04/03/2009 - 17:09h Rosa Reis

/uma fotografia, um nome\

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Greg Tardy, 2003
© Rosa Reis

Os fundos negros, deliberadamente produzidos no exterior da figuração, já são comuns nas imagens de retrato do naturalismo fotográfico. Há uma famosa imagem de Alvin Langdon Coburn, de 1906, retratando o polémico escritor Henry James, tão nu como a estátua de “O Pensador” de Rodin que imita e tão rodeado do negro que muito lhe convém.

Mas é no modernismo já moderado de Edward Weston ou Imogen Cunningham que pensamos quando queremos encontrar os antecedentes desta interesseira forma de destacar a figuração.
Os efeitos técnicos da lâmpada de magnésio definem, no fotojornalismo, a noite americana e acrescentam-lhe aquela característica barroca da focagem da cena no interior de um espaço iluminado; este dramatismo, não sendo novo, terá enorme êxito na imagem de imprensa e ajuda-nos a entender o espaço intervalar da cultura entre as duas guerras, que anuncia a banalidade do mundo. O que é comum a todas estas aproximações de uma forma de destacar é a pretendida coincidência entre o exterior e o modo como se organiza e mantém a imagem na nossa vida interior, na nossa evocação.

Por isso falo em cenário barroco. Nesta imagem de Rosa Reis, de esvaimento do corpo, apenas vemos a esforçada expressão do músico e a clarividência minuciosa do instrumento musical, que se impõem pela exuberância de uma luz quase errática. Rosa Reis – que conjuga de forma muito pessoal o humanismo do retrato e do grupo com a eleição da forma produzida pela luz e pela sombra – usa aqui do minimalismo figurativo que o branco parece percorrer na forma fluida do reflexo do metal. E, mais do que em qualquer outra das suas imagens desta série, é o jazz que aqui se contempla, essa colonização da alma que apenas necessita de vagos suportes visuais. A impressão recebida conota-se com a do barroco, é sugestão e ocultamento e toda a figuração, incompleta e fugidia está decisivamente encenada para destacar visualmente o ritmo
que sugere.

O neo-barroquismo que trata da obsessão e transporta consigo o efeito egípcio, (a plenitude do tempo incorporada no momento presente, com uma narrativa mítica sem fim) é uma forma de reagir à linearidade do “actual”. O actual está firmado na legenda da imagem, (denominação e data) e indica o arquivo e armazenamento que hoje nos são tão caros. Mas a imagem não pertence a um acerbo de TV ou vídeo, que permitem o regresso do actual como presente, como reportório. Hoje, como sabemos, com a banalização destes registos, o passado é uma coisa que pode voltar, que é sempre um presente potencial. O efeito egípcio pertence à nossa mentalidade, sabemos bem que nada se pode apropriar exclusivamente do tempo e ninguém pode estabelecer com o tempo actual uma verdadeira relação de co-presença. Na imagem de Rosa Reis joga-se o tempo do jazz, aquele sopro que adivinhamos, porque a imagem tende a isso mesmo, permitir-nos essa apropriação de sentido e de evocação. E, para isso, nada melhor do que esta encenação de luz e sombra que tornam intermitente volumes e figurações, esta relação de orgânico e inorgânico, de permutabilidade que é também a ilusão de som e imagem. Tudo nesta imagem de Rosa Reis se revela e combina entre si, tudo se mistura num espectáculo de possessão.E o conceito, sendo um limite, não se define.

Maria do Carmo Serén

Rosa Reis, fotógrafa independente e free-lancer,
vive em Lisboa e tem dezenas de álbuns publicados.

Fonte Arte Photographica

22/03/2008 - 21:39h Una estética sin límites

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LOUISE BOURGEOIS. El niño reticente, 2002, tela, mármol y acero

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RON MUECK.Máscara II, 2001

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JAKE Y DINOS CHAPMAN.Cuerpo exquisito, 2002, tinta y acuarela

 

Por Jorge López Anaya

Para LA NACION – BUENOS AIRES, 2008

Al iniciarse la década de los noventa, en las exposiciones internacionales más importantes se podía ver de manera reiterada obras de Joseph Beuys, de Louise Bourgeois y de otros artistas que, de forma similar, mostraban escenas caracterizadas por lo dramático del azar, la arbitrariedad de los accidentes y la fragilidad del cuerpo humano.

En esa dirección apuntaban las sórdidas obras del español Pepe Espaliú, con referencias al sida, enfermedad que lo llevó a la muerte en 1993. Poco antes había organizado una performance en la que sus amigos transportaron su cuerpo enfermo hasta el Museo Reina Sofía de Madrid. En otras muestras de esos años era habitual la presencia de artistas que exponían trabajos que hablaban de la presencia del hombre en el mundo; era evidente la herencia del surrealismo.

La práctica artística se fundaba en el interés por lo social y en la experiencia del cuerpo, en las prácticas narcisistas y en los efectos de las investigaciones genéticas, en la cirugía plástica y en la enfermedad, en lo escatológico y en el sexo. Ese era el contexto en el que el crítico norteamericano Hal Foster publicó El retorno de lo real (1996), vinculando el arte con lo traumático y lo abyecto.

Un buen ejemplo es la obra de la checa Jana Sterbak, que tiene como motivo la ambigüedad del cuerpo. Todos sus trabajos, entre la ironía, el absurdo y la tragedia, remiten a los estereotipos de lo femenino promovidos por la industria de producción masiva de vestimentas. A través de ellos circulan el amor, la muerte, el fracaso; también la idea de belleza. Vanitas. Vestido de carne para una albina anoréxica (1987), una de sus obras, es un atuendo de carne de animal que se pudrirá, que resulta siniestro y obsceno. Asimismo, se trata de una crítica virulenta al cuerpo sometido por una cultura cuyos paradigmas son la belleza y la eterna juventud.

No son indiferentes a esas prácticas la continuidad del ready-made , el interés de Fluxus por lo efímero, los materiales del arte povera , la renovación de la performance , la actualidad de la fotografía y de la instalación, los derivados del pop, del minimalismo y del arte conceptual, el feminismo y el discurso tecnológico. También es notoria la intención de sacar el arte del museo o de la galería, como lo hicieron, entre muchos otros, el Colectivo Cambalache que integraban Carolina Caycedo, Adriana García y Federico Guzmán. En 1998 el grupo comenzó a realizar actividades artísticas de carácter social en las calles de Bogotá y en el Viejo San Juan de Puerto Rico.

Por otra parte, los artistas emergentes en la década de los noventa, lejos del romanticismo de Bourgeois y Beuys, se ubican en múltiples vertientes, borrosas en ocasiones, entre ellas, las “cosmologías individuales”, las “mínimas intervenciones”, la “figuración desviada”, el “neobarroco” y las “estrategias relacionales”.

Los que apuntan hacia las cosmologías individuales incorporan la pura fantasía a su trabajo: narran historias que les sirven como medio para construir una iconografía fílmica y fotográfica. Inventan sus cosmologías, utilizando diversas fuentes, que van desde los altares renacentistas hasta los videojuegos. Entre otros, actúan en esa dirección Matthew Barney, Mariko Mori y Pipilotti Rist.

En la vía de las mínimas intervenciones se ubican el mexicano Gabriel Orozco, el belga residente en México Francis Alÿs y el argentino Jorge Macchi. Sus obras están concebidas no solo con una escala “micro”, sino con una “mínima intervención” manual. El contexto más privado, como el atelier , el vecindario, las revistas y los diarios, los pequeños detalles, lo insignificante son para ellos motivos que, una vez redimidos, se convierten en situaciones de pura paradoja.

Ejemplo de la figuración desviada es la obra de Ron Mueck, australiano residente en Londres, quien expuso en 1997 una representación hiperrealista de su padre muerto (en silicona y acrílico), amarillo, yaciente, rígido, con los brazos tiesos a lo largo del cuerpo, desnudo sobre una alfombra, de apenas un metro de altura. Por otra parte, en la vía del neobarroco trabajan Bill Viola, Fabián Marcaccio y Barney; en la de las estrategias relacionales, Angela Bulloch, Félix González Torres y Rirkrit Tiravanija.

Por supuesto, los derroteros del arte actual, sus apariencias, sus posibilidades son múltiples y se extienden mucho más allá de estas vertientes. Hace tiempo que se extraviaron los límites.