30/11/2008 - 16:08h Lazos de sangre, poder y silencio

http://accel21.mettre-put-idata.over-blog.com/0/08/82/68/Repertoire-2/gomorra.jpgGomorra (Debate), libro del que aquí se reproduce un fragmento, muestra el modo en que funciona el millonario negocio del narcotráfico en Italia y las redes clandestinas que estructuran una organización delictiva perfectamente engranada

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Por Roberto Saviano

McKay y Angioletto habían tomado una decisión. Querían oficializar la formación de un grupo propio, todos los dirigentes más antiguos estaban de acuerdo, habían dicho claramente que no querían enfrentarse a la organización sino convertirse en competidores suyos. Competidores leales en el vasto mercado. Codo con codo, pero de forma autónoma. Así pues –según las declaraciones del arrepentido Pietro Esposito–, enviaron el mensaje a Cosimo Di Lauro, el regente del cártel. Querían reunirse con Paolo, el padre, el máximo dirigente, el vértice, el principal referente de la sociedad. Hablar con él en persona, decirle que no compartían las medidas de reestructuración que habían tomado sus hijos. Puesto que no se podían utilizar los móviles para evitar que lo localizaran, querían mirarlo a los ojos y no dejar que sus palabras pasaran una a una de boca en boca, envolviendo los mensajes en la saliva de muchas lenguas. Genny McKay quería ver a Paolo Di Lauro, el boss que había permitido su ascenso empresarial.

Cosimo acepta formalmente la petición del encuentro; se trata, por lo demás, de reunir a toda la cúpula de la organización: capos, dirigentes, jefes de zona. No se puede negar. Pero Cosimo ya lo tiene todo pensado, o eso parece. Parece realmente que sepa hacia dónde está orientando su gestión de los negocios y cómo debe organizar su defensa. Así pues, según las investigaciones y las declaraciones de colaboradores de la justicia, Cosimo no manda a subordinados a la cita. No manda al “emisario”, Giovanni Cortese, el portavoz oficial, el que siempre se ha ocupado de las relaciones de la familia Di Lauro con el exterior. Cosimo manda a sus hermanos Marco y Ciro a inspeccionar el lugar del encuentro. Ellos van a ver, comprueban qué ambiente se respira, no advierten a nadie de que van a pasar por allí. Pasan sin escolta, quizá en coche. Deprisa, pero no demasiado. Observan las vías de huida preparadas, a los centinelas apostados, sin llamar la atención. Refieren a Cosimo lo que han visto, le cuentan los detalles. Cosimo comprende. Lo habían preparado todo para una trampa. Para matar a Paolo y a cualquiera que lo acompañase. El encuentro era una encerrona, era un medio de matar y sancionar una nueva era en la gestión del cártel. Por lo demás, un imperio no se escinde dando un apretón de manos, sino cortándolas con una cuchilla. Esto es lo que se cuenta, lo que dicen las investigaciones y los arrepentidos.

Cosimo, el hijo en cuyas manos Paolo puso el control del narcotráfico con un papel de máxima responsabilidad, debe tomar una decisión. Habrá guerra, pero no la declara, lo conserva todo en la mente, espera a comprender los movimientos, no quiere alarmar a los rivales. Sabe que en breve se le echarán encima, que intentarán clavarle las garras en la carne, pero tiene que ganar tiempo, decidir una estrategia precisa, infalible, ganadora. Averiguar con quién puede contar, qué fuerzas puede manejar. Quién está con él y quién contra él. No hay otro espacio en el tablero.

Los Di Lauro justifican la ausencia de su padre por la dificultad que tiene para desplazarse a causa de las investigaciones policiales. Prófugo, buscado desde hace más de diez años. Faltar a una reunión no es un hecho grave para alguien que figura entre los treinta prófugos más peligrosos de Italia. El mayor holding empresarial del narcotráfico, uno de los más fuertes en el plano nacional e internacional, está atravesando la más terrible de las crisis después de décadas de funcionamiento perfecto.

El clan Di Lauro ha sido siempre una empresa perfectamente organizada. El boss lo estructuró con un diseño de empresa multinivel. La organización está compuesta por un nivel de promotores y financiadores, constituido por los dirigentes del clan que se encargan de controlar las actividades de tráfico y venta a través de sus afiliados directos y formados, según la Fiscalía Antimafia de Nápoles, por Rosario Pariante, Raffaele Abbinante, Enrico D’Avanzo y Arcangelo Valentino. El segundo nivel comprende a los que manejan materialmente la droga, la compran y la preparan, y se ocupan de las relaciones con los camellos, a los que garantizan defensa legal en caso de arresto. Los elementos más relevantes son Gennaro Marino, Lucio De Lucia y Pasquale Gargiulo. El tercer nivel está representado por los jefes de plaza, es decir, miembros del clan que están en contacto directo con los camellos, coordinan a los pali y las vías de huida, y se ocupan también de la seguridad de los almacenes donde se guarda la mercancía y de los lugares donde se corta. El cuarto nivel, el más peligroso, está constituido por los camellos. Cada nivel se divide en subniveles, que se relacionan exclusivamente con su dirigente y no con toda la estructura. Esta organización permite obtener un beneficio igual al 500 por ciento de la inversión inicial.

El modelo de la empresa de los Di Lauro siempre me ha recordado el concepto matemático de fractal tal como lo explican en los manuales, o sea, un racimo de plátanos cada uno de cuyos plátanos es a su vez un racimo de plátanos, cuyos plátanos son racimos de plátanos, y así hasta el infinito. El clan Di Lauro factura sólo con el narcotráfico quinientos mil euros al día. Los camellos, los gestores de los almacenes y los enlaces no suelen formar parte de la organización, sino que son simples asalariados. El negocio de la venta de droga es enorme, miles de personas trabajan en él, pero no saben quién las dirige. Intuyen más o menos para qué familia camorrista trabajan, pero nada más. Por si algún detenido decide arrepentirse, se limita el conocimiento de la estructura a un perímetro específico, mínimo, que no permita comprender y conocer el organigrama entero, el enorme periplo del poder económico y militar de la organización.

Toda la estructura económico-financiera tiene su equipo militar: un salvaje grupo de choque y una vasta red de colaboradores. Entre los killers figuraban Emanuele D’Ambra, Ugo de Lucia, llamado “Ugariello”, Nando Emolo, llamado “o Schizzato”, Antonio Ferrara, llamado “’¿o Tavano”, Salvatore Tamburino, Salvatore Petriccione, Humberto La Monica y Antonio Mennetta. Por debajo, los colaboradores, es decir, los jefes de zona: Gennaro Aruta, Ciro Saggese, Fulvio Montanino, Antonio Galeota, Giuseppe Prezioso, guardaespaldas personal de Cosimo, y Constantino Sorrentino. Una organización que contaba como mínimo con trescientas personas, todas a sueldo. Una estructura compleja donde todo estaba colocado en un orden preciso. Estaba el parque de coches y motos, enorme, siempre disponible, como una estructura de emergencia. Estaba la armería, escondida y conectada con una red de herreros preparados para destruir las armas inmediatamente después de ser usadas para los homicidios. Había una red logística que permitía a los killers ir, justo después de la encerrona, a entrenarse en un polígono regular de tiro donde se registraban las entradas, a fin de mezclar los rastros de pólvora de bala y tener una coartada para eventuales pruebas de stub. El stub es lo que más temen los killers; la pólvora de bala que no se va nunca y que constituye la prueba más aplastante. Había, asimismo, una red que proporcionaba la ropa a los grupos de choque: chándal anodino y casco integral de motorista, que se destruía inmediatamente después. Una empresa invulnerable, de mecanismos perfectos o casi perfectos. No se intenta ocultar una acción, un homicidio, una inversión, sino simplemente hacer que sea indemostrable ante un tribunal.

Yo frecuentaba Secondigliano desde hacía tiempo. Desde que Pasquale había dejado de trabajar como sastre, me informaba del ambiente que se respiraba en la zona, un ambiente que cambiaba deprisa, a la misma velocidad con la que se transforman los capitales y las direcciones financieras.

Me movía por la zona norte de Nápoles en Vespa. Lo que más me gusta cuando recorro Secondigliano y Scampia es la luz. Calles enormes, anchas, oxigenadas en comparación con la maraña del centro histórico de Nápoles, como si bajo el asfalto, junto a los bloques de pisos, todavía estuviera vivo el campo abierto. Por otro lado, Scampia tiene su propio espacio en el nombre. Scampia, palabra de dialecto napolitano desaparecido, designaba la tierra abierta, la zona de maleza, donde a mediados de la década de 1960 levantaron el barrio y las famosas Velas. El símbolo podrido del delirio arquitectónico o quizá simplemente una utopía de cemento, que no ha podido oponer resistencia contra la construcción de la máquina del narcotráfico que ha penetrado en el tejido social de esta parte del mundo. El desempleo crónico y la ausencia total de proyectos de desarrollo social han hecho que se haya convertido en un lugar capaz de almacenar toneladas de droga, así como en un taller para transformar el dinero facturado con la venta de droga en economía viva y legal. Secondigliano es el escalón de bajada que, desde el peldaño del mercado ilegal, lleva renovadas fuerzas a la actividad empresarial legítima. En 1989, el Observatorio de la Camorra escribía en una de sus publicaciones que en la zona norte de Nápoles se registraba una de las relaciones camellos-número de habitantes más alta de Italia. Quince años después, esa relación se ha convertido en la más alta de Europa y figura entre las primeras cinco del mundo.

Con el tiempo, mi cara había llegado a ser conocida, un conocimiento que para los vigilantes del clan, los pali, tenía un valor neutro. En un territorio controlado visualmente segundo a segundo, hay un valor negativo –policías, carabineros, infiltrados de familias rivales– y un valor positivo: los compradores. Todo lo que no es molesto, todo lo que no es un estorbo, es neutro, inútil. Entrar en esa categoría significa no existir. En las plazas de la venta de droga siempre me han fascinado la perfecta organización y el contraste de la degradación. El mecanismo de venta es como el de un reloj. Es como si los individuos se movieran exactamente igual que los engranajes que ponen en marcha el tiempo. No hay movimiento de nadie que no desencadene el de otro. Cada vez que lo observaba me quedaba fascinado. Los sueldos se distribuyen semanalmente: cien euros para los vigilantes, quinientos para el coordinador y cajero de los camellos de una plaza, ochocientos para el camello y mil para el que se ocupa de los almacenes y esconde la droga en casa. Los turnos van de las tres de la tarde a las doce de la noche y de las doce de la noche a las cuatro de la madrugada; por la mañana es muy raro que se venda porque hay demasiada policía rondando. Todos tienen un día de descanso, y si se presentan tarde a la plaza de venta de droga, por cada hora se les descuentan cincuenta euros de la paga semanal.

[Traducción: Teresa Clavel y Francisco J. Ramos]

01/11/2008 - 17:22h El ’strip-tease’ literario de Philip Roth

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JAVIER APARICIO MAYDEU – El País

El autor escribe sobre su obra y dispara a bocajarro contra quienes pretenden tergiversar sus principios estéticos o leen sus libros como una mera autobiografía

Para los muchos lectores en español del autor de Pastoral americana o Elegía, flamante Nobel in pectore (Bellow dixit) y uno de los autores del mainstream que más y mejor ha sabido reflexionar acerca del oficio de novelista y del arte de la ficción, la traducción de Reading Myself and Others (Vintage, Nueva York, 2001, ampliando las primeras ediciones de Jonathan Cape y de Farrar, Straus & Giroux de 1975) es sin duda alguna una gran noticia, por cuanto las entrevistas, artículos y ensayos que contiene el volumen constituyen un mapa certero y detallado de la poética de Roth, de sus ideas literarias y de los procesos y circunstancias de la composición de sus obras más significativas, y asimismo una guía imprescindible para marchar seguro por el fascinante pero abstruso universo del narrador norteamericano, poblado por heterónimos, álter egos con disfraz de narrador y personajes que transitan por distintas novelas enmarañando la madeja de su ficción.

El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Shop Talk. A Writer and his Collegues and their Work, 2001, cuya traducción en Seix-Barral, de 2003, tuvimos ya ocasión de comentar en estas mismas páginas), aquel volumen en el que el autor de La mancha humana departía sobre narrativa, política y cultura con Primo Levi, Ivan Klíma, Bashevis Singer, Kundera o Edna O’Brien, al tiempo que comentaba textos de Kafka, Bellow y Malamud, se ve ahora complementado por Lecturas de mí mismo, volumen en el que aborda los principales temas de su obra y dispara a bocajarro contra quienes pretenden tergiversar sus principios estéticos o, con mayor frecuencia, se empecinan en leer una y otra vez la mayor parte de su ficción como mera autobiografía.

Efectivamente, en Lecturas de mí mismo Roth muestra sus cartas reuniendo textos fundamentales para entender su obra: ‘Escribir narrativa norteamericana’, el célebre ensayo de 1961 que tuvo su origen en su conferencia en el simposio de Stanford de 1960, esclarece cuestiones como la posición de los novelistas en la cultura norteamericana contemporánea, el valor de la ficción en un país en el que la realidad la supera con frecuencia o la enrarecida política nacional como fuente para la construcción de ficciones, con comentarios sumamente francos acerca de la obra de Salinger, Mailer, Bellow o Malamud; ‘Escribir sobre los judíos’, otro artículo clásico, tiene mucho que ver con el lobby literario judío norteamericano, del que forman parte Bellow, Malamud, Mailer o el propio Roth, con los pioneros Henry Roth y Bashevis Singer, y sus razones de ser; ‘Mis años de béisbol’ ventila su afición por este deporte nacional, que comparte con DeLillo y otros; ‘La imaginación de lo erótico: Tres introducciones’ representa la obsesión por el sexo del narrador de Nueva Jersey; y el lector encontrará artículos dedicados a Nuestra pandilla (Our Gang, que Mondadori acaba también de publicar), El pecho, El lamento de Portnoy, La gran novela americana y Mi vida como hombre, así como un ensayo acerca de la obra de Kafka, tan influyente en la narrativa de Roth, con el que se cierra un volumen que incluye cuatro entrevistas clásicas que revisten un interés inmenso para los lectores del autor y para cualquier interesado en familiarizarse con los mecanismos de la ficción narrativa.

En la de Le Nouvel Observateur (1981), un Roth vehemente desmiente que su obra revista un carácter constantemente autobiográfico (”debería usted leer mis libros como obras de ficción. No tengo nada que confesar. Etiquetar unos libros como los míos con los términos ‘autobiográfico’ o ‘confesional’ es falsear su naturaleza. Esas palabras constituyen otro obstáculo entre el lector y la obra, al reforzar la tentación de trivializar la narración convirtiéndola en chismorreo”), y reflexiona acerca de su condición de judío, de las motivaciones que lo llevaron a ser escritor y de su desdoblamiento en distintos heterónimos (”¿Soy Lonoff? ¿Soy Zuckerman? ¿Soy Portnoy? De momento no soy nada tan nítidamente delineado como un personaje de libro. Sigo siendo el amorfo Roth”).

En la entrevista de The London Sunday Times (1984) diserta en torno a los estatutos de la ficción, aguijando al lector a no quedarse con el prejuicio autobiográfico y a descubrir “los delicados artificios con los que las novelas crean la ilusión de una realidad más parecida a lo real que la nuestra”. Entrevistado por The Paris Review el mismo año, Roth entra sin ambages en el propio proceso de creación de sus ficciones (el arranque, las versiones en borrador, los bloqueos y la búsqueda de los “párrafos que tengan vida”), explica el funcionamiento de unos heterónimos que ha concebido como resultado de determinados protocolos de identidad, reflexiona sobre realidad y ficción (”la idea es convertir la carne y el hueso en personajes literarios y a éstos en carne y hueso”), y enuncia la que podría denominarse “teoría del ventrílocuo” a propósito de su álter ego principal, el escritor Zuckerman, autor de sus novelas La contravida o La visita al maestro: “Tramar una existencia semiimaginaria a partir del drama real de mi vida es mi vida. Ir por ahí disfrazado. Interpretar un personaje. Fingir. La socarrona y astuta mascarada. Piense en el ventrílocuo. Su arte consiste en estar presente y ausente; es más él mismo al ser simultáneamente otro”. Habla de solipsismo frente a distanciamiento irónico en el narrador, y habla también de las funciones sociales de la ficción, y del modo en que ésta actúa en un lector que no ignora que “continuamente estamos escribiendo versiones ficticias de nuestras vidas”. Habla sobre todo de creación literaria, no en vano Joyce Carol Oates ha confesado que “Philip es muy consciente como artesano” (Una especie en peligro de extinción. Doce escritores hablan sobre su oficio, sus ideas y su vida; Lawrence Grobel, Belacqva, 2008).

En fin, que en Lecturas de mí mismo, esencial en su bibliografía, Roth se despacha a gusto ventilando sus ideas literarias y sociales en un strip-tease con muchas luces y varios taquígrafos.

07/04/2008 - 13:57h Nicolás Casullo: “a briga dos Kirchner com a mídia é positiva”

El pensador argentino sostiene en Las cuestiones (Fondo de Cultura Económica) que las utopías pertenecen al pasado. En esta entrevista, dice que el fracaso de la revolución socialista ha cancelado en cierto modo no solo el futuro de las sociedades, sino también el de la historia. Pero las marcas de esa tradición han hecho que en la Argentina subsista un fuerte sentido de reivindicación social


Casullo Foto: Rafael Calviño

Por Alejandra Folgarait – Para LA NACION – BUENOS AIRES, 2008

En una vieja casa con escaleras de mármol que se resiste a formar parte del Barrio Norte porteño, Nicolás Casullo tiene su hogar y su escritorio tapizado de libros. Con amabilidad y calma que contrastan con su fama de polemista rebelde, recibe a adn CULTURA en un día caluroso. En cuanto se sienta en su sillón de trabajo, el hombre de letras rinde homenaje a los autores que ama: Sartre y Cortázar, Martínez Estrada y Faulkner, Marx y Borges, Macedonio Fernández y Shakespeare iluminan la mirada del profesor de Historia de las Ideas y de Historia del Arte de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad de Quilmes.

El autor del libro Las cuestiones (FCE, 2007) recupera el concepto de memoria para ubicar la utopía no en lo que vendrá sino en el pasado, en esos aconteceres que narran con distintas voces lo vivido. En esa memoria histórica, que puede remontarse tanto a Antígona como a la Revolución Francesa o los años setenta en la Argentina, Casullo busca desentrañar los problemas latentes del país y del mundo. Desde una perspectiva sociológica y filosófica, el erudito apasionado por el fútbol pronostica que los medios de comunicación serán el tema central durante los próximos 25 años.

-Escribir un libro de ensayos de 500 páginas en una época en la que apenas se lee por Internet ¿es un acto de audacia o de resistencia?

-Hay una audacia, porque no es un remedio que alguien está pidiendo. Nadie le pide a uno que escriba. Hay cierta soberbia en el autor que dice: “Tomá, acá tengo 500 páginas, y me las tenés que leer porque yo pienso esto”, en una sociedad a la que hasta los textos de los diarios le parecen un poco largos. Siempre digo que es una resistencia romántica. Porque los románticos resistían sabiendo que iban a perder, iban a ser derrotados. Pero ellos querían dejar testimonio de que habían dado batalla. Cuando viene el mundo moderno, con sus máquinas y sus técnicas, el romántico que ama los grandes valores tradicionales enfrenta ese mundo sabiendo que va a perder. El libro tiene algo de esa resistencia, de plantear cosas y saber que, frente a otras cosas potentes, va a ser arrasado, que es una gota en el mar. Es que la tarea intelectual es básicamente confrontar, partir siempre de que hay cosas en el mundo que lo hacen injusto, irracional y que habría otra posibilidad de mundo. Entonces uno insiste.

-En Las cuestiones usted sostiene que el futuro queda cancelado cuando la revolución es derrotada, ya que era la revolución marxista la que planteaba un horizonte a la humanidad. ¿Cómo se piensa ahora, entonces, lo que vendrá?

-En términos personales, lo pensamos siempre por esa pasión humana por la que nos vemos en la vida: nos vemos casados, nos vemos pensando que el hijo va a ser más grande en términos personales, el futuro nunca está cancelado. En términos de situarnos en una cultura, en una civilización, sí está bastante cancelado. Porque la revolución, la revolución socialista, adscribiera uno a ella o no, era la forma en que la modernidad iba a resolver su propia invención, en un mundo donde, además de los adelantos técnicos, todo se iba a realizar en igualdad, fraternidad, en el fin de las diferencias entre los hombres. Eso estaba ahí latente: la idea de que el mundo marchaba hacia una mayor igualdad. Hoy podemos decir que el resultado de esa revolución fue tan catastrófico que no el futuro sino el desarrollo de la historia está cancelado. Hoy no existe en el mundo una respuesta para la pregunta “¿Hacia dónde vamos?”. Es una situación confusa. La historia perdió un sentido muy fuerte. Hoy la historia es lo que hay, como dicen los jóvenes.

-¿Esto afecta tanto a la derecha como a la izquierda?

-Sí, exactamente. La izquierda era la que asumía la responsabilidad y el compromiso de un mundo posterior al capitalismo, un mundo que, como decía Marx, iba a ser el pasaje de la prehistoria a la historia definitiva. Una cosa casi bíblica, un camino hacia la realización plena de la humanidad. Hoy eso lo tenemos más en duda. Hoy no sabemos si la historia tiene un sentido. Tampoco sabemos si la historia se realiza con una felicidad para todos, como decía el liberalismo. O con una igualdad general, como decía el Estado de Bienestar keynesiano. Esto no está muy pensado. Seguimos viviendo como si siguiese existiendo. Y si nos damos cuenta de que no existe más, nos distraemos un poco y hablamos de otra cosa.

-¿Y Cuba?

-Cuba creo que forma parte de la misma crisis de este paradigma. Creo que es un ejemplo de todo el recorrido de esta historia que culmina en la revolución como pasado. Hace 30, 35 años, aparecía como un elemento fuerte de vanguardia en el cambio histórico. Acontecidos estos años, no solo Cuba sino también la Unión Soviética, China y las izquierdas derrotadas en América latina -tanto las violentas como las no violentas- forman parte de ese derrumbe de un paradigma, de un horizonte fuerte que impulsaba. Ojalá que Cuba pueda asumir un socialismo de corte plural. De todos modos, creo que la idea de que la revolución estaba adelante permitió, con sus errores y horrores, hacer crecer los reclamos y las conquistas de masas. Y también ese modelo ayudó a afianzar la democracia, a integrar masas marginadas en el escenario de la historia y a lograr conquistas sociales que mi abuelo no hubiera concebido lograr. Por ejemplo, la Argentina es un país de enorme capacidad de reivindicación social.

-¿Hoy dónde está puesta esa capacidad?

-Se la ve permanentemente. No es una sociedad que se calme, que acepte. Es una sociedad con un fondo de justicia y de reclamo social muy fuerte y muy consciente, que no retrocede en sus demandas, a menos que venga una dictadura. En democracia, es una sociedad donde si dos chicos mueren porque no hay un semáforo, ahí hay quinientas personas reclamando un semáforo. Es una sociedad que se destaca en ese sentido del resto de América latina. Yo he conversado allá por 1998 con piqueteras jujeñas que estaban toda la noche en la ruta con las antorchas y decían: “Yo quiero que mis dos hijos vayan a la universidad, por eso estoy peleando”. En otros países de América Latina, nadie va a escuchar ese reclamo. En este sentido, creo que hay que revalorizar lo que de justicia social y de política de conciencia planteó el peronismo.

-¿Esa es la herencia del peronismo?

-Es un piso en el cual los ya no peronistas o los jóvenes que no vivieron el peronismo dicen: “Yo esa injusticia no la voy a padecer”. Lo mismo ocurre con cualquier reclamo. Las protestas que hay en las ciudades de este país por la violencia son una herencia de la típica protesta social del peronismo. Es la lógica: se sale y se protesta y se reclama. Y yo tengo derecho.

-Hoy parece encarnarse esa protesta en los piqueteros

-Hay piqueteros que son hacendados, que también salen a cortar las rutas. Salen [los argentinos] con Blumberg, salen con el piquete, salen porque en la escuela apareció un olor raro, porque hay un violador en el barrio. Eso tiene un fondo, tiene una historia en 1945 que generó una conciencia, un piso de protesta muy fuerte. Hay un reclamo de justicia permanente.

-También puede verse como una queja permanente, típicamente argentina, y una incapacidad de hacer, de formular soluciones en vez de protestar tanto.

-Sí, exactamente. También hay otras circunstancias dignas de ser atendidas, como la victimización. Parece que la víctima tiene un derecho superior. La indignación se transforma en una verdad y no necesariamente es así. Una madre puede estar reclamando indignada, expresando un dolor que le comprendo, pero puede no tener la verdad. Hay un producto de una Argentina que se siente víctima, que fue víctima de violencia, de guerras perdidas, de frustraciones democráticas, que ha hecho de la victimización una ideología peligrosa. Si todos nos ponemos en el espacio de víctima, es casi imposible gobernar la Argentina, porque estamos reclamando algo de manera patológica.

-¿Tiene esto relación con el tratamiento que les dan los medios de comunicación a las víctimas de robos, accidentes, asesinatos?

-Sí, totalmente. Soy un investigador en medios de comunicación y puedo decir que tienen una llegada mucho mayor que un senador, un diputado o el propio presidente. En ese sentido, encuentro una enorme irresponsabilidad, una enorme falta de compromiso, una enorme incapacidad de educar, de formar. Más bien veo una competencia por ver quién encuentra en el peor momento al peor sujeto para que diga las peores cosas, a los gritos, y con eso tiñe el día. El día se transforma en el asesinato de una muchacha o en un motoquero caído. Hay una búsqueda permanente de la víctima. Y más: muchas veces es la víctima la que cuenta todo, la que da la noticia. Lo que no es víctima es aburrido, es chato.

-Pero los medios también reflejan una sociedad que busca ese tipo de noticias

-Ya no estamos en etapa de los medios como cuarto poder, como importantes. Hoy estamos en una sociedad mediática. Los alumnos de la facultad esperan a los canales de televisión para salir a hacer una marcha, y son cien, no tienen por qué ser mil. Lo mismo el tipo que va a ser entrevistado: no se asusta del canal; por el contrario, dice: “Vení que yo te voy a contar cómo fue”. Una sociedad mediática es una sociedad cuya única lógica es lo mediático, solo puede hablar de algo que está mediado. Hablamos de algo que vimos en televisión o escuchamos en la radio. Y todo el tiempo estamos predispuestos a intervenir en eso. En una sociedad mediática, lo que menos importa es lo que dice el diputado. El problema de una sociedad mediatizada es el del narrador omnisciente: alguien te está escribiendo la historia y vos no te das cuenta. Los medios son como la verdad natural. Pero deben rendir cuenta de lo que están haciendo.

-También cada uno elige cómo le cuentan la historia. Por eso compra un diario y no otro .

-Eso, en la prensa gráfica. Pero en la televisión, es una misma lógica la que atraviesa todo. Los medios de comunicación son la gran temática de los próximos 25 años. De acuerdo con cómo encaren los medios su propia responsabilidad informativa y formativa, va a haber sociedades patologizadas o sociedades sabias. Y ahí adentro va a estar el político, como un dato más.

-Si vivimos por los medios y para ellos, ¿cómo se puede actuar fuera de su lógica?

-Es muy difícil. La sociedad de masas, acelerada, tecnificada, con crisis brutales, parecería que necesitara de un adormecimiento, de entretenimiento, de vaciado, que lo dan los medios. Por otra parte, los noticieros de televisión son los que hoy manejan la tragedia, con sus locutores ubicados allá lejos y arriba, como en el Olimpo. El noticiero es el gran teleteatro diario. La política aparece en un 10 a 15% del contenido. El 85% restante es la mujer muerta por el marido, el choque violento, una protesta. Creo que es una falta de cultura periodística, que no se ve en otros noticieros del mundo. La CNN puede mostrar catástrofes en todo el mundo y no lo hace. El noticiero argentino es populista en el peor sentido de la palabra; es agitador.

-En su libro, valora como positiva la pelea de Kirchner con los medios para ver quién impone la agenda pública. ¿Es así?

-Claro, yo creo que el gran logro de Kirchner es que volvió a hacer presente el sillón de Rivadavia. Dijo: “Esta es la política”. La política está por encima de los ganaderos, de los formadores de precios, de las empresas privatizadas. Lo hizo en una Argentina donde todo estaba invertido, todo eran lobbies , donde la política tenía un peso nulo. Si mañana es presidente Macri, va a hacer lo mismo. Es un corte epocal. Es decir: “El que está en la Rosada tiene el poder”. En particular, tiene el poder sobre los grandes poderes en la Argentina: el gran empresariado, el establishment , la Iglesia, las Fuerzas Armadas. En este sentido, me parece que Kirchner le devolvió al sillón de Rivadavia una estatura, una jerarquía que en la Argentina no había. Gobierna la política. Y hay que discutirles la agenda a los medios, que no pueden ser los partidos opositores.

-¿En qué medida el populismo tiene que ver con el peronismo?

-En mucho. El peronismo fue una experiencia populista fuerte, que generó formas de actuación y, sobre todo, una relación con la idea de pueblo, de sociedad, que en la Argentina es muy precisa. El peronismo santificó al pueblo. Para bien o para mal, lo puso como una figura donde acontece la verdad. Esto es típico del populismo: la idea de que el pueblo tiene la verdad. Hoy los medios inventaron una palabra: lagente . Es la gente la que tiene la verdad. Eso es lo que yo llamo populismo y hoy podríamos decir que todos somos populistas. Hay una historia latinoamericana muy fuerte en relación con los caudillos, la constitución de la política a través de la figura, la masa, el síganme. Yo defiendo el populismo latinoamericano más allá de sus errores porque pienso que es la única historia popular que tuvo América latina.

-¿Y el kirchnerismo?

-El kirchnerismo es un populismo que trata de dejar atrás el populismo. Es muy difícil situarse dentro del peronismo sin plantearse las viejas formas populistas que constituyen la historia. Hay una intencionalidad, pienso, de organizar el Partido Justicialista en términos más modernizados, con internas Creo que le conviene al país que el peronismo se discipline, se parezca un poco a un partido socialdemócrata, porque sino, es un movimiento imprevisible.

05/11/2007 - 12:48h Prix : Leroy couronné, Pennac consacré

cimg2174.1194273527.JPG Arrivée des courses à 13h à l’hippodrome de Drouant : 1er au Goncourt (10 euros défiscalisés et d’autres euros pas nets d’impôts) au 14ème tour de piste Gilles Leroy sur Alabama song (casaque bleue du Mercure de France), 1er au Renaudot au 10ème tour de piste Daniel Pennac sur Chagrin d’école (casaque ivoirée à liseré rouge de Gallimard). Le moins qu’on puisse dire est que le résultat est inattendu. Le fait est que cette année, il s’est passé “quelque chose” en coulisses que l’on peut reconstituer à travers des conversations tant “on” que “off the record” avec des membres des deux jurys. Il semble bien que cette fois, bien que ce ne soit pas la première, les pressions et manoeuvres ont atteint un tel niveau qu’un certain nombre de jurés se sont rebiffés. Gardons-nous d’en tirer des conclusions définitives sur la morale des prix littéraires ! Que s’est-il passé ?

D’abord l’élimination de la favorite Amélie Nothomb de la dernière liste de sélection du Goncourt. Ca n’a rien à voir avec la qualité de son livre : il se trouve simplement qu’un responsable de sa maison d’édition Albin Michel a cru bon écrire une longue lettre adressée à la présidente du jury Edmonde Charles-Roux : il y expliquait en substance que les Goncourt se déconsidéreraient en ne décernant pas leur prix à son auteur… Faut-il préciser que cette lettre a fait très mauvais effet du côté de Drouant et les a tant indisposés qu’elle a valu à la pauvre Nothomb de se faire éjecter de la liste ? Ensuite il y eut les grandes manouevres Grasset -Le Seuil (tu fais voter “tes” jurés pour mon auteur à un prix, je fais voter “les miens” pour ton auteur à l’autre prix). C’était tellement gros, voire grossier, et même insistant, qu’il y eut force téléphonages ce week-end entre les jurés du Goncourt et du Renaudot pour déjouer le petit business qui se concoctait. Olivier Adam et Christophe Donner en ont fait les frais. Sans ces maladresses, ils auraient probablement été laurés. En attendant, ils sont bernés.

L’ambiance était pourtant sans mystère et sans enthousiasme ce matin dans les escaliers normalement bondés et agités du restaurant Drouant. Rien à voir avec l’embouteillage hystérique de l’an dernier. Pas un cadeau de succéder à Jonathan Littell : 187 pages d’une histoire bien troussée sur les Fitzgerald, l’auteur s’étant glissé dans la peau de Zelda pour dire sa difficulté à exister à côté de Scott, ce pourrait être l’anti-Bienveillantes. Le roman, qui n’est surtout pas une biographie de la narratrice cimg2172.1194273719.JPG(bien que l’auteur ait fait une enquête documentaire, la plupart des évènements, des personnages et des lettres sont imaginaires), possède un vrai charme. Il emporte facilement. Mais il n’y a pas d’enjeu, ni dans le fond (l’aventure intérieure de ce couple mythique a été tellement analysée qu’elle est devenue un lieu commun de l’histoire littéraire américaine), ni dans la forme (assez conventionnelle). Gilles Leroy n’a pas pris de risque et il n’en fait pas courir à ses lecteurs. Ce sera certainement un honnête Goncourt pour ce qui est des ventes. Un roman qui emprunte son titre à Brecht (dans Grandeur et décadence de la ville de Mahagonny), son épigraphe à Cartier-Bresson (”Quand on va au bal, il faut danser”) et qui pousse la délicattesse jusqu’à être dédié à son fidèle éditeur (Isabelle Gallimard) ne saurait être entièrement mauvais…

Pour le Renaudot, les grandes manoeuvres ont tout de même provoqué un coup de théâtre : le surgissement in extremis du Chagrin d’école de Daniel Pennac qui n’avait pas été sélectionné étant paru trop tard, grâce à l’action de Jean-Marie Le Clézio, Patrick Besson et Franz-Olivier Giesbert. Ce dernier cimg2177.1194273881.JPGs’en explique :”On dira que ce n’est pas un roman mais Le Château de ma mère non plus et tant d’autres ! C’est un livre fondamentalement marrant, qui met de bonne humeur et déculpabilise. Que voulez-vous de plus ? Le Renaudot a plusieurs vocations ; l’une d’elle est de donner un coup de chapeau à un bon auteur populaire méprisé par l’élite”. Giesbert a donc plaidé, Le Clézio exceptionnellement absent l’a appuyé en direct par téléphone depuis la Corée du sud (”Je ne connais pas l’auteur, j’ai aimé le livre et tant pis s’il est chez mon éditeur, je ne voterais pas pour Gallimard avant dix ans au moins !”) et Patrick Besson, président du jury cette année, a fait pencher la balance avec sa double voix. C’est ainsi que le candre Pennachionni a été consacré, ce qui aurait fait très plaisir à son papa. Voilà les raisons du choix, sans oublier que distinguer un livre qui est déjà numéro un ventes, c’est s’offrir la volupteuse perspective de voir le Renaudot 2007 se vendre davantage que le Goncourt 2007. Orgueil de jurés puisque dans les deux cas, c’est Gallimard qui emporte la timbale.

(Photos P.A.)

05/11/2007 - 12:39h Prix Goncourt : qui succédera à Jonathan Littell ? La reponse est Gilles Leroy pour "Alabama Song"

Dernière minute – Le célèbre prix de littérature a été remis, lundi, à Gilles Leroy pour “Alabama Song”, tandis que Daniel Pennac a reçu le prix Renaudot pour “Chagrin d’école”.

Qui pour succéder aux Bienveillantes de Jonathan Littell (Gallimard), l’événement de la rentrée littéraire 2006 ? Aujourd’hui, au célèbre restaurant Drouant, place Gaillon, à Paris, vers 13 heures, les dix jurés de l’Académie Goncourt feront connaître le nom du 104e lauréat du Prix, créé en 1903.

Le rituel est désormais immuable. Devant un parterre de perches, micros, journalistes, attachés de presse, éditeurs, Didier Decoin, secrétaire du plus prestigieux des prix français, juché à mi-étage (la salle à manger où délibèrent les jurés est situé au premier étage, tandis que la foule impatiente attend au rez-de-chaussée) annoncera le nom du vainqueur. A ses côtés, figureront Edmonde Charles-Roux, la présidente ainsi que les jurés les plus valides : Bernard Pivot, Françoise Chandernagor…

Cette année, les jeux sont plus ouverts qu’à l’accoutumée. Délivrée le 26 octobre, à la foire du livre de Brive-la-Gaillarde (Corrèze), une des foires les plus commerciales de France, la dernière sélection comprend en effet cinq romans français, contre trois ou quatre habituellement : A l’abri de rien, d’Olivier Adam (L’Olivier) ; Le Rapport de Brodeck, de Philippe Claudel (Stock) ; Le Canapé rouge, de Michèle Lesbre (Ed. Sabine Wespieser) ; La Passion selon Juette, de Clara Dupont-Monod (Grasset) et Alabama Song, de Gilles Leroy (Mercure de France).

UN EFFET DÉMULTIPLICATEUR

Cette finale élargie peut signifier soit que la rentrée littéraire 2007 est particulièrement riche et de qualité, soit que les jurés sont dans un état plus grand d’indécision. En tout cas, ils n’ont pas hésité à évincer de leur dernière liste Ni d’Eve, ni d’Adam, d’Amélie Nothomb (Albin Michel) jusque-là donnée grande favorite par les critiques pronostiqueurs.

Doté d’un chèque symbolique de 10 euros, le prix Goncourt ne constitue pas en soi un enjeu financier. En revanche, bien loin devant les autres prix, – le Renaudot, décerné le 5 novembre, le Décembre, le 6, le Flore, le 7, le Femina et le Médicis, le 12, l’Interallié, le 13 novembre –, il continue de provoquer un effet démultiplicateur sur les ventes qui profitent à l’auteur mais aussi à son éditeur et aux libraires. Un bon Goncourt peut dépasser le cap des 300 000 ventes. Pour un écrivain dont le rêve est en un sens d’être lu, c’est l’assurance de toucher un large public et de connaître un brin de notoriété.

Jean-Rémy UvèbeUne rentrée littéraire prolifique

Pas moins de 727 romans, français et étrangers, auront été publiés de la mi-août à la mi-octobre. Parmi eux figurent 493 romans français – dont 102 premiers romans – édités par 90 maisons d’édition. Celles-ci auront mis aussi sur le marché 234 romans étrangers. Cette année, la production littéraire enregistre une augmentation de 9 % par rapport à 2006.

23/08/2007 - 11:49h 39 x39

Civilización y Barbarie de Cristina Civale

Desde hoy y hasta el 26 de este mes, 39 escritores latinoamericanos menores de 39 años debatirán en Bogotá en el marco de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007 sobre literatura, sociedad y cultura.

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Alguna de las preguntas que contestarán a lo largo de mesas redondas y encuentros con el público serán: cómo y sobre qué escribimos, qué está pasando en la literatura de América Latina y qué escritores nos formaron, entre otros. Aquí va la lista completa de escritores participantes. Por Argentina, estarán presentes: Pedro Mairal, Gonzalo Garcés y Andrés Neuman.

Siempre me pregunté, por qué no rankean en este tipo de encuentros los mayores de 40.

¿No está sobrevalorada la juventud? ¿Qué clase de línea imaginaria se traza con la edad y sobre todo para qué?

En formato pdf. podés bajar la primeras palabras de estos escritores elegidos por Piedad Bonnett, Héctor Abad Faciolince y Óscar Collazos.

18/08/2007 - 13:00h La venganza de Kerouac

En Nueva York. Mientras camina por el Lower East Side, Jack Kerouac le hace un gesto risueño al fotógrafo, nada menos que el poeta Allen Ginsberg, otro de los integrantes de la generación beat Foto: Allen Ginsberg/Corbis

Ícono de la contracultura, rey de los beats, marcó con una novela la sensibilidad de una época. Cuando se cumple medio siglo de la publicación de On the Road, que Francis Ford Coppola planea llevar a la pantalla el año próximo, la figura del escritor es celebrada con muestras y ediciones de homenaje. Detrás del buen salvaje que se lanzó a un viaje sin retorno, había un escritor consciente del poder de su arte

Por Héctor M. Guyot
De la Redacción de LA NACION

Una tarde de julio de 1947, en un cuarto de hotel de mala muerte en Des Moines, Iowa, un Jack Kerouac de 25 años apuntaba en su libreta imágenes de los seis viajes a dedo que el día anterior, en poco más de veinte horas, lo habían traído desde Chicago. Estaba en la mitad de su primer cruce de los Estados Unidos: “En la línea que divide el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro”, escribiría después en la novela En el camino , el relato de sus travesías insomnes por el país, un libro en el que plasmó su lírica y desgarrada visión del sueño americano y que convirtió a los beats , hasta allí casi anónimos outsiders , en un fenómeno nacional que sacudió a una sociedad dormida.

Más que un viaje, lo suyo era la búsqueda de una experiencia extrema que lo religara con la vida en estado puro. A la hora de traducir ese impulso en escritura puso en la máquina de escribir un rollo de teletipo para no cortar el flujo cada vez que debía cambiar la hoja y apeló, como un sacerdote que abraza su fe, a la prosa espontánea que le inspiró quien había sido su principal compañero de correrías, Neal Cassady, en sus salvajes cartas remitidas desde Denver o San Francisco. Alimentando su resistencia con café negro y generosas dosis de benzedrina, Kerouac despachó las 175.000 palabras de la novela -podía escribir cien por minuto- en tres afiebradas semanas de abril de 1951.

“Este es un libro acerca de un hombre que lo cambió todo”, se ha dicho en The New York Times a próposito de una de las tantas biografías del escritor. El cambio lo precipitó En el camino , que tras seis años de sistemáticos rechazos se publicó el 5 de septiembre de 1957 y se transformó en la biblia de una generación que necesitaba creer en una energía más inspiradora que la de la bomba atómica, bajo cuya amenaza se alzaba el orden marcial de la Guerra Fría. Miles de jóvenes que reclamaban una nueva sensibilidad se rebelaron contra el conformismo de la era Eisenhower y, como su héroe, se lanzaron a la ruta con el pulgar apuntando hacia el horizonte.

Arquetipo de la contracultura, a Kerouac se lo ha tenido como un pionero de las transformaciones sociales que sobrevinieron en las décadas siguientes, desde el hippismo y las protestas estudiantiles de los años 60 hasta el rescate de las filosofías de Oriente. Cuando se cumple medio siglo de la aparición de En el camino , el eco de aquel estallido sigue vivo. El rollo de 36 metros de largo con la primera versión de la novela -en realidad, eran doce, pero el escritor los unió después con cinta adhesiva- se hizo leyenda y en 2001 se subastó en Christie s por 2.43 millones de dólares (rompió el récord de dos millones pagado por una copia de El proceso , de Franz Kafka, fechada en 1920). Hasta hace poco, el manuscrito recorrió Estados Unidos en una muestra itinerante que congregó multitudes a su paso, un anticipo del interés que despertará la adaptación al cine de la novela, que Francis Ford Coppola proyecta filmar el año que viene con el brasileño Walter Salles como director y con música del argentino Gustavo Santaolalla.

Al margen del fenómeno extraliterario, la publicación de En el camino despertó el horror del establishment académico, que solo vio en el libro la descripción de un puñado de freaks fuera de control. Apuntando al método espontáneo de Kerouac, Truman Capote ironizó: “Eso no es escribir, eso es tipear”. Sin embargo, la crítica de Gilbert Millstein en The New York Times consideró la novela “una auténtica obra de arte” y señaló que así como Fiesta , de Ernest Hemingway, sería recordada como el testamento de la “generación perdida”, En el Camino sería el legado de la “generación beat “. Léa más aqui