01/11/2008 - 17:22h El ’strip-tease’ literario de Philip Roth

http://www.elpais.com/prom/200810/pro_photo1225384310.jpg

JAVIER APARICIO MAYDEU - El País

El autor escribe sobre su obra y dispara a bocajarro contra quienes pretenden tergiversar sus principios estéticos o leen sus libros como una mera autobiografía

Para los muchos lectores en español del autor de Pastoral americana o Elegía, flamante Nobel in pectore (Bellow dixit) y uno de los autores del mainstream que más y mejor ha sabido reflexionar acerca del oficio de novelista y del arte de la ficción, la traducción de Reading Myself and Others (Vintage, Nueva York, 2001, ampliando las primeras ediciones de Jonathan Cape y de Farrar, Straus & Giroux de 1975) es sin duda alguna una gran noticia, por cuanto las entrevistas, artículos y ensayos que contiene el volumen constituyen un mapa certero y detallado de la poética de Roth, de sus ideas literarias y de los procesos y circunstancias de la composición de sus obras más significativas, y asimismo una guía imprescindible para marchar seguro por el fascinante pero abstruso universo del narrador norteamericano, poblado por heterónimos, álter egos con disfraz de narrador y personajes que transitan por distintas novelas enmarañando la madeja de su ficción.

El oficio: un escritor, sus colegas y sus obras (Shop Talk. A Writer and his Collegues and their Work, 2001, cuya traducción en Seix-Barral, de 2003, tuvimos ya ocasión de comentar en estas mismas páginas), aquel volumen en el que el autor de La mancha humana departía sobre narrativa, política y cultura con Primo Levi, Ivan Klíma, Bashevis Singer, Kundera o Edna O’Brien, al tiempo que comentaba textos de Kafka, Bellow y Malamud, se ve ahora complementado por Lecturas de mí mismo, volumen en el que aborda los principales temas de su obra y dispara a bocajarro contra quienes pretenden tergiversar sus principios estéticos o, con mayor frecuencia, se empecinan en leer una y otra vez la mayor parte de su ficción como mera autobiografía.

Efectivamente, en Lecturas de mí mismo Roth muestra sus cartas reuniendo textos fundamentales para entender su obra: ‘Escribir narrativa norteamericana’, el célebre ensayo de 1961 que tuvo su origen en su conferencia en el simposio de Stanford de 1960, esclarece cuestiones como la posición de los novelistas en la cultura norteamericana contemporánea, el valor de la ficción en un país en el que la realidad la supera con frecuencia o la enrarecida política nacional como fuente para la construcción de ficciones, con comentarios sumamente francos acerca de la obra de Salinger, Mailer, Bellow o Malamud; ‘Escribir sobre los judíos’, otro artículo clásico, tiene mucho que ver con el lobby literario judío norteamericano, del que forman parte Bellow, Malamud, Mailer o el propio Roth, con los pioneros Henry Roth y Bashevis Singer, y sus razones de ser; ‘Mis años de béisbol’ ventila su afición por este deporte nacional, que comparte con DeLillo y otros; ‘La imaginación de lo erótico: Tres introducciones’ representa la obsesión por el sexo del narrador de Nueva Jersey; y el lector encontrará artículos dedicados a Nuestra pandilla (Our Gang, que Mondadori acaba también de publicar), El pecho, El lamento de Portnoy, La gran novela americana y Mi vida como hombre, así como un ensayo acerca de la obra de Kafka, tan influyente en la narrativa de Roth, con el que se cierra un volumen que incluye cuatro entrevistas clásicas que revisten un interés inmenso para los lectores del autor y para cualquier interesado en familiarizarse con los mecanismos de la ficción narrativa.

En la de Le Nouvel Observateur (1981), un Roth vehemente desmiente que su obra revista un carácter constantemente autobiográfico (”debería usted leer mis libros como obras de ficción. No tengo nada que confesar. Etiquetar unos libros como los míos con los términos ‘autobiográfico’ o ‘confesional’ es falsear su naturaleza. Esas palabras constituyen otro obstáculo entre el lector y la obra, al reforzar la tentación de trivializar la narración convirtiéndola en chismorreo”), y reflexiona acerca de su condición de judío, de las motivaciones que lo llevaron a ser escritor y de su desdoblamiento en distintos heterónimos (”¿Soy Lonoff? ¿Soy Zuckerman? ¿Soy Portnoy? De momento no soy nada tan nítidamente delineado como un personaje de libro. Sigo siendo el amorfo Roth”).

En la entrevista de The London Sunday Times (1984) diserta en torno a los estatutos de la ficción, aguijando al lector a no quedarse con el prejuicio autobiográfico y a descubrir “los delicados artificios con los que las novelas crean la ilusión de una realidad más parecida a lo real que la nuestra”. Entrevistado por The Paris Review el mismo año, Roth entra sin ambages en el propio proceso de creación de sus ficciones (el arranque, las versiones en borrador, los bloqueos y la búsqueda de los “párrafos que tengan vida”), explica el funcionamiento de unos heterónimos que ha concebido como resultado de determinados protocolos de identidad, reflexiona sobre realidad y ficción (”la idea es convertir la carne y el hueso en personajes literarios y a éstos en carne y hueso”), y enuncia la que podría denominarse “teoría del ventrílocuo” a propósito de su álter ego principal, el escritor Zuckerman, autor de sus novelas La contravida o La visita al maestro: “Tramar una existencia semiimaginaria a partir del drama real de mi vida es mi vida. Ir por ahí disfrazado. Interpretar un personaje. Fingir. La socarrona y astuta mascarada. Piense en el ventrílocuo. Su arte consiste en estar presente y ausente; es más él mismo al ser simultáneamente otro”. Habla de solipsismo frente a distanciamiento irónico en el narrador, y habla también de las funciones sociales de la ficción, y del modo en que ésta actúa en un lector que no ignora que “continuamente estamos escribiendo versiones ficticias de nuestras vidas”. Habla sobre todo de creación literaria, no en vano Joyce Carol Oates ha confesado que “Philip es muy consciente como artesano” (Una especie en peligro de extinción. Doce escritores hablan sobre su oficio, sus ideas y su vida; Lawrence Grobel, Belacqva, 2008).

En fin, que en Lecturas de mí mismo, esencial en su bibliografía, Roth se despacha a gusto ventilando sus ideas literarias y sociales en un strip-tease con muchas luces y varios taquígrafos.

28/09/2008 - 10:10h O ápice de Philip Roth

http://i2.cdn.turner.com/cnn/2008/SHOWBIZ/books/09/15/books.philip.roth.ap/art.roth.ap.jpg
Philip Roth

Novo romance do autor norte-americano, “Indignação” é o melhor que escreveu nos últimos 20 anos, diz crítico irlandês

JOHN BANVILLE - FOLHA SP

“Indignation” [Indignação, ed. Houghton Mifflin, 256 págs., US$ 26, R$ 47] é o melhor romance de Philip Roth desde “O Avesso da Vida” (1986).

Desde então, publicou muitos livros excelentes -talvez livros demais: ele é quase tão prolífico quanto John Updike-, mas nenhum com um desenho tão intricado, apaixonado e fascinante quanto este.

Roth recebeu grandes elogios por lamentos à moda do rei Lear em romances como “Teatro de Sabbath” e “O Animal Agonizante”, bem como, mais recentemente, por “Homem Comum” e “Fantasma Sai de Cena” [todos pela Cia. das Letras], nos quais a morte tem presença central.
Mas, em seu novo romance, retomou a graça e sutileza de trabalhos anteriores e produziu uma obra-prima tardia.

Sangue e gordura

Não que “Indignação” esteja livre do toque de Tânatos, pressagiando morte e desgraça.

Ainda que o protagonista de Roth, Markus “Markie” Messner, tenha apenas 19 anos, em sua época já viu sangue suficiente para saciar a sede de vingança do mais furioso dos reis.

“Cresci com o sangue -com o sangue e a gordura e afiadores de facas e máquinas de fatiar e dedos amputados ou pedaços de dedos desaparecidos das mãos de meus três tios e também de meu pai- e jamais me acostumei com com isso ou gostei disso.”

A história se passa em 1951, e a máquina de fatiar em questão é a Guerra da Coréia. Markie, um jovem de Nova Jersey, estudante aplicado, vem obtendo notas excelentes em uma pequena faculdade da região e espera escapar ao serviço militar.

Mas seu pai, um açougueiro kosher, está “enlouquecido de preocupação pelo filho único e querido parecer tão despreparado para os perigos da vida quanto qualquer pessoa ao chegar à idade adulta, enlouquecido pela descoberta de que o seu menininho está crescendo”.

“Tour de force”

Levado à loucura pela loucura do pai, Markie, que considera “indignação” a mais bela palavra da língua, não encontra outra saída a não ser escapar rumo ao desconhecido. E por isso se matricula no distante Winesburg College, em Ohio.

As páginas iniciais, que evocam de forma compacta o ambiente de Markie em Nova Jersey e seu trabalho no negócio da família, são um daqueles “tours de force” que sempre caracterizaram Roth.

Pode-se ver Markie em seu paletó esporte e sapatos brancos de camurça, pode-se sentir o cheiro do sangue e da serragem no açougue, pode-se sentir o anseio do jovem pelas boas coisas da vida com as quais o futuro lhe acena.

Maravilhosamente evocativas, igualmente, são as passagens que descrevem os esforços do protagonista para se enquadrar às limitações da faculdade no Centro-Oeste dos EUA, sem deixar de preservar a independência e a integridade pessoal.

Obsessão

Uma das sutilezas de “Indignação” é que jamais nos é permitido perceber o que exatamente impulsiona Markie, nos níveis mais profundos. Ainda que ele seja reconhecido como excepcionalmente inteligente e trabalhador e seja convidado a se integrar às fraternidades judaica e cristã da faculdade, prefere se manter rigidamente distante de todas as seduções.

Dedica-se aos estudos com uma obsessão comparável à de seu pai. Mesmo quando sua aparente misoginia é contestada pelo “diretor de homens” da instituição, recusa-se a ceder.

Em um confronto esplêndido, Markie cita de forma extensa e fiel uma polêmica de Bertrand Russell sobre o ateísmo e depois vomita “contra o vidro de uma das fotos emolduradas que enfeitam a parede do diretor, mostrando a equipe de futebol de Winesburg que ganhou, invicta, um campeonato em 1924″. Como sempre, não se pode acusar Philip Roth de excesso de delicadeza.

E, porque Roth é Roth, não demora muito para que surja uma mulher. O sexo é o propulsor incansável de seu trabalho, mas neste livro ele é maculado por sangue e morte.

Trata-se de um tema narrativo que Roth sustenta com imensa competência. A apresentação inicial e direta do sangue e das tripas que o trabalho em um açougue envolve se altera e obscurece quando Olivia Hutton entra em cena.

No começo uma Ofélia para o Hamlet de Markie, ela parece uma estudante completamente normal, “pálida e esguia, com um cabelo castanho avermelhado, escuro”, ainda que possua, ou assim pareça a Markie, “modos distantes, intimidadores e autoconfiantes”.

No entanto Markie mal consegue acreditar na sorte de que desfruta quando, em seu primeiro encontro, Olivia se prova prodigamente generosa com seus favores sexuais.

Como é comum na ficção, porém, bons momentos engendram sérios problemas. Não demora para que Markie esteja de volta ao escritório do Sr. Caudwell, onde o diretor o acusa de um relacionamento indigno com a jovem dama em questão, que deixou o colégio abruptamente, com sua reputação maculada.

“Indignação” é um trabalho enganosamente curto, escrito em estilo cuja limpidez oculta obscuridade.

Mas, ao final do primeiro quarto do livro, quando estamos nos acomodando à história de esforço juvenil e rebelião filial de Markie, sofremos o abalo de uma revelação que abre imensas perspectivas: “Contando minha história para mim mesmo hora após hora em um mundo sem relógio, espreitando incorpóreo nessa gruta da memória, sinto que venho fazendo a mesma coisa há 1 milhão de anos”.

Todo aquele sangue e todas aquelas lâminas deveriam ter nos alertado para os acontecimentos sombrios que viriam, como tenebrosamente vieram.

JOHN BANVILLE é escritor irlandês, autor de “O Mar”. Este texto saiu no “Financial Times”. Tradução de Paulo Migliacci.

ONDE ENCOMENDAR - Livros em inglês podem ser encomendados pelo site www.amazon.com

04/10/2007 - 19:09h The comeback kids


From The Economist print edition

The American presidency is Hillary Clinton’s to lose. But that doesn’t make her a shoo-in just yet

IF GREAT writers have a special insight into the souls of their countrymen, Hillary Clinton ought to be pleased. Philip Roth, one of the grandest old men of American letters, said last year that if anyone could lose 50 states for the Democrats, she could. This week he said he is no longer sure.

Mr Roth is hardly alone, either in his previous hatred for the former first lady or in his grudging new acceptance of her. It is still more than three months until the votes are cast in the first primaries, and over a year until the election. With no incumbent president or vice-president running, this should be the most open race for 80 years—but it certainly doesn’t feel that way. Never mind the oddness, in a republic, of having Bushes and Clintons in charge for, possibly, 28 years on the trot: at the moment, the return of Hillary and Bill Clinton to the White House looks likelier than any alternative.

Mrs Clinton is polling an average of some 18 points clear of her nearest rival, Barack Obama, for the Democratic nomination, and one poll this week put her 33 points ahead. She leads solidly in all the early primary states except, crucially, Iowa (which matters because it comes first), where she has only an insignificant lead. In head-to-head polls, she now handily defeats any of her Republican rivals—and the Republicans are divided and demoralised. And this week she reversed the only measure on which she was trailing: in the third quarter of the year, she narrowly beat Mr Obama in raising campaign contributions. Mr Obama’s superior fund-raising has been the main source of worry for the Clintonistas.

That does not mean she will win. Things could go wrong even in the primaries: ask Howard Dean, who seemed unstoppable for the Democratic ticket at Christmas 2003, before it all went wrong one night in Des Moines. There are plenty of things that could trip up Mrs Clinton, not least her husband. But barring some stumble or scandal, Americans will as usual decide on the candidates’ merits, so the key to the election is to decide which qualities are most in demand this time around.

Brilliantly dull

Top of the list surely must come competence—the attribute that has been most sorely lacking in the Bush administration, whether in the planning for post-war Iraq, the response to Hurricane Katrina or the management of the federal budget, which George Bush, like a reverse King Midas, has transmuted from a $240 billion surplus to a $160 billion deficit.

This is where Mrs Clinton currently leads the pack. True, she has never run anything herself, and her most notable foray into governance, her 1993-94 attempt to reform the American health-care system, was a catastrophe. But she has learned from watching the rest of her husband’s presidency and, more recently, as a senator for New York, where she has been hard-working, consensual, effective and a little dull. Her campaign is superbly organised. In debates, her mastery of detail is remarkable. Her second plan for health-care reform is a much more moderate beast. And her Democratic rivals, Mr Obama and John Edwards, have much less experience than she does. On the Republican side, though, she faces a couple of effective governors and a former mayor of New York who turned that city’s finances and crime rates around. She has yet to spell out much of her policy platform, including on such vital issues as tax or climate change; and has suspiciously meddlesome tendencies. She has already retreated alarmingly from her husband’s commitment to free trade.

After competence must come toughness on security: traditionally a difficult area for Democrats, but less so after seven years of incompetent machismo. More than any of her Democratic rivals, Mrs Clinton has striven to neutralise the Republicans’ advantage here. She has refused to apologise for her 2002 vote in favour of war with Iraq, and declines to commit herself to withdrawing the troops that are still there. But she was fully involved earlier this year in Democratic attempts to saddle the president with a deadline for quitting, and remains vulnerable to a Republican challenger. America’s military weakness during the Clinton years has been overshadowed by the disaster under Bush; but it was under Mr Clinton that al-Qaeda took root and grew. That said, Americans want a tough president, not a psychopath: some of her Republican rivals remain worryingly bellicose.

Hillary the healer?

The third challenge for the next American president requires a different set of qualities: he or she will have to be a healer, both at home and abroad. America’s standing in the world has been hugely damaged by the war, by Guantánamo and Abu Ghraib, and by the high-handed way in which it has treated international bodies and agreements. The country needs a leader who will rebuild alliances. Hillary Clinton has no direct experience of this, but she has already declared that Bill would be her “ambassador to the world”. His charm may help make up for the superpower’s tendency towards unilateralism; though foreign leaders may be as uncomfortable as some Americans with the idea of an unelected spouse swanning round the globe representing America.

At home, Mrs Clinton will need to narrow the divisions that the bitter partisanship of the Bush presidency has widened. She can be an unforgiving enemy—witness her campaign’s hysterical reaction when a Hollywood mogul went over to Mr Obama’s camp. In recent years she has not given much impression of feeling anyone’s pain but her own, though she is a funnier and warmer speaker than she gets credit for. Can such a woman, whose “negatives” are among the highest in the business, reunite America? This doubt remains a big obstacle to a Clinton comeback.

For all her years of scheming and positioning, Mrs Clinton is not the finished article. No process is better at revealing flaws than American presidential elections. This newspaper, like many voters, will reserve judgment on this still often awkward and unknowable woman until it has seen more of her and her policies next year. But so far the Clinton comeback has been impressive. That is why it is her presidency to lose.

09/09/2007 - 11:35h Os indomesticáveis

Daniel Piza
daniel.piza@grupoestado.com.br

A certa altura de Homem Comum, de Philip Roth (Companhia das Letras), o narrador diz de Howie, o protagonista: ‘Iludir a morte parece ter se tornado seu principal negócio.’ Bem, esse não é o negócio de todos nós? - você poderia perguntar. Mas a palavra ‘negócio’ é usada antes de mais nada em seu sentido concreto, o de atividade comercial, e àquela altura já sabemos tanto sobre a existência e os valores de Howie que a frase adquire mais ironia ainda. Sempre me perguntam quais os critérios para saber o que é uma grande obra de arte, um livro excelente. Difícil; mais produtivo seria dizer o que uma grande obra de arte não tem. Outro jeito é mostrar o que um escritor excelente, como Roth, faz. E uma coisa que ele faz é amarrar idéias em suas histórias com eficiência que poucos atingem, de um modo tão orgânico que não se pode separá-las.

Essa novela, cujo título original é Everyman, precisa de apenas 131 páginas para causar uma sensação em você que é muito mais que uma impressão; é como se o livro - seu clima, algumas cenas, algumas frases, o mundo particular em que ele nos deixa interessados - ficasse com o leitor por muito tempo, uma voz latente que a qualquer momento pode emergir na memória consciente. Se em O Animal Agonizante, para citar outro livro curto recente, o escritor americano criou um personagem cujos bastidores mentais visitamos por meio de seus casos sexuais, em Homem Comum são as doenças que pontuam a história, como momentos sintéticos de sua índole e angústia. ‘A dor faz você ter medo de si próprio’, descreve, em outra dessas passagens esclarecedoras e nada consoladoras.

Para Howie, um publicitário que vive a trair as mulheres e a ser traído pelas doenças, só existe o corpo, no caso o seu, e tudo o mais é religião e fantasia. Somos informados sobre isso, mas Roth no parágrafo seguinte já retoma a trama, a sucessão de fatos, com um gancho nada irrelevante: ‘Mas, se ele acreditava ou não, isso não teve a menor importância no dia em que seu pai foi enterrado ao lado de sua mãe, no cemitério maltratado que ficava à margem da rodovia expressa de Nova Jersey.’ A ficção em Roth é o que ela deve ser: não se trata de apenas contar uma história, como ocorre na literatura ‘acronicada’ do Brasil - em que relatar uma experiência pessoal levemente disfarçada é o objetivo maior do autor -, mas recheá-la de inteligência, de percepção aguda e original sobre o comportamento humano, ao mesmo tempo sem intelectualizá-la demais em exercícios lingüísticos ou perorações artificiais.

Os temas de Roth, autor de tantas obras-primas como O Complexo de Portnoy, Patrimônio, Operação Shylock e O Teatro de Sabbath, estão todos lá, como a presença física da morte na vida, a relação difícil entre filho e pai, a crítica ao sionismo, a sexualidade como sintoma e cura - todos plasmados na matéria de uma vivência em que aceitamos acreditar por um período de tempo. As camadas se interpenetram, como numa folhagem que se embola e forma um organismo só, aberto às diversas interpretações. Há uma intensidade composta de mordacidade, lirismo e ceticismo como em nenhum escritor contemporâneo - nem em Ian McEwan, que no recente Na Praia entrou em território rothiano.

Roth é escritor de verdade, artista que não tem medo dos temas mais fortes e ao mesmo tempo não se limita à exposição sentimental deles - como faz Toni Morrison, para citar a escritora de quem a mesma editora acaba de publicar Amada, romance eleito como o melhor dos EUA nos últimos 25 anos. Morrison tem talento, mas se basta em criar situação dramática que mexe fácil com a compaixão - uma ex-escrava e sua filha numa casa assombrada por fantasmas dos socialmente injustiçados - e desenvolvê-la num crescendo previsível, tocado por lugares-comuns como ‘Eu devia sempre ouvir o meu corpo e amar o meu corpo’. Howie nada tem de heróico ou redutivo. E é isso que o faz tão sutilmente real, tão poderosamente frágil.

Leia mais no jornal O Estado de São Paulo (para assinantes)