22/03/2008 - 21:39h Una estética sin límites

LOUISE BOURGEOIS. El niño reticente, 2002, tela, mármol y acero

JAKE Y DINOS CHAPMAN.Cuerpo exquisito, 2002, tinta y acuarela
Por Jorge López Anaya
Para LA NACION - BUENOS AIRES, 2008
Al iniciarse la década de los noventa, en las exposiciones internacionales más importantes se podía ver de manera reiterada obras de Joseph Beuys, de Louise Bourgeois y de otros artistas que, de forma similar, mostraban escenas caracterizadas por lo dramático del azar, la arbitrariedad de los accidentes y la fragilidad del cuerpo humano.
En esa dirección apuntaban las sórdidas obras del español Pepe Espaliú, con referencias al sida, enfermedad que lo llevó a la muerte en 1993. Poco antes había organizado una performance en la que sus amigos transportaron su cuerpo enfermo hasta el Museo Reina Sofía de Madrid. En otras muestras de esos años era habitual la presencia de artistas que exponían trabajos que hablaban de la presencia del hombre en el mundo; era evidente la herencia del surrealismo.
La práctica artística se fundaba en el interés por lo social y en la experiencia del cuerpo, en las prácticas narcisistas y en los efectos de las investigaciones genéticas, en la cirugía plástica y en la enfermedad, en lo escatológico y en el sexo. Ese era el contexto en el que el crítico norteamericano Hal Foster publicó El retorno de lo real (1996), vinculando el arte con lo traumático y lo abyecto.
Un buen ejemplo es la obra de la checa Jana Sterbak, que tiene como motivo la ambigüedad del cuerpo. Todos sus trabajos, entre la ironía, el absurdo y la tragedia, remiten a los estereotipos de lo femenino promovidos por la industria de producción masiva de vestimentas. A través de ellos circulan el amor, la muerte, el fracaso; también la idea de belleza. Vanitas. Vestido de carne para una albina anoréxica (1987), una de sus obras, es un atuendo de carne de animal que se pudrirá, que resulta siniestro y obsceno. Asimismo, se trata de una crítica virulenta al cuerpo sometido por una cultura cuyos paradigmas son la belleza y la eterna juventud.
No son indiferentes a esas prácticas la continuidad del ready-made , el interés de Fluxus por lo efímero, los materiales del arte povera , la renovación de la performance , la actualidad de la fotografía y de la instalación, los derivados del pop, del minimalismo y del arte conceptual, el feminismo y el discurso tecnológico. También es notoria la intención de sacar el arte del museo o de la galería, como lo hicieron, entre muchos otros, el Colectivo Cambalache que integraban Carolina Caycedo, Adriana García y Federico Guzmán. En 1998 el grupo comenzó a realizar actividades artísticas de carácter social en las calles de Bogotá y en el Viejo San Juan de Puerto Rico.
Por otra parte, los artistas emergentes en la década de los noventa, lejos del romanticismo de Bourgeois y Beuys, se ubican en múltiples vertientes, borrosas en ocasiones, entre ellas, las “cosmologías individuales”, las “mínimas intervenciones”, la “figuración desviada”, el “neobarroco” y las “estrategias relacionales”.
Los que apuntan hacia las cosmologías individuales incorporan la pura fantasía a su trabajo: narran historias que les sirven como medio para construir una iconografía fílmica y fotográfica. Inventan sus cosmologías, utilizando diversas fuentes, que van desde los altares renacentistas hasta los videojuegos. Entre otros, actúan en esa dirección Matthew Barney, Mariko Mori y Pipilotti Rist.
En la vía de las mínimas intervenciones se ubican el mexicano Gabriel Orozco, el belga residente en México Francis Alÿs y el argentino Jorge Macchi. Sus obras están concebidas no solo con una escala “micro”, sino con una “mínima intervención” manual. El contexto más privado, como el atelier , el vecindario, las revistas y los diarios, los pequeños detalles, lo insignificante son para ellos motivos que, una vez redimidos, se convierten en situaciones de pura paradoja.
Ejemplo de la figuración desviada es la obra de Ron Mueck, australiano residente en Londres, quien expuso en 1997 una representación hiperrealista de su padre muerto (en silicona y acrílico), amarillo, yaciente, rígido, con los brazos tiesos a lo largo del cuerpo, desnudo sobre una alfombra, de apenas un metro de altura. Por otra parte, en la vía del neobarroco trabajan Bill Viola, Fabián Marcaccio y Barney; en la de las estrategias relacionales, Angela Bulloch, Félix González Torres y Rirkrit Tiravanija.
Por supuesto, los derroteros del arte actual, sus apariencias, sus posibilidades son múltiples y se extienden mucho más allá de estas vertientes. Hace tiempo que se extraviaron los límites.
