois, na véspera da Primeira Guerra Mundial, era de 1 para 4; e no final do século XX já era de 1 para 7. Mas também erraram as teorias da dependência e do subdesenvolvimento que, no século XX, apostaram na impossibilidade do desenvolvimento capitalista, nas ex-colônias européias, ou nos países que foram ou são objeto da dominação imperialista das grandes potências. Neste período, houve industrialização e desenvolvimento sustentado em vários territórios que foram verdadeiras “pérolas” do colonialismo e do imperialismo europeu e norte-americano. Primeiro, nos anos 70 e 80, foram os “tigres” e os “gansos” do Sudeste Asiático, e depois, a partir dos anos 90, foi o crescimento exponencial da China e da Índia que virou de cabeça para baixo todas as teorias ortodoxas e heterodoxas do desenvolvimento econômico. O que não deixa de ser estranho, porque são estes mesmos casos de sucesso econômico que estão explicitando, de forma cada vez mais nítida, as grandes regularidades e tendências de longo prazo do desenvolvimento mundial, que não entram, entretanto, na cabeça da maioria dos economistas. Assim, por exemplo, de forma sintética, e por tópicos: Leia mais no jornal Valor (para assinantes)