10/05/2008 - 18:46h O detetive da imagem e as fraudes visuais
Fotografía | Joan Fontcuberta
De paso por Buenos Aires, el fotógrafo catalán expone en esta entrevista su idea de la fotografía como “media verdad”, una herramienta tramposa pero necesaria para acceder a una realidad solo cognoscible por la mediación. Una mirada imprescindible en una época en la que hasta las guerras se justifican por “fraudes visuales”

De la Redacción de LA NACION
El fotógrafo catalán Joan Fontcuberta dice que aprendió a desconfiar de las imágenes gracias a la dictadura de Franco, donde “la manipulación y la censura obligaban a leer entrelíneas. En esas circunstancias, se crece con el síndrome de la sospecha, y llega el momento en el que la duda se convierte en estilo de vida”. Eso, de niño. Ya de grande, lo que terminó de formar su conciencia de lo ilusorio y el simulacro (por no decir la mentira) fue trabajar en periodismo y publicidad. “Siempre digo que allí me entrenaron en la media verdad, una técnica de persuasión mucho más peligrosa que la mentira”, cuenta ahora, en Buenos Aires, invitado por el Cceba para un diálogo con Marcelo Brodsky. “¿Cómo me explico? A ver, hay una frase de Oliver North, el principal implicado en el escándalo Irangate , que puede servir. Para defenderse, durante el juicio en su contra, él dijo: ´yo no miento, simplemente economizo la verdad . Esa idea de economizar la verdad sin mentir es maquiavélica. La mentira es detectable, en cambio la ´economía de la verdad es un recurso casi florentino del que la política contemporánea da grandes muestras. Y hay que saber cómo reaccionar frente a esta situación actual. En ese sentido, sin ninguna pretensión ni paternalismos, yo esperaría que mi trabajo fuera pedagógico y hasta profiláctico.”
Fontcuberta es fotógrafo y, en particular, cazador iconográfico, un detective artístico empeñado en mostrar los riesgos de la credulidad en un mundo edificado por toda clase de imágenes. Premio Nacional de Fotografía en 1988 y ordenado Caballero de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia en 1994, este militante de la sospecha visual trabaja con herramientas informáticas para poner en evidencia la poca verdad de la verdad fotográfica, a la que califica de “imagen-trampa”. Pero, además de su extensa obra, también expone su mirada en lúcidos ensayos ( El beso de Judas. Fotografía y verdad , o Ciencia y Fricción. Fotografía, naturaleza y artificio ) dirigidos a poner al descubierto la trampa que él advierte en la imagen. “La dimensión política del documento fotográfico, la problemática de la representación y el cuestionamiento de la veracidad de la imagen son mis temas recurrentes”, explica “porque la fotografía siempre se ha jugado a partir de un efecto de convicción, una idea de prueba de evidencia en la que basa su potencial político. Y lo que yo intento es desmantelar esa creencia y mostrar cómo la fotografía, a la manera de cualquier otro producto humano, es una construcción intelectual, cultural e ideológica”.
-¿La revolución tecnológica en el campo de la imagen no ha vuelto caduco el discurso de sospecha ante la fotografía? Hoy en día, cualquier chico sabe que las fotografías se manipulan.
-Efectivamente, el conocimiento y la conciencia crítica del espectador se han refinado, pero también se han refinado, en la misma proporción, las posibilidades sibilinas de la manipulación. La tergiversación propagandística de la imagen se ha sofisticado, y entonces las herramientas críticas tienen que sofisticarse en la misma dirección. Recientemente hemos tenido grandes ejemplos de fraude visual. El más relevante: se nos ha vendido una guerra internacionalizada con el pretexto de la supuesta presencia de armas de destrucción masiva, justificada por el testimonio de un documento fotográfico. ¿Hasta qué punto esa idea ha sido vehiculizada y fortalecida por la confianza que nos merecen los supuestos documentos fotográficos? La guerra en Irak demuestra que no podemos pensar en un espectador consciente ante el engaño que se vive en la iconosfera, solo porque hoy cualquier niño juega con Photoshop.
-¿El desarrollo tecnológico impulsa la fotografía hacia la mentira y la manipulación?
-La fotografía y la imagen siempre han estado involucradas en el discurso del poder y los tratamientos propagandísticos, eso no es un producto de las recientes innovaciones tecnológicas. Porque, no nos engañemos: la verdad no existe, no es más que un punto de vista, una versión interpretativa de los acontecimientos sustentada por una posición de autoridad. La verdad es una abstracción que representa más un objetivo que una cualidad definible. Cualquier fotógrafo de prensa sabe perfectamente que, delante de un mismo hecho, diez fotógrafos que trabajan para diez medios diferentes ven diez situaciones distintas. Las imágenes no coinciden, pero todos han tenido la misma verdad delante. Los fotógrafos han sido afectados por sensibilidades, intereses, ideologías y puntos de vista, y eso influye en su manera de moldear esa realidad. Y luego, esa información la toman los medios y los intereses a los que sirven, el marketing en el que se insertan y toda una serie de problemáticas y factores someten el significado de una imagen a factores ajenos al fotógrafo mismo. Está claro que la fotografía se ha vendido como una máscara de verdad, pero no ha sido más que un intento de reconstruir una cierta realidad.
-Dice que una fotografía es una construcción cultural, ¿cuáles son los presupuestos filosóficos de esa idea?
-Yo parto de un planteamiento filosófico para el cual la realidad no preexiste nuestra experiencia, sino que es un efecto de construcción intelectual e ideológica. El fotógrafo, al hacer una imagen, contribuye a esa noción de lo real que tenemos. La idea de “documento” se basa en unas presunciones culturales e históricas controvertibles, nada objetivas, que obedecen a la voluntad de influir en los procesos de comunicación.
-¿La realidad se construye?
-Efectivamente, la realidad, o al menos la experiencia que tenemos de la realidad, es un efecto de construcción. No se trata de debatir si la realidad existe o no, como lo hicieron las corrientes filosóficas clásicas, sino de darnos cuenta de que, exista o no, no podemos ver la realidad directamente, sino a través de unas mediaciones como, por ejemplo, la de los medios de comunicación. La cultura de masas y las imágenes que los medios nos transmiten son nuestra fuente de conocimiento, más que la experiencia directa. Nuestra idea de realidad viene condicionada por ese cúmulo iconográfico generado por los medios.
-¿La revolución iconográfica exige una nueva ética?
-En el caso del arte contemporáneo, siento que vale la pena generar una dinámica de reacción y resistencia, un compromiso importante aunque muchas veces sus efectos sean testimoniales. No se puede competir con el establishment mediático y político, pero con trabajos críticos se consigue mostrar que otro discurso visual es posible. Un discurso que active y movilice una capacidad de reacción crítica contra ese discurso dominante.
-¿Cómo sería ese discurso?
-Hay muchas posibilidades. Están quienes han renunciado a hacer fotografías y solo reciclan las que ya existen, para mostrar que esas fotos no son imágenes, sino realidades, objetos. Otra es mostrar que las imágenes en apariencia neutrales esconden significados ocultos y tienen agendas concretas para incidir en la opinión pública. Y también están los que buscan erosionar la credibilidad del documento fotográfico, que sería la estrategia en la que yo me inserto. Para mí, el arte comprometido contemporáneo, aquel que debe interesarnos y que dejará una huella en nuestro tiempo, es hoy el que busca formas de oponerse a la situación hegemónica de la avalancha de imágenes seductoras que componen la iconosfera en la que vivimos.
adnFONTCUBERTA
Artista y crítico
Es uno de los principales referentes en la crítica de la imagen contemporánea. Premio Nacional de Fotografía en su país, sus proyectos buscan desarticular la fuerza del documento fotográfico como testimonio de una verdad incuestionable
