14/03/2009 - 17:19h La memoria femenina en la narrativa
Nélida Piñon

Fonte: www.galicia-hoxe.com
Tengo el gusto de prestar servicios en la literatura con memoria y cuerpo de mujer. Bajo la custodia de tiempos inmemoriales, me esfuerzo por buscar, entre tantas memorias, precisamente la memoria femenina. Intento saber con qué materia, con qué tejido, ella se fue fabricando. Esa memoria que, al fin de cuentas estuvo en todas partes, en todos los tiempos, desde la creación del mundo.
Esa memoria que, habiendo compartido intensamente la invención del lenguaje, se enriqueció con el misterio peculiar de su emoción. De una emoción marcada igualmente por el perenne mutismo histórico. Y que, incluso sin hablar, prácticamente afásica, iba acumulando la realidad, sin darle tregua.
Esa memoria femenina estuvo también presente en la Biblia. Se resintió con aquel Dios hebraico, del Antiguo Testamento, que al rechazar a la mujer, como activa interlocutora, le causó intenso pesar histórico. Una tristeza que, contraria a la tesis freudiana de que la mujer padece una nostalgia fálica, se origina en el hecho de haber sido, durante tantas veces, marginada en los episodios bíblicos. Como cuando Sara, cómplice esencial de Abraham, es apartada por Dios y por el marido de la Sagrada Alianza.
Esa memoria de la mujer estuvo en Troya, donde conoció al astuto Ulises. Cuando también presintió que el regreso del héroe al hogar, a Itaca, a los brazos de Penélope, se haría en medio de la adversidad e intensas aventuras…
Esta memoria, con el pretexto del amor, se cobijó en la tienda de Julio César. Bajo la lona, el soldado romano se despojó del manto del poder y de la ambigüedad, para disfrutar por momentos de su mortalidad.
Esa memoria arcaica lloró junto a Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, cuyas profecías, condenadas al descrédito por un Apolo enamorado y rechazado, jamás fueron acatadas. Profecías que, por su carácter trágico, aún hoy son espinas en la trayectoria femenina. ¿Cómo podemos olvidar a una Casandra que, después de sucesivos fracasos se resigna finalmente a ingresar al palacio real de Micenas, en compañía de Agamenón, a quien fuera dada como despojo de guerra, incluso sabiendo, de antemano que ambos serían ejecutados por la vengativa Clitemnestra, y su amante Egipto?
Una memoria que, cercana a los dioses y a los oráculos de una Grecia mítica, archivó las evidencias de un mundo milenario, desordenado, y que osaba, continuamente al borde del caos. Observó, perpleja, la inexorable marcha de aquellas heterodoxias incipientes, el nacimiento de la insubordinación oficial.
Se inquietó a las puertas del oráculo de Delfos, de esta misma Grecia arcaica. ¿Cómo esta memoria aceptaría la consigna “conócete a ti mismo”, inscripta a la entrada del famoso templo, si le era vedada, en su condición de mujer, cualquier manifestación pública de duda, de réplica? Allí, no obstante, en el centro irradiador de los enigmas, se enfrentaría con Pitón, la mujer pitonisa bajo el aspecto de serpiente, pero a quien Apolo, ansioso por hablar a los hombres, había encargado desvelar el futuro. La voz femenina que llevará a la humanidad el peso de sus enigmas. Y que, tentada de competir con el dios Apolo, tal vez le alterará las palabras, engendrando otras en lugar de las que él le había dictado.
En esta época todavía, oscura y fascinante, esta memoria femenina conoció a la contradictoria Artemis, por señal hermana de Apolo. En su santuario sorprendió a la ambigua diosa, educadora, bárbara, cazadora al mismo tiempo; en ese recinto inaccesible, ella educaba a las niñas que le eran entregadas, hasta devolverlas, años después a la ciudad, al gineceo, al mundo masculino. A esta altura, domesticadas, estaban listas para renunciar a la rebeldía, a la insubordinación.
Una Artemis cuya autoridad avasalladora ordenaba el corte de raíz en los cabellos de las niñas la noche de bodas. Mediante tal acto de sumisión civilizadora, las jóvenes debían presentarse feas y despreciables a los ojos de los maridos, que mientras tanto, ostentaban esa noche cabelleras espléndidas, como símbolo de poder y belleza.
Esa memoria femenina pisó igualmente el piso sagrado, frecuentó templos, se apoderó del discurso con el cual se reverenciaba a los incontables dioses. Lideró, vestida también de blanco, el cortejo de los misterios de Eleusis. Hasta ser un día, expulsada de los servicios religiosos, separada del epicentro donde posaba el espíritu de Dios.
Quebrantada con tantos retrocesos, esta memoria recorrió enseguida, todas las geografías. Fue nómada, cuando la humanidad descubría la tierra. Conoció, sobre todo, los espacios de la casa. Confinada entre las paredes de la sala, de la cocina, de la alcoba, recogía diariamente, gracias a su empeño individual, las sobras de la historia que le acudían.
Sumisa a este largo destierro social, esta memoria femenina se fue volviendo una matriz generadora de intriga narrativa. Un poderoso albergue de la metáfora, del habla oral. Y cuanto más esta memoria se encerraba en los límites de lo privado, más uso hacía de los subterfugios de lo simbólico. Como si la mujer hubiese sido concebida expresamente para ser una naturaleza simbólica. Alguien que no pudiendo participar de manera activa de un cotidiano vasto y complejo, se convertía a lo largo de la historia, en un género que requería, a efectos de su identificación, de un difícil desciframiento poético. Además, al género femenino se le atribuía en la charla doméstica, único lugar de la crisis existencial, el uso abusivo de alusiones, insinuaciones, sugerencias, medias-palabras. Así como su inhabilidad de tramar un discurso directo, contundente, razón por la cual la acusaron de evasiva, astuta, siempre lista a tergiversar. Un perfil que los griegos clásicos consagran asociando la astucia a la figura femenina, vale decir, la “métis”. Una astucia de la cual la mujer dependía para hacer frente al opresivo predominio masculino, por su carácter político.
En aquellos tiempos pretéritos no le sobraban por lo menos, los recursos del arte de memorizar, de guardar el conocimiento existente. Ella no había aprendido, como lo habían hecho los aedos homéricos, verdaderos poetas de la memoria, a preservar con riqueza de detalles la narrativa de Homero. O, con los incas que, en la distante América, celosos de una memoria que no debía desvanecerse, crearon una casta, los amautas, cuyo deber era resguardar, a través de la memoria, la realidad y la historia de aquel imperio.
Impedida, pues, de escribir, de tener acceso a la cultura normativa, le faltó a la mujer inventar la realidad que le estaba faltando. Engendrar lo que desconocía, o lo que le llegaba a medias.
Con qué placer secreto esta mujer agregó a las aventuras que le traían a la casa, y de la cuales fuera excluida, otras peripecias que anhelaba vivir. Verdaderamente un ejercicio fecundo, pero frustrante, por medio del cual fue gradualmente componiendo la urdimbre básica de su memoria interior.
Lentamente, ella acogió en su psiquis individual y colectiva la versión que tenía de lo cotidiano familiar. De un cotidiano íntimo y modesto y que transcendía la índole social que el estamento masculino le había reservado. Mientras tanto al asomarnos sobre la génesis de esta memoria, o de todas las demás memorias, fatalmente nos proyectamos a tiempos inaugurales. Vale decir, a un periodo nebuloso en que la aflicción y la inseguridad humanas engendraron dioses, leyendas y mitos, como forma de soportar el misterio denso en el cual estaban todos inmersos.
Es en este marco mitológico que surge Mnemósines, ilustre diosa del Panteón griego, a quien es concedido el don de memorizar. El poder de sembrar entre los mortales, la memoria predestinada a no olvidar nada.
No obstante diosa, su condición de mujer vincula la memoria al universo femenino. Garantiza a esta especie, inhibida de tantos derechos, la convicción de que a pesar del exilio social que sufría, disfrutaba plenamente de las prerrogativas inherentes a la memoria.
Mnemósines encarna esta época de fundación del imaginario humano. Además de retener los acontecimientos humanos, ella hereda del hermano, Cronos, el sentimiento del tiempo. Él le enseña, pues, los beneficios y los desastres derivados del imperceptible pasaje del tiempo por la vida de los mortales. A quien cabe incluso, entre tantas funciones, consignar nacimientos, muertes, el paso de las estaciones. En especial señalar los pasos de la edad, volverse la antesala de donde se aguardan las señales de la muerte.
Con tales instrucciones, la diosa viaja por los intersticios del tiempo y de la historia. Se presenta en los actos que dieron principio al mundo. Además de dominar memoria y tiempo genera ahora nueve hijas, intituladas Musas, con la virtud esencial de inspirar el camino del arte.
En medio de este cúmulo de coincidencias, una simetría casi insostenible, ella convierte a Orfeo, su nieto, poeta de los cantos órficos. Tal vez le enseñe el trato poético con las palabras, que carecen de cuidados. Estas palabras que, banales por nacimiento, lucen vestimentas diáfanas, cuando adquieren brillo, se vuelven un adorno poético que se aplica a las acciones humanas.
Texto publicado en la revista “Diógenes”, edición 201. Revista trimestral publicada bajo los auspicios del Consejo Internacional de Filosofía y Ciencias Sociales y con la ayuda de la UNESCO. Versión en Español editada en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, con la dirección de Francisco Delich y el aporte de la Secretaría de Cultura de la Nación en la traducción de los textos.