14/03/2009 - 17:19h La memoria femenina en la narrativa
Nélida Piñon

Fonte: www.galicia-hoxe.com
Tengo el gusto de prestar servicios en la literatura con memoria y cuerpo de mujer. Bajo la custodia de tiempos inmemoriales, me esfuerzo por buscar, entre tantas memorias, precisamente la memoria femenina. Intento saber con qué materia, con qué tejido, ella se fue fabricando. Esa memoria que, al fin de cuentas estuvo en todas partes, en todos los tiempos, desde la creación del mundo.
Esa memoria que, habiendo compartido intensamente la invención del lenguaje, se enriqueció con el misterio peculiar de su emoción. De una emoción marcada igualmente por el perenne mutismo histórico. Y que, incluso sin hablar, prácticamente afásica, iba acumulando la realidad, sin darle tregua.
Esa memoria femenina estuvo también presente en la Biblia. Se resintió con aquel Dios hebraico, del Antiguo Testamento, que al rechazar a la mujer, como activa interlocutora, le causó intenso pesar histórico. Una tristeza que, contraria a la tesis freudiana de que la mujer padece una nostalgia fálica, se origina en el hecho de haber sido, durante tantas veces, marginada en los episodios bíblicos. Como cuando Sara, cómplice esencial de Abraham, es apartada por Dios y por el marido de la Sagrada Alianza.
Esa memoria de la mujer estuvo en Troya, donde conoció al astuto Ulises. Cuando también presintió que el regreso del héroe al hogar, a Itaca, a los brazos de Penélope, se haría en medio de la adversidad e intensas aventuras…
Esta memoria, con el pretexto del amor, se cobijó en la tienda de Julio César. Bajo la lona, el soldado romano se despojó del manto del poder y de la ambigüedad, para disfrutar por momentos de su mortalidad.
Esa memoria arcaica lloró junto a Casandra, hija de Príamo, rey de Troya, cuyas profecías, condenadas al descrédito por un Apolo enamorado y rechazado, jamás fueron acatadas. Profecías que, por su carácter trágico, aún hoy son espinas en la trayectoria femenina. ¿Cómo podemos olvidar a una Casandra que, después de sucesivos fracasos se resigna finalmente a ingresar al palacio real de Micenas, en compañía de Agamenón, a quien fuera dada como despojo de guerra, incluso sabiendo, de antemano que ambos serían ejecutados por la vengativa Clitemnestra, y su amante Egipto?
Una memoria que, cercana a los dioses y a los oráculos de una Grecia mítica, archivó las evidencias de un mundo milenario, desordenado, y que osaba, continuamente al borde del caos. Observó, perpleja, la inexorable marcha de aquellas heterodoxias incipientes, el nacimiento de la insubordinación oficial.
Se inquietó a las puertas del oráculo de Delfos, de esta misma Grecia arcaica. ¿Cómo esta memoria aceptaría la consigna “conócete a ti mismo”, inscripta a la entrada del famoso templo, si le era vedada, en su condición de mujer, cualquier manifestación pública de duda, de réplica? Allí, no obstante, en el centro irradiador de los enigmas, se enfrentaría con Pitón, la mujer pitonisa bajo el aspecto de serpiente, pero a quien Apolo, ansioso por hablar a los hombres, había encargado desvelar el futuro. La voz femenina que llevará a la humanidad el peso de sus enigmas. Y que, tentada de competir con el dios Apolo, tal vez le alterará las palabras, engendrando otras en lugar de las que él le había dictado.
En esta época todavía, oscura y fascinante, esta memoria femenina conoció a la contradictoria Artemis, por señal hermana de Apolo. En su santuario sorprendió a la ambigua diosa, educadora, bárbara, cazadora al mismo tiempo; en ese recinto inaccesible, ella educaba a las niñas que le eran entregadas, hasta devolverlas, años después a la ciudad, al gineceo, al mundo masculino. A esta altura, domesticadas, estaban listas para renunciar a la rebeldía, a la insubordinación.
Una Artemis cuya autoridad avasalladora ordenaba el corte de raíz en los cabellos de las niñas la noche de bodas. Mediante tal acto de sumisión civilizadora, las jóvenes debían presentarse feas y despreciables a los ojos de los maridos, que mientras tanto, ostentaban esa noche cabelleras espléndidas, como símbolo de poder y belleza.
Esa memoria femenina pisó igualmente el piso sagrado, frecuentó templos, se apoderó del discurso con el cual se reverenciaba a los incontables dioses. Lideró, vestida también de blanco, el cortejo de los misterios de Eleusis. Hasta ser un día, expulsada de los servicios religiosos, separada del epicentro donde posaba el espíritu de Dios.
Quebrantada con tantos retrocesos, esta memoria recorrió enseguida, todas las geografías. Fue nómada, cuando la humanidad descubría la tierra. Conoció, sobre todo, los espacios de la casa. Confinada entre las paredes de la sala, de la cocina, de la alcoba, recogía diariamente, gracias a su empeño individual, las sobras de la historia que le acudían.
Sumisa a este largo destierro social, esta memoria femenina se fue volviendo una matriz generadora de intriga narrativa. Un poderoso albergue de la metáfora, del habla oral. Y cuanto más esta memoria se encerraba en los límites de lo privado, más uso hacía de los subterfugios de lo simbólico. Como si la mujer hubiese sido concebida expresamente para ser una naturaleza simbólica. Alguien que no pudiendo participar de manera activa de un cotidiano vasto y complejo, se convertía a lo largo de la historia, en un género que requería, a efectos de su identificación, de un difícil desciframiento poético. Además, al género femenino se le atribuía en la charla doméstica, único lugar de la crisis existencial, el uso abusivo de alusiones, insinuaciones, sugerencias, medias-palabras. Así como su inhabilidad de tramar un discurso directo, contundente, razón por la cual la acusaron de evasiva, astuta, siempre lista a tergiversar. Un perfil que los griegos clásicos consagran asociando la astucia a la figura femenina, vale decir, la “métis”. Una astucia de la cual la mujer dependía para hacer frente al opresivo predominio masculino, por su carácter político.
En aquellos tiempos pretéritos no le sobraban por lo menos, los recursos del arte de memorizar, de guardar el conocimiento existente. Ella no había aprendido, como lo habían hecho los aedos homéricos, verdaderos poetas de la memoria, a preservar con riqueza de detalles la narrativa de Homero. O, con los incas que, en la distante América, celosos de una memoria que no debía desvanecerse, crearon una casta, los amautas, cuyo deber era resguardar, a través de la memoria, la realidad y la historia de aquel imperio.
Impedida, pues, de escribir, de tener acceso a la cultura normativa, le faltó a la mujer inventar la realidad que le estaba faltando. Engendrar lo que desconocía, o lo que le llegaba a medias.
Con qué placer secreto esta mujer agregó a las aventuras que le traían a la casa, y de la cuales fuera excluida, otras peripecias que anhelaba vivir. Verdaderamente un ejercicio fecundo, pero frustrante, por medio del cual fue gradualmente componiendo la urdimbre básica de su memoria interior.
Lentamente, ella acogió en su psiquis individual y colectiva la versión que tenía de lo cotidiano familiar. De un cotidiano íntimo y modesto y que transcendía la índole social que el estamento masculino le había reservado. Mientras tanto al asomarnos sobre la génesis de esta memoria, o de todas las demás memorias, fatalmente nos proyectamos a tiempos inaugurales. Vale decir, a un periodo nebuloso en que la aflicción y la inseguridad humanas engendraron dioses, leyendas y mitos, como forma de soportar el misterio denso en el cual estaban todos inmersos.
Es en este marco mitológico que surge Mnemósines, ilustre diosa del Panteón griego, a quien es concedido el don de memorizar. El poder de sembrar entre los mortales, la memoria predestinada a no olvidar nada.
No obstante diosa, su condición de mujer vincula la memoria al universo femenino. Garantiza a esta especie, inhibida de tantos derechos, la convicción de que a pesar del exilio social que sufría, disfrutaba plenamente de las prerrogativas inherentes a la memoria.
Mnemósines encarna esta época de fundación del imaginario humano. Además de retener los acontecimientos humanos, ella hereda del hermano, Cronos, el sentimiento del tiempo. Él le enseña, pues, los beneficios y los desastres derivados del imperceptible pasaje del tiempo por la vida de los mortales. A quien cabe incluso, entre tantas funciones, consignar nacimientos, muertes, el paso de las estaciones. En especial señalar los pasos de la edad, volverse la antesala de donde se aguardan las señales de la muerte.
Con tales instrucciones, la diosa viaja por los intersticios del tiempo y de la historia. Se presenta en los actos que dieron principio al mundo. Además de dominar memoria y tiempo genera ahora nueve hijas, intituladas Musas, con la virtud esencial de inspirar el camino del arte.
En medio de este cúmulo de coincidencias, una simetría casi insostenible, ella convierte a Orfeo, su nieto, poeta de los cantos órficos. Tal vez le enseñe el trato poético con las palabras, que carecen de cuidados. Estas palabras que, banales por nacimiento, lucen vestimentas diáfanas, cuando adquieren brillo, se vuelven un adorno poético que se aplica a las acciones humanas.
Texto publicado en la revista “Diógenes”, edición 201. Revista trimestral publicada bajo los auspicios del Consejo Internacional de Filosofía y Ciencias Sociales y con la ayuda de la UNESCO. Versión en Español editada en el Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba, con la dirección de Francisco Delich y el aporte de la Secretaría de Cultura de la Nación en la traducción de los textos.
14/03/2009 - 16:49h ”Meu testemunho é impreciso”

Ubiratan Brasil – O Estado SP

A palavra sempre teve um peso valioso para a escritora Nélida Piñon – nenhum livro seu sai da gráfica sem um cuidadoso preparo. “Já cheguei a fazer nove versões de uma mesma história”, comenta Nélida, que utilizou o mesmo procedimento para Coração Andarilho, seu primeiro livro de memórias lançado agora pela Record (352 páginas, R$ 38).
Filha de uma brasileira e de um pai nascido na Galícia, ela descobriu o mundo (real e literário) quando viajou pela primeira vez para a Europa, aos 12 anos. “Isso me deu uma condição de dupla cultura, de ser mestiça, e me ajudou a enxergar o mundo”, conta Nélida, que estreou na literatura em 1961, com Guia-Mapa de Gabriel Arcanjo. E, embora tenha colecionado amigos ilustres (Mario Vargas Llosa, Toni Morrison, entre outros) e prêmios (foi a primeira autora de língua portuguesa a vencer o Prêmio Príncipe de Astúrias das Letras), Nélida dedica-se, em Coração Andarilho, às memórias de sua primeira infância, como o fato de ter nascido em casa e não em um hospital, onde a mãe temia não reconhecer a própria filha. E também dos avós galegos, que lhe ajudaram a expandir a visão de mundo. Memórias afetivas, despreocupadas com os fatos, como comenta na seguinte entrevista, realizada por telefone.
O que a levou a escrever essas memórias?
Eu sempre soube que chegaria o momento das memórias. Fui uma menina que muito cedo despertou para a literatura, uma vocação estranha, enigmática, uma paixão por algo aparentemente sem contorno. Convivendo com essa literatura, descobri os motivos de ela fazer parte da minha vida. Existe uma harmonia profunda entre quem sou e por que ela me tocou. Assim, eu queria esclarecer minha gênese e minha formação.
Mas por que esse desejo se manifestou agora?
Não, já faz muito tempo que penso nisso mas nos últimos dois anos ficou mais forte. Eu sabia que viria mas não sabia quando. De repente, larguei um romance ainda em produção (já escrevi 60 páginas de uma história forte, contundente) porque as lembranças foram chegando. Tenho material para até três livros de memória. Resta saber se vou querer publicá-los. E, nesses dois anos, sobretudo no último, o livro nasceu com uma força, com evocações muito extremadas.
Seus livros sempre recebem muitas versões. E com esse de memórias?
Também, porque o livro não nasce pronto: surge com um grande arcabouço, mas a linguagem que vai ser seu semblante vem com o trabalho. Só é preciso se preocupar com o afã, pois pode asfixiar a emoção do texto. Sempre digo que o crítico não mata um escritor, mas ele próprio se suicida ao esterilizar o texto, torná-lo artificial, liquidar o mínimo de melodramático que é fundamental para o campo da emoção. E nas memórias fiz muita revisão – a linguagem, que julgo bem elaborada, revela a emoção. Mas meu testemunho é impreciso, nascido dos meus desacertos.
O livro permitiu descobertas?
Sim, muitas. Uma delas foi descobrir a figura de meu pai, Lino. Eu não falava publicamente sobre ele enquanto vivo, apenas entre familiares. Mas o livro revela minha dor de perdê-lo. A cena do enterro é muito simbólica, pois representou uma espécie de carta de alforria. Eu tirei o privilégio dos homens da família de escolher o caixão do meu pai. Foi muito duro. A partir dali, com minha mãe abaladíssima, tive de assumir todas responsabilidades. Tanto que ela estranhou o fato de eu não ter chorado durante os dois primeiros anos após a morte dele. Até o dia em que escrevi uma grande carta para o meu pai, explicando minhas razões a ela. Eu precisava ser forte – afinal, não é fácil ser escritora, ser brasileira, sobreviver com dignidade e de acordo com aspirações maiores.
Como a experiência de ter quatro avós galegos enriqueceu sua vida?
Foi fundamental. Eu me tornei uma mulher cosmopolita, múltipla, arcaica (digo isso pois tenho 5 mil anos de história nas costas) depois da minha primeira viagem à Europa. Eu lia muito, mas meus limites eram o Rio de Janeiro e São Lourenço, pátrias da minha imaginação. Quando quebro esse paradigma geográfico, com minha mãe explicando que a Espanha não era um bairro do Rio, começo a ver que minha fatalidade histórica era atravessar o Atlântico e fazer o caminho contrário dos imigrantes. Com isso, a geografia se tornou fundamental na minha vida. Nenhuma paisagem é vazia para mim, mas impregnada de mitos, conceitos, história, transações, pecados, transtornos, crise. Assim, quando admiro alguma paisagem, sei que não estou vendo apenas uma imagem mas sabendo que há muito mais por detrás dessa visão. Toda analogia é possível e isso é importante para a poética do texto, assegurando uma liberdade criativa. A metáfora do cotidiano está ao meu alcance.
As viagens foram importante para sua aprendizagem de vida?
Sim, demais. Continuo viajando muito, mas hoje advogo a grandeza do cotidiano, da casa. Tenho convívio íntimo com os objetos, com a comida, com a sucessão dos fatos corriqueiros. Admiro o trivial da vida. Com isso, consigo ao menos administrar a vaidade. A literatura tem coerência com minha vida. Espero ter forças para continuar a criar sem medo.
Você carrega seus personagens para a vida real?
Não, separo os momentos. Meu cordão umbilical com a casa e com a vida não está cortado. Claro que prefiro escrever sozinha, mas não sou uma escritora augusta, aquela em que a vida tem de parar por estar impregnada pela grandeza da criação. Eu aceito as pausas da vida.
05/05/2008 - 17:26h Nélida Piñon em Buenos Aires: “minha geografia literaria é a liberdade”

“La audacia de Borges fue imaginar que el mundo era Argentina”
En esta entrevista, Nelida Piñon, habla de sus últimas obras y de una historia de la literatura no oficial
Por Susana Reinoso
De la Redacción de LA NACION
Su literatura exhibe una poética profunda y sin tiempo. Y cuando habla, su sabiduría parece provenir de un alma cuya antigüedad excede en mucho su cronología.
La escritora brasileña Nélida Piñon habla y escribe como si un misterio insondable la habitara: “Mi geografia literaria es la libertad. No tengo miedo. Como no pienso en el éxito ni en los premios cuando escribo, puedo ser una aventurera en cualquier geografia cósmica y en cualquier parte de la Tierra. A lo que no puedo renunciar es a la lengua portuguesa”.
Este año, se espera en español su ensayo Aprendiz de Homero, que acaba de publicar en portugués. Allí rastrea la trayectoria civilizadora y los grandes maestros del pensamiento narrativo. Y también el primer volumen de sus memorias, Corazón andariego. Ambas obras a cargo de Grupo Santillana.
“Ese corazón andariego soy yo”, dice la notable narradora como si hiciera falta. “Mi vida entre dos culturas –la gallega de mi familia y la brasileña- es el fundamento. He tenido la fortuna de nacer con un doble imaginario. Soy una mujer con dos visiones del mundo”, subraya.
La ganadora del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2005 estuvo en la Feria del Libro de Buenos Aires para hablar sobre el padre de la novela moderna brasileña, Joaquim Machado de Assis, y de su último trabajo literario traducido al español, Voces del desierto (Alfaguara).
-Como Kafka, que escribió en alemán, y tantos otros ¿podría usted haber elegido una lengua literaria distinta a la portuguesa?
-En el caso de Kafka parece una naturalidad histórica, no crees? Cuando yo era muy joven –tendría 16 años- me pregunté sobre esa posibilidad. Pero hubiera sido renunciar a la grandeza del portugués. Hubiera sido un acuerdo espurio para facilitar mi trayectoria literaria. Y no lo quise así. Sé que no elegí el camino más fácil. Pero elegí, sin arrepentimientos, ser una escritora brasileña.
-¿Qué le brindó la lengua portuguesa?
-Cuando asumí como presidenta de la Academia Brasileña de Letras, la mayor institución cultural de mi país fundada por Machado de Assis y Joaquim Nabuco, dije que me sentía como una brasileña reciente. Ya no tengo ese sentimiento, pero durante muchos años me sentí como si hubiera golpeado hacía poco tiempo la puerta del corazón brasileño. Y de ese modo tenía que hacer un doble esfuerzo por interpretar ese país. Como una cristiana nueva que no abjura de su anterior creencia, me tocaba mirar desde un ángulo singular por el hecho de ser de familia inmigrante gallega. Esto me ha dado una antigüedad, porque me siento como una mujer de 5000 años. Aunque soy nueva en América, soy antigua en algún sitio y he aportado esta antigüedad a mi mirada americana. La lengua portuguesa, además, ganó modernidad al llegar a Brasil…
-Como el español en América latina.
-Exacto. En el momento en que ingresamos en la corriente atlántica, el espíritu del portugués fue afectado. Empezamos a buscar interpretaciones y palabras que se ajustaran al nuevo espíritu de América.
-¿La historia de la literatura comete muchas injusticias, como el olvido al que se condenó a Machado de Assis?
-Es inevitable, porque muchas veces hay un epicentro decisorio que varía. Ese epicentro no siempre favorece el periférico. Y a Machado de Assis lo tuvimos siempre en el periférico. Machado, un genio extraordinario, fue el primer gran narrador de América Latina, el padre de la novela moderna, el que se atreve a tomar el mundo urbano como hilo conductor de su narrativa. Hace de Río de Janeiro la metáfora de Brasil. Por eso hay que considerarlo como el extraordinario intérprete de Brasil. La tendencia en nuestros países es buscar a los intérpretes en la sociología o en la enseñanza social. Pero creo que la psiquis brasileña, sus laberintos y su misterio están en la obra de Machado. Y a través de la obra de creación se puede incursionar en lo humano.
-¿Machado es a Brasil lo que Borges, a la Argentina?
-Borges es, para las últimas generaciones, un escritor cuya audacia fue imaginar que el mundo era Argentina. No hacía falta estar en la Argentina para ser argentino. El circula por el mundo, como si estuviera en la calle Posadas, de Buenos Aires. Y tiene una vocación universal. A mi juicio fue muy argentino. El abolió fronteras para las últimas generaciones. E inventó universos. Hasta un punto fue él quien ayudó a liberar el concepto de ciudades imaginarias. En ese sentido es un escritor extraordinario, a quien admiro profundamente.
-En Voces del desierto, la mujer parece detener el tiempo para que no corra sangre. ¿Sería el papel deseable para el género en un mundo dispuesto a la guerra?
-Convendría que lo fuera, pero no estoy segura. Es impredecible lo que la mujer vaya a hacer con su trayectoria. Lo importante es que ponga las pautas para hacer algo inaugural. Esa criatura tendrá que ser puesta a prueba, por si la sociedad es tan dañina que lo devasta todo y no deja espacio para la redención moral. Seria un atrevimiento. Pero hay que saber que la libertad exige una responsabilidad ética muy grande. Desde ese espacio inaugural, ella pueda aportar un elemento inesperado.
-¿Por qué los políticos prescinden de los intelectuales?
-Porque son egocéntricos y cada vez más incultos. Para ellos el libro es una abstracción. Además, piensan que los intelectuales son incómodos, un peso desagradable. Y con ideas no se gobierna. Creación, ideas y acción pública no se llevan. Ha pasado muy pocas veces en la historia. Para los políticos las ideas siempre están vinculadas a un sueño imposible y peligroso.
-¿Por qué el hombre necesita historias para sentirse vivo?
-Porque nuestra historia personal es insuficiente. Siempre tenemos que contrastarla con las de los otros, sea el vecino o quien fuera. Eso tiene que ver con un sentimiento de vacío que sólo puede ser llenado con la intriga, con el rumoreo. Para avanzar hacia sí mismo el hombre tiene que saber qué pasa en la casa del otro. Es inevitable: si no sé de tu vida, la mía reduce su dimensión. Estoy convencida de que no se puede volver a casa todos los días, desde el trabajo o de donde sea, sin llevar una pequeña intriga en el bolso. No se puede llegar a casa y decirle a otro: “No he vivido nada”. Uno siempre tiene que dar pruebas al otro de que ha vivido una aventura diaria. Hay que legitimar lo cotidiano. Entonces uno llega y cuenta una historia ampliada. No somos narradores simples, nuestra vida personal no lo permite. Quien vuelve a su casa en silencio es muy peligroso. Le falta horizonte, imaginación y acepta una vida traducida, sin darse el trabajo de traducirla. Los escritores no inventamos la literatura, sino la poética. Ha sido la sociedad humana la que, desde el principio de la tribu, exigió que alguien le contara su historia. Por eso la comunidad acepta la invención literaria como si fuera suya.
-¿Cuál es la ciudad más literaria de Brasil?
-Si hablo de Machado de Assis, tengo que decir que es Río de Janeiro. Machado no cuenta la historia de Río, sino la de Brasil. Río de Janeiro es para Machado de Assis un escenario teatral. El sertón (desierto) brasileño sirvió muchas veces de escenario mítico. La materia de la realidad tiene que pasar por muchos filtros para ganar verosimilitud. Todo sirve para convencer en el arte.
-¿La lectura puede ayudar a la gente a preservarse en los países asolados por la violencia?
-Nos conviene creer eso, porque la lectura es una expresión de la civilización contra la barbarie. Es como si trabáramos batallas para enfrentar a aquellos que quieren hacernos renunciar a nuestro humanismo. Y la lectura es extraordinaria. Basta leer a Antígona para responder esa pregunta. Por eso es tan raro que la sociedad lea cada vez menos. Y eso se nota. Hoy, en el ascensor, saludé a dos brasileños que no reconocieron mi acento, porque hablé en español. Ellos hablaban un portugués indigente y hacían chistes indigentes. Hay que ser brillante en la ironía. De inmediato pensé: “¡Dios mío! Ya no es posible encontrar gente que suspenda la realidad con una frase”. Es raro que te sorprenda alguien con una frase comprometedora. Al contrario, te expulsan.
-Cunde una sensación de no pertenencia.
-Exacto, es como si tú no pertenecieras ya a un universo cosmopolita, culto y civilizado. Todo es muy indigente. Y además la gente está renunciando al uso pleno de la lengua. Una sola palabra define todo. ¿Donde ha quedado el mundo de las ideas y los conceptos? ¿Debajo de la alfombra?
-Pensando en el erotismo de Voces del desierto, ¿no cree usted que el vértigo de lo cotidiano ha afectado ese elemento que atraviesa todos los vínculos?
-El erotismo está en todas las expresiones. También entre los amigos, y no hace falta que uno tenga conciencia de que es erótico en un gesto o en un anhelo temporario. Vivimos con tanta velocidad, con tanto estrés, con tanta presión, que sólo queda el sexo mecánico. Pero ese sentimiento inefable del cuerpo, que es el erotismo, está desapareciendo. La gente ya no tiene una mirada erótica, que no es de lujuria, sino de complicidad. Hoy ya no se hace el amor para dos, sino para la mirada de un tercer observador que evalúa tus habilidades. Esto provoca una obsolescencia muy fuerte y te obliga a acelerar mucho más una vida que tendría que ser vivida con otra plenitud. Parece que tuvieras que dar pruebas evidentes de que no estás muerto. Es un miedo terrible a dejarse atrapar por la finitud.
-Y aparece el botox para extender la vida…
-Vivimos en una sociedad que se vanagloria de su juventud, de los pechos grandes, de la delgadez, de la cirugía estética, del botox en todas partes. Eso es la expresión del descontento con el propio ser. Es la no aceptación de quien eres. Y además no le da tiempo al cuerpo a vivir la dramática emoción de su envejecimiento, que es algo impresionante. Cada mañana te das cuenta que tus movimientos son distintos, que tienes que caminar de una determinada manera para no caerte. Es muy fascinante. Una experiencia única. Entonces simulas que la cara que ves no es la tuya. Pero ¿a quien se la pediste prestada? A quien le estás pagando copyright?
-Usted, que es aprendiz de Homero, ¿con qué personaje homérico se identifica?
-Creo que Paris y Elena son dos tontos. Aquiles me parece interesante. Pero el mayor de todos es Ulises, por mucho más que por su astucia. Ulises es quien aprenderá a envejecer. Es quien, en verdad, sabe que puede perderlo todo y entonces engaña a las fuerzas de la naturaleza para llegar un día, quién sabe, a Ítaca. Es el gran sobreviviente de Troya. Todos hacen su acuerdo con la eternidad, pero quien sobrevive es Ulises. Es quien cruza todas las épocas.
