27/02/2008 - 08:19h Cuba

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VALOR

Foi logo depois da conquista da Flórida, em 1819. Os Estados Unidos só tinham 40 anos de idade e seu território não ia além do Rio Mississipi. James Monroe era o presidente dos EUA, mas foi seu secretário de Estado, John Quincy Adams, quem falou, pela primeira vez, da atração americana por Cuba. Quando disse, numa reunião ministerial do governo Monroe, que “existem leis na vida política que são iguais às da física gravitacional: e, por isto, se uma maçã for cortada de sua árvore nativa - pela tempestade - não terá outra escolha senão cair no chão; da mesma forma que Cuba, quando se separar da Espanha, não terá outra alternativa senão gravitar na direção da União Norte-Americana. E por esta mesma lei da natureza, os americanos não poderão afastá-la do seu peito” [W.C. Ford (ed), The Writings of John Quincy Adams, Mac Millan, NY, VII, p: 372-373]. Naquele momento, o desejo de Adams não era conquistar a ilha, era preservá-la, e por isso deu ordem ao seu embaixador em Madrid que comunicasse ao governo espanhol a “repugnância americana à qualquer tipo de transferência de Cuba para as mãos de outra potência”.

Atração precoce e obsessão permanente dos EUA por Cuba não autorizam grandes ilusões, nesse momento de mudança dos dois países

Em 1819, a capacidade americana de projetar seu poder para fora de suas fronteiras nacionais ainda era muito pequena, mas a declaração de Adams explicitou um desejo e antecipou um projeto que se realizaria plenamente a partir de 1890. Logo no início da década, o almirante Alfred Thayer Mahan publicou um livro clássico [Mahan, A.T. (1890/1987) The Influence of Sea Power upon History 1660-1873, Dover Publication, NY] que exerceu imensa influência sobre a elite dirigente americana, sobre a importância do poder naval e das ilhas do Caribe e do Pacífico para o controle dos oceanos e a expansão das grandes potências. Logo em seguida, os EUA anexaram o Havaí, em 1897, e venceram a Guerra Hispano-Americana, em 1898, conquistando Cuba, Filipinas e algumas outras ilhas caribenhas, onde estabeleceram um sistema de “protetorados” como forma de governo compartido destes territórios.

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16/12/2007 - 11:46h ENTREVISTA: CANEK SÁNCHEZ GUEVARA Nieto del Che y editor

“Ahora se lleva al Che del altar del bien al del mal”

CARLES GELI - Barcelona El País

Ernesto Che Guevara

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Ernesto Che Guevara

Por su envergadura (alto, algo encorvado, corpulento), parece más pariente de Fidel Castro, pero la larga perilla rizada y su discurso le devuelve a su abuelo, Che Guevara. Hijo de Hilda, primogénita del comandante, Canek Sánchez Guevara (La Habana, 1974), acaba de editar, junto a Radamés Molina, Diario de Bolivia (Linkgua), anotaciones del revolucionario en su última batalla. La edición cuenta con 400 notas, de una objetividad casi contranatura. “No puedo hablar del Che como mi abuelito; mi madre tenía 10 años cuando murió; hay que encontrar siempre la distancia real”, afirma desde Barcelona, ciudad que alterna con Francia como residencia y donde hace de editor. El gen intelectual del abuelo es, adaptado a los tiempos, más notorio de lo que parece.

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16/12/2007 - 11:41h ENTREVISTA: CANEK SÁNCHEZ GUEVARA Nieto del Che y editor

“Ahora se lleva al Che del altar del bien al del mal”

CARLES GELI - Barcelona El País

Ernesto Che Guevara

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Ernesto Che Guevara-

 

Por su envergadura (alto, algo encorvado, corpulento), parece más pariente de Fidel Castro, pero la larga perilla rizada y su discurso le devuelve a su abuelo, Che Guevara. Hijo de Hilda, primogénita del comandante, Canek Sánchez Guevara (La Habana, 1974), acaba de editar, junto a Radamés Molina, Diario de Bolivia (Linkgua), anotaciones del revolucionario en su última batalla. La edición cuenta con 400 notas, de una objetividad casi contranatura. “No puedo hablar del Che como mi abuelito; mi madre tenía 10 años cuando murió; hay que encontrar siempre la distancia real”, afirma desde Barcelona, ciudad que alterna con Francia como residencia y donde hace de editor. El gen intelectual del abuelo es, adaptado a los tiempos, más notorio de lo que parece.

Pregunta. ¿Qué idea quedó en su madre sobre el episodio de Bolivia?

Respuesta. De entrada, la de la muerte del padre, en cualquier sitio o circunstancia que fuese. En otro estadio, no puedo hablar por mi familia, pero creo que se valora como el triste resultado de una decisión apresurada.

P. ¿Y las causas? ¿Una traición de Fidel, un Che desengañado que optó por una acción suicida o una chapuza militar?

R. Incidieron los tres factores, con el protagonismo de Fidel: la obsesión del Che era la revolución, el ideal; la de Fidel, el poder, el pragmatismo; en algún momento tenía que haber un choque. Es evidente que había celos profesionales.

P. En Occidente se revisa ahora la figura de su abuelo, casi acusándole de ser el culpable del surgimiento de las dictaduras en América Latina.

R. Es un giro coperniquiano ridículo: se hace bajar al Che del altar del bien para llevarlo al del mal. Cierto que, a pesar del fracaso, con su postura dio el banderazo de salida de los grupos armados en América Latina, pero nadie les obligó a seguir ese camino. Ningún hombre es absolutamente bueno o malo, claro… El problema está en el mismo término: revisionismo. El revisionismo del Holocausto es la negación de las masacres; algo similar está sucediendo con el del Che. Es un error historiográfico analizar según qué con los parámetros de hoy; uno de los mitos de la posmodernidad es que la imparcialidad no existe; viendo cómo están las democracias actuales, no es de extrañar que se vean como extremismos cosas que antes eran naturalmente asumidas por la izquierda.

P. En parte de Oriente pasa al revés: Bin Laden es equiparado al Che.

R. Como en todo icono, al volverse símbolo pierde parte de su esencia, de su ser real y sólo quedan ciertos valores más o menos universales que pueden ser utilizados en cualquier contexto. Y eso es válido para iluminados, desde Bin Laden a Hugo Chávez.

P. Usted se marchó de Cuba en 1996 y no ha vuelto.

R. En los noventa Cuba estaba muy mal y a ese estado general se unió una crisis personal y laboral, una imposibilidad para hacer mi vida; siempre me moví en ámbitos contraculturales y ya se sabe en tiempos de crisis: primero, comer y luego, la poesía.

P. ¿Actuaba en una banda de heavy con una camiseta con la bandera americana?

R. No, pero sí es cierto que lo hacía con un billete de un dólar pegado en la guitarra… Era una broma personal. El rock estaba ya despenalizado, pero nunca fue legalizado del todo, siempre había un policía jodiendo.

P. Hace tres años atacó duramente a Fidel. ¿En qué ha traicionado la revolución?

R. La primera traición es que no se quería hacer tanto una revolución como recuperar la Constitución de 1940 y llegar a unas elecciones. Luego el proceso revolucionario se radicalizó, pero la propiedad privada pasó toda al Estado, que se convirtió en el nuevo patrón: los ciudadanos trabajan para el Estado, cobran del Estado y acaban gastando en el Estado; es el sueño de todo oligarca.

P. Sus críticas pueden servir a los grandes enemigos de la revolución cubana.

R. El acriticismo militante ha sido nefasto para la izquierda: sin ser crítico no se puede ir a ningún lado, se estanca y se reproduce lo peor; para mí, ser de izquierdas no significa estar en contra de la derecha, sino del poder, sea quien sea quien lo ejerza. Me costó mucho distanciarme de todo lo aprendido en Cuba… Quizá se acabó la lucha armada revolucionaria, pero no la lucha como tal.

P. ¿Existen canales para ello en las sociedades actuales?

R. Si no los hay, debemos crearlos. Existen organizaciones sociales, ONG y otras de carácter cívico-personales, como los colectivos lésbico-gays, o los antimilitaristas, que no aspiran al poder, pero que con su presión acaban forzando leyes.

P. ¿La lucha armada está ya descartada como vía?

R. Por ahora, sí. Por siempre sólo está la muerte. Hoy no forma parte de las obsesiones sociales.

P. ¿Qué siente cuando ve el merchandising sobre su abuelo?

R. Soy un iconoclasta, pero siempre impresiona ver que un hombre que eligió el capitalismo para ponérselo al frente como enemigo haya acabado así.

P. ¿Algún objeto especialmente hiriente?

R. Mi único choque visceral es con una camiseta con un rostro con la mitad de la cara de Jesucristo y la otra, la del Che. Soy ateo y esas santificaciones…

06/10/2007 - 20:30h Fidel Castro, Cuba e os Cubanos, um dossier do Le Monde

30/09/2007 - 14:41h René Burri: "Che Guevara était comme un lion en cage"

Collage réalisé avec la photo de René Burri (Magnum/Gal. Esther Woerdehoff).

Evoquer le nom du Che devant le photographe René Burri déclenche une avalanche de souvenirs. Lors d’une rencontre à huis clos en 1963, le photographe suisse l’a immortalisé dans un portrait devenu une icône dans le monde entier, à retrouver dans une exposition à la galerie Esther Woerdehoff, à Paris. Entretien.

Comment avez-vous réalisé ce portrait du Che?

En 1963, j’avais tout juste 30 ans quand j’ai débarqué avec Laura Bergquist dans le bureau du Che, à La Havane. La journaliste américaine avait réussi l’impossible en décrochant une interview avec le grand révolutionnaire, trois mois après la crise des missiles.

La rédaction de Look avait reçu l’autorisation des autorités américaines pour réaliser l’interview. En catastrophe, l’agence Magnum avait dû dénicher un photographe, le soir de la Saint-Sylvestre, pour partir à Cuba. J’ai aussitôt quitté Zurich pour Prague, où j’ai pris un Iliouchine soviétique en provenance de Moscou pour La Havane.

Vous êtes arrivé à La Havane quelques jours avant le quatrième anniversaire de la révolution…

C’était le 2 janvier 1963. Le peuple, qui soutenait le nouveau régime, était fier de narguer les Américains. Surtout après l’épisode de la baie des Cochons en 1961, qui marqua la cuisante défaite des Etats-Unis.

La rencontre avec le Che s’est déroulée dans son bureau du ministère de l’Industrie. Un bâtiment au coeur de La Havane. J’ai revu l’endroit au début de cette année, en marge de mon exposition. Rien n’a bougé. Le mobilier est toujours le même, comme si on attendait le retour du Che. Les dossiers, les papiers éparpillés sur le bureau, une immense carte de la grande île des Caraïbes toujours accrochée au mur. Tout est resté figé. L’esprit du Che hante toujours la pièce.

Cela a réveillé en vous le souvenir précis de votre unique rencontre…

Il était en tenue de combat. Il paraissait très nerveux. Les stores de son bureau étaient fermés. Le Che était comme un lion en cage. Je me suis dit que ce révolutionnaire, qui avait parcouru toute l’Amérique latine en moto, était impatient dans son bureau dominant la place de la Révolution à La Havane.

J’ai vite remarqué qu’il n’aimait pas fixer l’objectif. Dans la pénombre, j’ai vidé mes huit bobines. Le Che, colérique, fumait son cigare. L’entretien avec la journaliste américaine a duré près de trois heures. La rencontre a très vite tourné à l’affrontement idéologique. Il a tenté d’expliquer à la reporter américaine les bénéfices de la révolution cubaine.

Pendant ce temps, je réalisais l’une de mes séries de portraits les plus remarquables mais aussi les plus intimes. Reste qu’il ne m’a pas offert de cigare.

Il parait que votre cliché fait un tabac au Mexique…

Effectivement, cette photo du Che est actuellement visible partout au Mexique, dans les métros, les rues, les bistros… Un musée de Mexico a choisi de la mettre à l’affiche pour promouvoir mon exposition “René Burri, Un monde.” C’est la meilleure façon de rendre hommage au Che, alors que nous célébrons l’anniversaire de sa mort.

C’est d’ailleurs à Mexico que le Che a rencontré pour la première fois Fidel Castro en 1955 et que le projet révolutionnaire a pris forme, avant d’être rejeté ailleurs par le Mexique. En décembre 1956, Castro débarque donc avec le Che à Cuba.

Aujourd’hui, que reste-t-il du Che à Mexico où à La Havane?

Il reste ce portrait avec le fameux cigare entre les lèvres. Une image qui n’a pas fait de moi un homme riche, loin de là. Les révolutionnaires, les altermondialistes et surtout les capitalistes se sont approprié cette image pour leurs affaires. Chacun selon sa propre logique. A Cuba, vous pouvez acheter des tee-shirts a l’effigie du Che. Et à Paris, la même image en poster géant.

La jeunesse du monde s’est appropriée la figure de cette légende. Dans les rues de La Havane, on ne voit que des posters du Che. Il y a le portrait du photographe Alberto Korda montrant le Che coiffé d’un béret. Il y a aussi le mien, le Che “hollywoodien” avec son cigare… Quarante ans après sa mort, ce révolutionnaire qui a été capturé et exécuté en 1967 en Bolivie fait toujours parler de lui.

René Burri (Michael von Graffenried).
Clamor, grito y amor, 1963-2007 exposition René Burri - galerie Esther Woerdehoff, 36, rue Falguière, Paris XVe - jusqu’au 20 octobre - du mar. au sam. de 14h à 18h - Rens.: 01-43-21-44-83 - plan

En partenariat avec:

29/09/2007 - 20:02h LA LEYENDA DEL CHE: INTRODUCCION AL MITO - REVISTA Ñ

La Pasión del Che Guevara


En esta edición se exploran las razones por las que la imagen del Che ha devenido simbólica y a la vez objeto de consumo. El proceso posiblemente comenzó antes de su muerte, con lo que ya tenían de mítico la revolución cubana y sus héroes. Pero el sacrificio convirtió al Che en emblema de desinterés, de férrea adhesión a los ideales, justamente en una sociedad donde ese desapego estoico y principista parece cada vez más un objeto de museo.



JORGE AULICINO jaulicino@clarin.com.
La conjunción de una derrota sublime, de un craso error táctico y estratégico, y de dos imágenes que se difundieron casi simultáneamente hicieron de Ernesto Guevara un símbolo de desinterés, coraje, absoluto desapego, incluso por el objetivo, y emblema de una victoria metafísica.La historia debe aún decir mucho sobre las razones que llevaron a Guevara y sus ideales al callejón sin salida de la Quebrada de Churo, en la selva de Ñancahuazú, en el sudeste boliviano. El modo incluso en que el Che cayó en manos del ejército boliviano, herido, andrajoso, con su arma rota, debería ser tan significativo como su cuerpo tendido sobre una angarilla colocada a su vez sobre dos piletones en el lavadero del hospital de Vallegrande.”No se preocupe, capitán, esto se acabó”, dice Gary Prado que le dijo Guevara al entregarse. Prado es hoy general y se mueve en silla de ruedas, baleado por la espalda por error cuando desalojaba, años después, un pozo petrolero tomado por comandos ultraderechistas. Ese “esto se acabó” no significó más que la confesión casi sarcástica de una impotencia que nunca fue explicada. No es la frase que Guevara pronuncia desde el terreno del mito, al que lo enviaron para siempre las dos ráfagas de fusil automático disparadas por el sargento Mario Terán, mientras estaba prisionero en una escuela del poblado de La Higuera. Las palabras que el mito pronuncia son: “Apunte bien y dispare. Va usted a matar a un hombre”. Terán se encargó de repetirlas. Ellas resuenan hoy de un modo extraño. Guevara parece estar diciendo: “Va usted a matar a un valiente”, pero también: “Va a matar a un hombre, no a su leyenda”.

¿Cómo se construyó ese mito ante el que no valían de nada ayer, y valen bien poco hoy, las protestas de equivocación, de pertinaz error, de profunda y quizá definitiva ceguera?

Hoy, los campesinos de esa región de Bolivia han hecho un santuario no del lugar en el que fue fusilado -la escuelita de La Higuera- sino del lavadero de Vallegrande, en el que fue exhibido su cadáver. El campesinado que entonces no se unió a él ni lo apoyó, en parte lo tiene como un santo. Ese es el resto de religiosidad verdadera que aún inspira el Che. El resto es un aluvión de imágenes de las que no es posible establecer el contenido ni el significado. Las llevan sobre sus remeras, sobre su piel o en las lunetas de sus automóviles miles de jóvenes que no habían nacido cuando el Che murió, que no son socialistas ni lo serán y que ignoran casi todo sobre el tipo de revolución que el Che quería.

El Che partió de Cuba en 1965. Es inocultable que había perdido allí varias batallas políticas y que no era demasiado apto para librarlas. En 1967, el año de su muerte, el editor marxista italiano Giangiacomo Feltrinelli, quien en 1972 murió víctima de una explosión mientras se supone intentaba sabotear una torre de alta tensión cerca de Milán, obtuvo regalada una foto de Alberto Korda, de 1960. El fotógrafo cubano la había tomado en un acto callejero cuando el Che se acercó a la baranda del palco para echar una mirada a la multitud. La descartó. Feltrinelli vio las posibilidades de esa imagen de una especie de ángel severo y visionario. En pocas semanas alumbraba el primer póster del Che. La imagen invadió pancartas y carteles. Meses después, el Che moría.

La construcción del héroe

Casi simultáneamente otra foto se sobrepuso: la que obtuvo el fotógrafo de UPI Freddy Alborta en la lavandería del hospital de Vallegrande, que lo haya querido o no recuerda a Cristo. Las fotos del Che que sacó Freddy Alborta; la pintura de Andrea Mantegna, La lamentación sobre Cristo Muerto, de 1490, y la pintura de Rembrandt, La lección de Anatomía del doctor Nicolás Tulp, de 1632, han dotado aquella muerte de una iconografía de martirio. Un cierto modo de vincular estas imágenes producidas por la pintura y la historia dieron pávulo a discusiones que se suceden desde que el escritor inglés John Berger relacionó el cuadro de Rembrandt con las fotografías de Vallegrande.

En realidad, los hechos, las casualidades, la pintura, la religión católica, parecen haberse complotado para que la imagen de Guevara saliera de la historia e ingresara en el terreno del mito, en el instante preciso en que murió. El ángel en 1960 y el mártir en 1967 son dos rostros para un mismo sacrificio, puesto que la foto de Korda da la vuelta al mundo impregnada ya del aire sacrificial de la foto de Alborta. Décadas después, ubicado por el realizador argentino Leandro Katz para su documental El día que me quieras (1997), el fotógrafo boliviano dijo: “Me conmovió la mirada de Guevara. Tenía la impresión de estar fotografiando a un Cristo, y en ese entorno me moví. No era simplemente un cadáver, era algo extraordinario”. Si Alborta sintió realmente que se movía en un “entorno” místico, entonces estaba instintivamente unido a la corriente pictográfica que desde el Renacimiento ha puesto un poder sobrenatural en las imágenes del Cristo y del cuerpo de Cristo.

Ni el comando militar boliviano ni Terán que no hirió la cara del Che ni el agente de la CIA Félix Rodríguez que le ordenó evitar la desfiguración del rostro pudieron prever cómo la cámara del fotógrafo cavaría en la oscuridad hasta encontrar un cuerpo humano abatido y una mirada sobrehumana, al punto de que se comparara la escena con la de un Cristo bajado de la cruz y con una obra de Rembrandt en la que luces y sombras unen la carne detestable y perecedera, el olor de morgue y hospital, con un hálito cósmico. Hay mucha poesía en eso, pero una poesía de la que se hicieron cargo y dieron por buena sucesivas generaciones. La lente fotográfica, el arte mecánico del siglo, produjo el efecto de todo gran arte, desde el principio hasta el final del mito del Che.

El resto parece literatura. Y lo que siguió, una reproducción al infinito de una silueta que no tiene ya contenido propagandístico, puesto que no queda qué propagandizar, ni político, sino meramente ideológico en términos de mistificación.

Que el Che se haya estrellado contra la pared de hierro de la realidad lo hizo inmortal. En su momento, no sólo no detuvo el guerrillerismo juvenil, sino que lo alentó. Hoy no sirve de nada decir que su incursión en Bolivia fue un fracaso, militar y político, un error de trágicas dimensiones para él y para el movimiento revolucionario. La cuestión por la que el Che moría no era importante. El estadounidense Peter Bourne en su biografía Fidel ha señalado la causa por la que, en tanto fracaso político, la muerte del Che es éticamente estimulante: “El Che, un revolucionario purista, romántico, creía que estar moralmente en lo correcto era, en última instancia, más importante que lograr la victoria”.

Hay ideas que la imagen del Che ya no conlleva. Ideas que por otra parte serían muy difíciles de entender para los jóvenes que portan esas imágenes. Son de un período de la historia cuyo discurso resulta incomprensible. En La vida en rojo (1997) el ensayista mexicano Jorge Castañeda anota: “Las ideas del Che, su vida, su obra, incluso su ejemplo, pertenecen a otra etapa de la historia moderna, y como tales, difícilmente recobrarán algún día su actualidad. Las principales tesis teóricas y políticas vinculadas al Che -la lucha armada, el foco guerrillero, la creación del hombre nuevo y la primacía de los estímulos morales, el internacionalismo combatiente y solidario- carecen virtualmente de vigencia. La revolución cubana -su mayor triunfo, su verdadero éxito- agoniza o sólo sobrevive gracias al rechazo de buena parte de la herencia ideológica de Guevara. Pero la nostalgia persiste”.

El “clima de época” está en toda esta historia que al correr de los años pareció desmesurada e imposible. Tenía el sello de la revolución cubana, que también en principio pareció imposible y que fue juzgada en todo el mundo de la izquierda como un suceso excepcional en el que habían concurrido una incorrecta información de los Estados Unidos, la congénita debilidad del ejército cubano, la bandera nacionalista de fuerte arraigo en la isla y un coraje fuera de lo común. Un golpe de dados.